Tuvo la primera señal de miedo justamente cuando se vio en Boca de Tigre: iban a ser las dos de la tarde y ya nada impediría la vasta tempestad que avanzaba sobre las riveras.

“llamar a esto solo una boca, cuando el rio se abre hacia Pedernales y hacia Buja y cuando uno no tarda en costear la ruta de Wina Morena, que locura. ¡Pocas veces el rio es tantos ríos revueltos como ahora!” Así pensó el negro Matías Maguilbray, imaginando a Francisco Gibory tranquilazo en su casa: a este le hubiese tocado el trabajo de no haber amanecido con fiebre. Gibory es el más grande de los pilotos  en la ruta de Pedernales; pero las pocas veces que algo le impide conducir, pide siempre que sea con la lancha y, probablemente – la razón más importante – porque nunca bebe cuando maneja, aunque fume como un bárbaro. Vendrá la tormenta, pero él tiene que llegar de manera segura a Pedernales. De nuevo observa el reloj, la embarcación ruge, como aprestándose, aunque el sol brilla todavía. Acaba de ver ventanas alargadas, horizontales, de las últimas casitas y ahora enfrenta los racimos brillantes, muy cargados, del cocal, ya se presienten los manglares: en el tono azul con que el sol transforma las hojas del palmar. Otras veces le encanta como el paisaje cambia, mientras los fuertes bosques se disuelven en la pelusa de la luz: pero hoy viene solo: en un día festivo resulto imposible encontrar algún otro marinero: buscando acompañantes se les fue la mañana y tuvo que salir tarde.

Son frecuentes los chaparrones por aquí; sin embargo, cuanto Matías Maguilbray ve -por primera vez en sus viajes- impone temor. Las nubes oscuras someten al cielo, el viento arrecia y una sensación de asfixia parece restarle libertad. La curiara se afianza en el centro del rio: su piloto, elástico y delgado, fuerte, es apto para dominar cualquier peligro. No obstante, al negro Maguilbray le hubiese gustado traer un compañero.

En Pedernales lo espera Cara é Palo, ese amigo bromista y trabajador. También Rafael Romero, el ex juez, y quien sabe cuántos otros. Hay que traer de emergencia a Decio Fuentes hacia la capital. Entonces, solo el piloto de esta lancha conviene para tal misión; o, en su defecto, el propio Matías Maguilbray, como está sucediendo. Si no hay contratiempos, dentro de hora y media estará en Pedernales. Habrá que regresar esta misma noche. Si un milagro debilita al temporal, puede llegar más o menos bien: pero nada lo salvara de un baño absoluto; ya caen las primeras gotas. El toldo de la lancha vibra, como un ala de papel y la oscuridad comienza a envolverlo. Una niebla delicada sube desde las olas: espuma que corta. Ya no hay caseríos, y su deber es llegar cuanto antes. Matías se estremece de frio. Le cuesta encender los cigarrillos, tras el cristal protector del volante. Por un momento piensa en un trago, la botella está escondida en la popa.

La tormenta se lanza sobre la vasta soledad del rio; cuando el muro tenso de las gotas lo circunda, ya Maguilbray se orienta por instinto: para eso es buen piloto, hombre de confianza de Gibory. El ruido del motor es un débil quejido. Los relámpagos acentúan la oscuridad. Algo le dice que está en el centro, capeando los mosures, el violeta engañoso de los troncos y las flores flotantes. Al comienzo el viento lo ayuda, abriendo grietas, dentro del aguacero, que gira como una capa metálica. En esos instantes un filo dorado se mueve como un sol, lejano. Después la penumbra y el mismo viento chocan contra su cara, apenas ve. Había oído hablar de chubascos así, pero nunca imagino lo que vendría enseguida: el rio se volvió negro, levanto el lomo como un lagarto de luces y zarandeó la lancha. Matías quiso gritar, agarrar un canalete, pero la tromba pasaba dentro de la nave, un animal fragmentado. Violentamente comprendió que debía saltar, nadar con fuerza y alejarse, o el remolino de la lancha lo arrastraría hacia el fondo.

Maguilbray reconoció que no estaba preparado para eso. En treinta y cuatro años de edad jamás un vehículo le había desobedecido; pero ahora era el rio quien mandaba. Cuando lo advirtió ya nada dentro del oleaje enloquecido. ¿Dónde estaría el casco de la embarcación? No quería recordar otros hombres que se ahogaron por aquí, como su amigo Francisco Ordaz, piloto valeroso e insustituible. Busco orientarse mientras respiraba profundo, pero la violencia de las gotas no lo dejaba fijar la vista. Apretó los ojos, soltó las botas y el pantalón; necesitaba nadar con agilidad. Para el no sería un problema cruzar el rio. En un mapa instantáneo recordó que hacia su izquierda había esperanza de hallar pobladores. Pero la dirección de la corriente cambiaba a cada instante, como en espiral. Calculo la distancia hacia la costa; mejor sería dejarse llevar a rato. Floto boca arriba y esperó. De repente pareció caer en un círculo lento; algo le indico que el barranco estaría cerca. Por otra parte, ya debía haberse alejado muchísimo de donde naufragara. En el reloj apenas las tres y quince. Cuando no toco los primeros gamelotes no podía creerlo, resultaban viscosos como sierpes y cortantes. Con ellos hallo las raíces de los manglares y un lugar barroso. La lluvia aumentaba, la oscuridad también. No estaba  cansado pero el cuerpo dolía. Y aquel frio. Añoro la botella perdida, un cigarrillo. Se colocó en cuclillas dentro de las raíces; protegían como una cabellera y recordaban el viento. Intento sonreír. “Trambucado como un pendejo, sin nadie cerca”. Solo le quedaba en encima de la franela blanca; la exprimió, tratando de lograr un poquito de calor. Y entonces se recostó resignado dentro de los haces vegetales. Ya todo pasaría. Al levantar la cara, dentro de la recia bruma de las gotas, creyó ver otra curiara que se volteaba; por un instante lo asusto el hombre que saltaba al agua desde ella; “¿no era Francisco Ordaz? ¡Imbécil! – Se recrimino- ¿ese hombre murió hace tiempo!” pero tenía la seguridad de que su amigo  le hubiera podido ocurrir una cosa como esta.

¿Realmente pudo quedarse dormido? Cuando el negro Maguilbray despertó, helado entumecido, no llovía. La noche era tan cerrada que no podía distinguir las agujas del reloj. O tal vez la maquina se había dañado. El viento ululaba y alguna lejana ráfaga con truenos volvía a amenazar. Estaba mezclado al barro, con cierto calor. Estiro las piernas y los brazos. Creyó que era el mismo quien había bostezado o respirado profundo, pero el susurro de la mujer vino desde las ondas más cercanas. No era un suspiro sino un canto suave, tímido, como el de una niña; el agua sonó débilmente, él se colocó las manos sobre su sexo. ¿Otra persona que había naufragado o la mujer de algún pescador?

El sonido del agua le indico que ella salía. En verdad no había tierra completa; también él estaba a  medias del rio. ¿Sería que la mujer podía verlo en la oscuridad?  Una mano toco su pie. Él quiso retirarlo ante el frio contacto, pero decidió no asustar a la otra persona. Le habló. La mujer  volvió a murmurar o a canturrear. Debía estarse muriendo de frio. Quizás se había golpeado con su curiara o con algún tronco. El negro Maguilbray tendió la mano y tomo el brazo; la mujer guardo silencio. Entre asustado y sorprendido, corrió los dedos sobre el hombro. Una piel delicadísima y fría. Palpo el cuello, el cabello; la oreja pareció moverse. Tan absorto estaba con el encuentro que no había notado el olor, desde el rio avanzaba una esencia imprecisable: fruta de algaborro, vaginal y oscura, flor de taparon, embriagante y excesiva; todo ello con un aturdido aroma a peces y a fiemo. No se preguntó si sería la mujer. Cuando bajo la mano hacia los senos erectos, ya se mareaba. O el perfume o el cansancio; quizás la ansiedad de las ultimas hora, pero también la dulzura de aquel pecho que venía hacia él. Como borracho, Matías sintió que perdía conciencia. La mujer la hablaba – o cantaba- ella debía ser quien estuviese bebida.

“Vivo entre pedernales y boca de tigre, vámonos a capure”. ¿Era ella o él quien manifestaba un deseo de salvación? El hombre supo que su cuerpo se tornaba elástico, dúctil, como de agua.  ¿Parte de aquella embriaguez? Y no era ella quien avanzaba hacia los manglares, sino él, atraído por la voz y las manos tan tiernas, que se desplazaba dentro del barro hacia el agua. En segundos la tuvo en brazos. ¿Cómo –si estaba medio dormido-podía abrazarla con tal fuerza, y besarla y bajar sus manos hacia la cintura y el sexo? Una excitación desconocida lo consumía. En la oscuridad, con asombro pudo decirse que la mujer era como un pez, dulcemente móvil dentro de sus piernas. Pero no tenía la voluntad sino para obedecerla, para entregarse fieramente, como lo exigía el perfume enloquecedor d ella. La voz, junto a su oreja, también erizaba. “Quédate conmigo”.

El hombre estaba en otro mundo. Entonces ella lo apretó y el negro, febril, penetro dispuesto al delirio. Un dolor agudo, sin embargo, rozo por instantes un lugar de su cuerpo. No supo donde, ni podía pensar en aquello.

O el sonido de un pájaro o un punto de sol: algo lo despertó violentamente. Estaba de nuevo en cuclillas, dentro de las raíces. Molido, como después de una paliza o de una extremada borrachera. La mañana tan clara. ¿Había pasado toda la noche con la mujer? ¿Fue solo un instante de medianoche?  A lo lejos escucho un motor, tenía que pedir auxilio. Tal vez Cara é palo, y los otros vinieran por él.

Desnudo y justo en el límite de boscaje y el gran rio, quiso saber porque ella no se lo llevo. Pudo haber estado desconcertado: ella – o el perfume del rio- lo había embrujado, calmándolo. Había logrado sentir algo que necesitaría para siempre. A la luz del día podía reconocerlo: ¿con quién estuvo toda la noche?  A nadie lo contaría: nadie podría creerlo. Un ser que quiso ahogarlo en amor y que sin embargo no lo llevo consigo. ¿Se trató de una prueba, en la que el perdió? ¿Cómo debían ser los elegidos? ¿Con quién hablar de esto? De  saberlo hasta Gibory pudiera pensar que por primera vez bebió mientras conducía. Tampoco, además de aquella extraña plenitud sensual, guardaba alguna prueba de lo ocurrido. ¿Cómo pudo el desobedecer a su insaciable pasión, no seguirla en un brazo al fondo del rio? Agudizo el oído, el lejano motor se acercaba. Tenía que salir hacia la orilla y mover la franela, para que pudiesen encontrarlo.

Al levantarse fue como si sus muslos se quemaran. Toda la piel de las piernas – exactamente donde ella se apretaba contra el – mostraba mil heridas pequeñísimas y aun sangrantes. Y en el tejido oscurísimo de su sexo toco una escama que atrapo enseguida la luz del sol.

Loading...