Ilustración de Tanetanae.com.

Carolina Rodríguez reside en la comunidad La Horqueta, Tucupita. Cursa el quinto año de bachillerato en el liceo Bolivariano “Aníbal Rojas Pérez”, ubicado en la Av. Guasima de la capital deltana. Ella vive con su mamá y sus hermanos. Desde muy tempranas horas tiene que emprender su rutina estudiantil.

La joven estudiante se levanta todos los días en horas de la madrugada para lograr “llegar a tiempo” a la referida casa de estudios, apenas puede desayunar, cuando hay comida.

“Cuando me da tiempo desayuno, porque es mi mamá quien trata de prepararme la comida antes de salir, cuando hay comida, y para volver a comer, tengo que esperar hasta las cuatro de la tarde, que es cuando regreso a casa”, señaló Rodríguez.

Carolina lamenta que el servicio que ofrece el transporte público en su localidad, no cumple con las necesidades del usuario, ya que asegura ser “pésimo”, por lo que en ocasiones tiene que desembolsar hasta 2.500 bolívares, que alcanza darle su mamá, para pagar un carrito “por puesto” y así poder arribar pronto a la institución.

“A veces tengo que pagar 2.500 Bs en un carrito por puesto para llegar rápido al liceo, porque el bus es pésimo, y conseguir efectivo no es fácil para mi mamá, pero tengo que hacerlo porque de lo contrario me tardo esperando el bus”, manifestó.

Por otra parte, consideró que, la alimentación que garantiza el mencionado plantel, “no es la indicada, dan muy poco, parece de prescolar”.

Según la joven, el menú alimentario es arroz con frijol, a veces con “trocitos” de carne.

“Cuando puedo comer, lo hago, a veces quiero repetir, pero no está permitido”, concluyó.

Por las calles de Tucupita apenas pueden verse pequeños grupos de estudiantes. Son  los que hasta ahora han logrado mantener sus cursos aun cuando la crisis venezolana ha arreciado. Otros tuvieron que abandonar los salones para simplemente sobrevivir.

Alcanzan saludar a sus excompañeros de salón desde sus nuevas labores: vendiendo turrones, capullitos, torta o revendiendo alimentos. Son los que no tuvieron más opción  que dejar un cuaderno, para lograr ver un plato de comida en su mesa.

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