La década, por José Balza

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Estas páginas se refieren a un hogar y a su zona de Caracas, pero en ellas también es mostrada una ciudad dentro de la ciudad y el ágil retrato del país de ayer, de hoy. Todo esto mediante la versatilidad del hombre-niño (o de un niño-hombre) que nos presta su “retrovisor de la memoria” para hacer el recorrido.

Diez años cubren los incidentes narrados, desde 1955. El ámbito: la pequeña y aislada población de El Valle. El hogar: el apartamento 12-33 de un modernísimo y único superbloque, diseñado por Guido Bermúdez, miembro del Taller del Banco Obrero conducido por Carlos Raúl Villanueva, e inspirado en la Unidad Habitacional de Marsella, según las ideas del arquitecto, pintor y escritor suizo-francés Charles-Édouard Jeanneret-Gris, conocido por su seudónimo de Le Corbusier.

Ese edificio es Cerro Grande, que acoge a 180 familias, tiene doce pisos, ascensor, apartamentos dúplex, lavandería comunitaria, lavadoras utilizables con fichas, sala de fiestas, cine, hornos para quemar la basura y un piso 4 que es la “pausa arquitectónica” abierta, una especie de “balcón de 360 grados”. Sus habitantes han venido de casas, especialmente del oeste de la ciudad; no hay militares, aunque sí allegados a ellos (el ministro de Defensa es pariente del narrador); tampoco hay gente divorciada. Allí se mudan en 1955 la madre de veinte años y el padre sobre los treinta, el férreo matrimonio que ya tiene tres hijos, entre ellos a Leoncio Barrios, el narrador. En síntesis, “un pueblo en vertical” que descubre el confort y algo más.

Este algo más resulta especialmente significativo: porque Cerro Grande es una excepción arquitectónica, El Valle continúa siendo tan rural como cuando apenas unas décadas atrás vivía allí el impecable escritor y gran crítico Jesús Semprum y por la Calle Real todavía pueden ser vistos señores a caballo, campesinos; y niños puliendo semillas (“cachitos”) de bucares; por la zona pasa el autobús que va hacia Prado de María o Coche, en las cercanías vibra el cine Roxy con Tin Tan o Ana Bertha Lepe —por lo tanto con el mambo y el chachachá—; lo cual es como decir: El Valle está a las puertas de La Bandera y su semáforo, suprema antesala de la gran ciudad. Todo esto rodea la infancia y adolescencia de nuestro narrador.

Y aún se extiende el valor de ese algo más: Cerro Grande es un dinámico punto para el ascenso social: mediante la reciente y efectiva influencia de la televisión, a través de los nuevos clubes o casas regionales, por los vínculos con las vecinas instalaciones militares y, quizá de manera subterránea pero ineludible, por la práctica incesante de las fiestas: los deportes, el carnaval, la diversión.

La Bandera y su semáforo: arco de triunfo que abre la ciudad. Atravesarlo significa el contraste entre aquel mundo vegetal y la modernidad: los niños serán introducidos en calles con edificios, verán autopistas, gozarán del Centro Simón Bolívar y sus prestigiosas heladerías, conocerán el Coney Island y sus estrellas musicales, la familia comprará muebles finos y, en susurros, la mamá tratará de disimular, cuando transiten por allí, el paso por Puente Guanábano, lugar de suicidas.

Pero la ciudad palidece junto a la energía con que ante nosotros aparece el superbloque y su apartamento 12-33. Estructura, paredes, tráfico vecinal, límites internos y exteriores, colores y sonidos, remanencia de costumbres, hábitos nuevos, solidaridad y distancia; vida pública y secretos intuidos, amistades y picardías: un tejido psíquico y material tiende el autor para que también nosotros, hoy, podamos integrarnos, con melancolía, complicidad y risas al superbloque.

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La acción social más cumplida en estas páginas por su protagonista es la de bailar. Por él y los vecinos.

Como futuras réplicas de cuanto ha sido el país, pasan la vida canturreando, bailando. Aquí, a cada tantas páginas, salta un cancionero popular, con letra y casi cantado. Pero no nos dejemos engañar: tras esa fuerza risueña, el chico adivina y vive, lo que había anotado el poeta José Antonio Ramos Sucre, “la aspiración de las criaturas (…) se torna angustiosa bajo el peso de la sombra. Adivinan y sienten el cerco de un cautiverio” (Santoral). El apartamento es allanado por la policía política con inusitada frecuencia, el padre no cesa de estar preso (“Papá que no hacía nada, solo jugar a los caballos”); y la familia materna, incluida la madre misma (esa que ama las gladiolas), sufre persecuciones, asilos, padece por muertes. A la pesadilla militar sucede la “visibilidad” adeca. En ese hogar las mujeres no lloran, a diferencia del púber que nos habla (“Me leía hasta los obituarios, uno a uno”).

Y es él mismo quien recoge el sobresalto de todos ante los esbirros, quien muy temprano advierte que el himno nacional, entonces —u hoy—, es cantado desde la ignorancia; quien intuirá cómo los emigrantes llegados de Europa, a la vez que progresan, sienten que están en “un país por hacer”, mientras contribuyen a darnos un “carácter cosmopolita”. En la percepción del autor, ese “país de oropel” acoge un signo trágico para Cerro Grande, cuya altura también puede convertirse en sitio apropiado para quienes determinan suicidarse.

El paisaje de El Valle se transforma (cerros derrumbados, maquinarias, construcciones planificadas, proliferación de ranchos, desorden) y en el superbloque y en la zona adquieren fuerte carácter dos deseos: para las muchachas, llegar a ser reina; para muchos, la carrera militar. ¿Un sello atávico?

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Teresa de la Parra vive algunos años de su infancia en la hacienda de caña Tazón. En 1926 comienza a escribir su novela Las memorias de mamá Blanca, cuyos personajes recorren el siglo XIX desde, aproximadamente, 1855. Cuando décadas después las niñas que protagonizan esa narración vengan de la hacienda a Caracas, tendrán un sentimiento ambiguo: querían reencontrar el campo y solo ven “por todos lados cemento, tablas o ladrillos”. Cómicamente bautizarán tiendas, aceras, parejas con designaciones campesinas. Y así diluyen su desarraigo.

Todo lo contrario ocurre a nuestro jovencísimo narrador y a sus hermanos. Desde Cerro Grande, que ya los ha preparado para eso, se consagran a celebrar la modernidad. Pero tres elementos compaginan ambas historias: por ejemplo, el área de El Valle está muy cerca en las dos; tanto mamá Blanca como el niño terminarán añorando con ardor el locus de la felicidad infantil, aunque se haya convertido en un paraíso derruido. Y por último, en palabras de Teresa de la Parra, los sucesos evocados pudieran ser percibidos así: “La anécdota a que me refiero era sencillísima y de una trivialidad desbordante de interés. ¿Cómo podían correr juntos, agarrados alegremente de la mano, esa pareja de enemigos mortales: la trivialidad y el interés?”.

4

¿En qué medida Leoncio Barrios es un personaje que se reconstruye a sí mismo? Nació en Valera, ciudad de Los Andes venezolanos, en 1947; con su familia vino desde muy pequeño a Caracas y formó parte de la primera promoción de psicólogos sociales de la Universidad Central de Venezuela. Docente en la Escuela de Comunicación Social e investigador del Instituto de Investigaciones de la Comunicación en la misma universidad. Doctor de la Universidad de Columbia. Dice en su curriculum: “En los últimos años ha dado rienda suelta a otra de sus antiguas pasiones: la escritura. Reside en Caracas, donde está dedicado al disfrute de la escritura, el baile y al abuelazgo”.

Fundador de una ONG, en el trabajo con diversas disciplinas y en sus declaraciones públicas, coloca como valor fundamental la solidaridad. Nada extraño para quien conoce desde muy adentro la unidad y las divergencias familiares, el desajuste social, las persecuciones políticas, el esplendor de fiestas y celebraciones.

Por esta narración transitan conmovedoras figuras femeninas: Rosa, Sarita y algunas muñecas. Ellas imantan los poderes sintéticos de Leoncio Barrios para el cuento breve. Precisamente el episodio de Vicky, clínica de muñecas, es un alarde de esa potencialidad. Lo cual nos permite ampliar la interrogante de Teresa de la Parra, porque en estas páginas lo cotidiano, lo trivial, adquiere rango de centro vital, como en toda existencia. Para nada deberá sorprendernos que, aparte de sus cuentos pornos inéditos (como ha dicho a la prensa), en este autor se revele un sorprendente y nunca tardío sutil cuentista.

Diez años abarcan estas páginas, pero como muchas cosas dichas en ellas, las confesiones del adolescente tienden directas o invisibles redes hacia el pasado de Venezuela (los inmigrantes canarios, el siglo XVIII, los jardines) y hacia nuestros días o hacia el futuro. Podemos tener aquí una nítida y fluyente crónica del paso a la democracia en 1958; sentir el destino de la inmediata guerrilla y, si somos atentos, notar muchas claves de lo que vivimos, como país, décadas después. Claro que reiremos conociendo o evocando; pero en la encantadora retícula aquí tendida por Leoncio Barrios, bailando o canturreando, de pronto nos sobresalta un raro dolor: el suyo que es nuestro.

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