Foto: archivo.

Rafael Márquez  viajó ilegalmente desde Tucupita, Venezuela, hasta Trinidad y Tobago, en febrero pasado. En la vecina isla aguardaban por él otros deltanos que ya poseen residencia,  y fueron quienes le animaron a  dejar su “miserable vida”, dice el joven de 24 años de edad. Él tiene dos niños, hijos a los que ahora envía dinero.

Cuando Rafael llegó a la isla, le sorprendió la cantidad de tucupitenses, que, “ni idea que estaban por acá” (en Trinidad).  A él le impactó, además, el choque cultural, el color de piel oscura que poseen sus ciudadanos. Explica que, a diferencia de Venezuela, donde existe una mixtura en este sentido, ahora le ha impresionado tanta uniformidad. Sin embargo, aclara que nada tiene que ver con racismo alguno, porque, en el país que abandonó, es común escuchar por cariño: “hola, negra” y “negro que no es pantallero no es negro”. No obstante, el archipiélago posee otra historia.

Era de madrugada cuando llegaron a una playa desconocida de Trinidad y Tobago. “Nos tiraron allí, y sálvense quien pueda”, contó Rafael.

Pero previamente tuvo que lidiar con enormes olas, cuando atravesaban el golfo de Paria. Él sintió que su vida acabaría antes de llegar a Trinidad y Tobago. Vomitó, mantuvo sus ojos cerrados por un tiempo que no recuerda, mientras se aferró a un banco de fibra de vidrio,  donde permaneció sentado por cinco horas.

Una vez en aquel desconocido lugar, donde no se divisaba casa alguna, tuvo que caminar varios kilómetros, y finalmente fue rescatado por otros de sus paisanos.

Fue trasladado en un auto a una ciudad  a la que se reserva el nombre para  evitar comprometer a las personas ilegales. Allí, una familia de trinitarios los recibió a él y otras personas desconocidas.

Le asignaron una habitación, y posteriormente le advirtieron que al día siguiente muy por la mañana, los llevarían a trabajar a una construcción. No le hablaron de pago, de condiciones, de comida, de nada.

A las cinco de la mañana de ese otro día, un auto los esperaba a las afuera de la residencia. Rafael pudo ver cómo todos los venezolanos a cargo de los trinitarios, hacían cola para abordar la camioneta. Por un momento se imaginó estar viendo una película, pero él mismo estaba bajo esa condición; todo por estar “un poco mejor”.

“Aquí se come bastante pollo, eso es lo que hay. Se come bien, pero ya empiezan a pagar mal, hay poca oferta de trabajo para los venezolanos, que ya son muchos”.

Inicialmente pagaban entre 300 y 200 dólares TT  al día, pero ahora  lo hacen con 100 dólares TT. Pese a la reducción, sigue siendo apetecible para los deltanos, quienes se atreven a “esclavizarse con gusto”, revela Rafael.

Estar de ilegal en Trinidad y Tobago, es estar en la delgada línea entre la esclavitud y privado de libertad.

“Del trabajo para la casa y de la casa para el trabajo”, revela Rafael, quien no ha logrado salir a ninguna parte desde febrero  pasado: “no salgo ni a la esquina porque me puede agarrar la policía”.

Los trinitarios para quienes trabajan los venezolanos, han prometido gestionar algún permiso provisional, pero los criollos radicados bajo su poder temen que no lo hagan así, porque no les interesaría.  Les sería más factible tenerlos trabajando con estricto horario, mientras se ahorran un pago legal.

Rafael apenas ha logrado postear varias fotos en Facebook, mostrando una sonrisa. Levanta su pulgar en señal de que todo anda bien, pero tras su cara de felicidad, se esconde un mundo de sacrificio, sudor y lágrimas.

Son las 10 de la noche en Trinidad y Tobago, y él ya debe desconectarse, porque mañana madrugará nuevamente.

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