Sindicatos son el objetivo de los adversarios políticos de Alexis

Alexis aprendió una importante lección de su época bajo la tutela de los grandes mentores del socialismo en el Delta, Armando Salazar y Ramón Antonio Yánez, la necesidad de aliarse a la directiva sindical.

Es una regla dorada de la izquierda ortodoxa: no hay revolución sin fuerza sindical que la respalde.

Los sindicatos implican masa laboral, la masa laboral implica fuerza, la fuerza implica poder, y el poder implica dominio. No es difícil seguir la secuencia.

Alexis se mantendrá en la medida en que sostenga el apoyo sindical, el día en que esa relación de mutua conveniencia se resienta o resquebraje, los pies de plomo habrán de ir convirtiéndose paulatinamente en extremidades de barro.

Sus adversarios lo saben y han intentado por todos los medios hacer mella en esa fortaleza, abrir un resquicio a través del cual colarse y quebrar las últimas resistencias de una gestión sindical, que sueña con proyectarse a la gobernación.

El día en que el sindicato deje de ser patronal, el momento en que abandone todo proyecto político concomitante a su gestión sindical, el instante fugaz en que dejen de ser voceros del ejecutivo municipal y asuman su rol de representantes sindicales, ese día el alcalde puede comenzar a preparar las maletas.

Como eso está lejos de suceder le queda una solución a la corriente psuvista que adversa a González, forzar a la masa laboral a que ejerza presión, a que se realice asambleas, a que solicite elecciones y ponga contra la pared a sus legítimos representantes, en fin, a que subvierta el orden establecido.

Lo de Wabinokoida no fue un disparo al aire, ni siquiera una bala fría que cayó, se trató sencilla y llanamente de una movida con clara intencionalidad política. El objetivo es obvio: el sindicato se deslinda o la masa se lo lleva por el medio. Y con el sindicato se lleva por el medio a Alexis y todo lo que representa.

Por ahí van los tiros.

 

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