La juventud fallece victima de la violencia en el Delta

Las muertes de los últimos días se enmarcaron en un rango de edad comprendido entre los 18 y los 28 años, con la excepción de un hombre de 37 años.

De carácter violento dejaron un rastro de dolor y llanto, que retumba en las cuatro esquinas del estado.

En términos generales se atribuye a la descomposición social y a la corrupción de los cuerpos policiales, que parecen haber perdido el dominio de la calle, sin embargo hay otro componente en el que se hace poco énfasis y adquiere mucha relevancia en estas situaciones.

La más insistente en mencionarlo ha sido la gobernadora del estado Dra. Lizeta Hernández, quien pone recurrentemente el dedo en la llaga: la responsabilidad de la familia. Varias de las victimas proceden de hogares disfuncionales, donde se nota la ausencia de uno de los dos progenitores, en especial el padre.

Niños que han pasado gran parte de su vida en la calle, infantes maltratados, menores abusados, adolescentes con cuantiosas entradas al Inam y al reten juvenil, en fin un cumulo importante de huellas, que nos hace seguir el rastro de la violencia hasta su génesis en el núcleo familiar.

Víctimas y victimarios por igual suelen provenir de hogares en los que imperaron la agresividad, la indiferencia y el abandono, y los niños tuvieron que valerse por su cuenta en un mundo hostil cargado de bullying y anti valores.

Es una realidad que tiende a repetirse a diario germinado nuevos ingresos a ese depósito de carne humana que es la cárcel, y a las fosas de los cementerios.

La familia tiene una enorme responsabilidad y debe asumirla, de lo contrario nos esperan nuevas y peores tragedias.

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