La hermosa Gladys cumplió 56 años el 15 de diciembre en el hospital Razetti de Tucupita

La hermosa Gladys, con una de las sonrisas más cándidas y nobles que hayamos podido conocer, cumplió 56 años en su único hogar de siempre, el hospital Dr. Luis Razetti de Tucupita.

Amable y atenta, dispuesta a saludar y a retratarse ante la cámara con una actitud dócil, equivalente a la mayor de las dulzuras, es en medio de su sencillez, un libro abierto de lecciones ante las vicisitudes de la vida.

Universal gracias a La Vida de Nos, que la hizo protagonista de una extraordinaria historia, El reloj que se detuvo a los 19 años, escrita por Luis José Boada, es la persona más conocida del centro de salud.

“Un fotorreportero de Maturín viajó hasta el hospital Luis Razzeti, de Tucupita, para acompañar a un colega a una pauta. Mientras esperaba que el otro terminara su trabajo, una mujer llamó poderosamente su atención. Indagando sobre ella, descubrió que se llama Gladys, que tiene 54 años y que toda la vida ha vivido en ese hospital. Aquí, él mismo nos cuenta su sorprendente historia.”

Con aires de doctora, hace referencia gestualmente a los malestares de cada paciente, esgrimiendo una y otra vez su portentosa sonrisa, que nunca la abandona, y es su escudo protector frente al trasiego de los días.

“Llegamos a una casa muy humilde y nos recibió una mujer bastante mayor, que nos invitó a pasar a la sala. Su nombre es Cleotilde Mejías, tiene 82 años y trabajó 30 en el hospital. Empezamos a conversar sobre Gladys. Me contó que ella la conoció pequeñita, pero que no estuvo el día que nació. Que las enfermeras se turnaban para cuidarla, que todas la querían mucho, que estaban pendientes de sus cosas. Y que le gustaba mucho la Navidad, era diciembre el mes en el que se la veía más feliz”.

Hoy en día es la anfitriona más reconocida del lugar, la única en las últimas cinco décadas que ha sido testigo de todas las turbulencias, protestas sindicales, cambios intempestivos de personal, arrebatos de las autoridades, bipolaridad gerencial, ausencias, robos, hurtos, rescate de presos, llantos y requiebros, sin siquiera inmutarse, arropada por un halo de inocencia, tan robusto como la más poderosa empalizada, al abrigo de los sinsabores de un mundo dulce y amargo, donde se sufre y se ríe, donde se muere y se ve nacer.

“Yo quería una imagen de ella junto a una enfermera. Le dije a una de ellas que le preguntara cuántos años tenía, y ella le respondió: “19”. Aproveché que la enfermera estaba justo en la puerta del cuarto y le hice una foto”.

Gladys, sin lugar a dudas, es feliz.

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