Foto: archivo.

Todos caminan buscando el pronto cobijo de sus casas, aceleran los pasos hacia las paradas de buses. No importa en qué, ni cómo llegar, la idea es retornar antes de que se oculte el sol. El centro de Tucupita se va quedando totalmente desolado. Todos parecen tener claro que, llegada la oscuridad, llega el miedo, la muerte.

Solo algunas caras se asoman desde ventanas de las viviendas casi blindadas, sus actitudes se muestran como de quien espera un fantasma, un monstruo, vampiros, al peligro mismo.

Allá en sus casas, ellos prepararon nuevas visitas: sus armas, herramientas. También tomaron el transporte público, pero solo para simular, formaron parte de la huida antes del anochecer, pero retornaron.

Un grupo decidió actuar en San Rafael, en casa de una médico que estaba con su hijo solos esa noche, el otro se desplegó en calle Petión, mientras que un tercer comando prefirió Villa Manamo.

Un fuerte golpe en la puerta bastó para que varios hombres entraran encapuchados en casa de la doctora.

  • Esto es un asalto, abajo, abajo, el que se ponga popi se muere, dijo uno de los hombres atacantes en tono de voz controlado, pero férreo.

La mamá y su hijo obedecieron; en cuestión de segundos ya abrazaban el piso mientras eran amarrados.

¿Sería la una o dos de la madrugada? Ellos ya estaban durmiendo.

Eran cinco encapuchados, todos armados. El robo avanzó en medio de una desesperada búsqueda: ropas, zapatos, celulares y una computadora. Tampoco dejaron comida.

El muchacho, pese a estar maniatado, intentó evitar que se llevaran su teléfono inteligente que aún tenía en el bolsillo, pero recibió un fuerte golpe en la cabeza, minutos después él sintió haberse duchado en sangre.

  • Vamos, vamos- solamente hablaba quien parecía ser el comandante del escuadrón hamponil. Nadie vio ni escuchó nada.

“Si denuncian los matamos, mald&%$”, y se fueron.

Episodios similares se han vivido en calle Petión, Villa Manamo, Paloma, Delfín Mendoza y en cuantos sectores callan. Los secuestros exprés se han convertido en la moda del silencio delictivo. Es el rostro de la verdadera Tucupita, del mismo pueblo donde se podía dormir con las puertas y ventanas abiertas sin ser robados ni violados.

Ya amaneció, los funcionarios de seguridad apenas se toman el café, mientras chequean las miles de llamadas perdidas arrojadas en el celular habilitado como “número de emergencia”. Es un nuevo día para intentar sobrevivir en Tucupita.

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