Luego de fallecer su administrador, un sempiterno copeyano, la guarapera llegó a su fin.

Nadie la decretó patrimonio de la ciudad, pero bien que lo merecía. Cuatro décadas después, es un patrimonio de la memoria.

Restaurarla cuesta mucho dinero y nadie está por la labor. Se encuentra en un sector del paseo malecón Manamo, donde todo va feneciendo.

Es una pena, fueron muchos los jugos y las arepas que degustamos cuando se mantenía abierta y nuestro bolsillo nos lo permitía. Aun no estaba agujereado por la hiperinflación.

Fue devastada, se llevaron a saco puertas, techo, enseres, etcétera, dejando a duras penas la estructura; quien sabe si algún día la arranquen.

Huelga decir que esta nota no pretende ofender; es, sencillamente, un desahogo de la nostalgia.

 

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