Ilustración de Joine Ramos / Tanetanae.com.

Estéfani Medina, una indígena warao de 18 años de edad, vive en Paloma, un sector que está en la carretera nacional de Tucupita, y cada vez que tiene oportunidad, le manda comida a su mamá y hermana, quienes se encuentran en los caños, selva deltana. Quien  la vio nacer ha envejecido naturalmente, pero la crisis venezolana ha deteriorado sin compasión su salud.

Para enviarle los alimentos, Medina tiene que ir- con toda  la carencia de transporte-  hasta el puerto de Volcán en Tucupita, y una vez allí, buscar una persona de confianza o simplemente esperar a un familiar, para mandar la comida. Esta iniciativa solía hacerse con frecuencia, cuando no había recrudecido la crisis en Venezuela: ahora contadas personas tienen motores fuera de borda y tampoco hay combustible.

Su mamá tiene 70 años de edad, los últimos días laborales los dedicó a la docencia, y hasta ahora no ha podido salir de los caños, porque, al igual que otras personas, está aislada. Estéfani no ha sabido de ella desde hace un mes, desde que, un grupo de vecinos arribó a Tucupita tras remar por 48 horas en curiara y a canalete, desde el caserío más próximo a la capital deltana.

Estéfani, por su parte, estudiaba agroalimentaria en la UTD “Francisco Tamayo” de Tucupita, pero ahora trabaja, con lo que le pagan, intenta enviarle comida a la mamá, en los caños de Delta Amacuro.

“Le mando una harina, dos arroz y pasta, para que medio se aguante, hasta que pueda venir a Tucupita”, dijo Estéfani.

Pero la joven hasta ahora no sabe si esta vez- la segunda- logrará enviarle comida a  su mamá, ha estado en Volcán durante al menos una semana, bajo el sol y la lluvia, y nadie ha zarpado a los caños, no a su comunidad, que está en el Delta Medio.

Son las cinco de la tarde del martes 18 de junio, cae la tarde y la acompaña una llovizna, Estéfani está empapaba, debe regresar a casa, pero tampoco hay autobús.

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