La Décima Musa, por Ildemar Estrada Jr.

Dedicado a K.A.

En la mitología griega, las musas son, según los escritores más antiguos, las divinidades inspiradoras de las artes y cada una de ellas está relacionada con ramas artísticas y del conocimiento; son hijas de Zeus y Mnemósine, compañeras del séquito de Apolo, quien tuvo romances con todas ellas, a saber: Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania.

Cultivó la lírica, el auto sacramental, el teatro y la prosa y aquí en la tierra es considerada por muchos como la décima musa, estamos hablando de Sor Juana Inés de la Cruz (Monja de la orden de San Jerónimo), de quien se dice era una niña prodigio, aprendió a leer y escribir a los tres años y a los ocho escribió su primera loa y cuenta en un texto autobiográfico que su amor por las letras se dio –y así lo dice- “desde que me rayó la primera luz de la razón”.

Nació el 12 de noviembre del año 1648 en San Miguel de Nepantla en una hacienda ubicada al pie de los volcanes, actual México y muere según algunos historiadores a causa de Tifus en abril de 1695 en el convento que lleva el nombre de la Orden Religiosa a la que perteneció en Ciudad de México, Virreinato de la Nueva España.

Dentro del contexto de su obra lírica Sor Juana Inés escribió sonetos, redondillas, décimas, romances y muchas otras formas literarias. Es autora de una altísima factura de literatura barroca y considerada una de las máximas exponentes del siglo de oro español. Dice Octavio Paz que supo codearse intelectualmente con los hombres mientras estuvo en la corte y no por ser religiosa se dedicó solamente a los temas religiosos, más bien buena parte de su obra también habla sobre el amor, los valores, la mujer, el mundo clásico, la virtud, entre otros. Tomaría mucho espacio y tiempo para contar sobre la vida y obra de Juana Inés de Asbaje y Ramírez que es su nombre de bautizo.

Quiero compartir dos poemas de su vasta obra literaria

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,

Teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y en tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;

y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

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