Foto: Freddy “Chichi” León

El 9 de noviembre, 9-11: cábala numérica, día de su cumpleaños 91, se produjo la última operación oficial del Dr. Simplicio Hernández.

Fue su regalo inigualable de cumpleaños, el obsequio más grande que pudieron darle, el premio mayor.

Ese día entró a quirófano, y en una intervención de rutina, se despidió de la sala médica, en la que pasó casi un cuarto de vida consciente, la existencia cuando no dormía.

Lo asumió a regañadientes, siente que aún, como los curas que ya no lo son al colgar los hábitos, puede requerírsele en uso del bisturí.

Se lo explicaron suficientemente, ni lo están jubilando, ni le están impidiendo ejercer, sencillamente le pidieron que asumiera las restantes facetas de su infinita carrera como galeno, tal si fueran la totalidad de su ejercicio.

Dura y difícil situación, la de indicarle que no será convocado al trance más sublime, exigente y extenuante de la profesión, aquel en el que se ponen a prueba la experiencia, los nervios, los conocimientos, el “aguante”, en fin, el ser.

El Dr. Simplicio Hernández estuvo atentó, participó, hizo gala de sus destrezas y de su buen juicio, ese que le acarreó reconocimiento y respeto, y salió incólume, animado y voluntarioso, igual que cuando ingresó a quirófano por vez primera, más de 60 años atrás.

Espacio que recordará por siempre, y en el que miles, al hacer memoria de su presencia en la intervención quirúrgica, habrán de recordarlo como el Ángel que intervino para salvar y ennoblecer sus vidas.

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