Alexis González incurrió en un grave error, comprometió un dinero que no tenía, ni sabía si algún día recibiría. El presupuesto es como el carril de una pista de carreras, salirse de los límites implica desviarse del norte que es la meta, y ser descalificado de la competencia.

Ayudó a propios y extraños e incremento una nómina de por si abultada, con la finalidad de contribuir a solventar muchas necesidades, y de conformar un ejército político imbatible.

Lo mismo le sucedió a Emery Mata Millán, jamás comprendió del todo, que en un país petrolero los ingresos fluctúan en la medida en que varían los precios del barril, que el populismo tiene corta vida, y los ciclos de bonanza son sumamente cortos si no se genera en las personas una mentalidad productiva, que contribuya a hacer frente a las depresiones o a las vacas flacas, como las define más coloquialmente la Biblia.

González lo hizo de buena fe, en el optimismo que inspira a todo aquel que tuvo éxito, se siente respaldado, y aspira continuar ascendiendo en el mundo político.

La crisis llegó y terminó por desajustar un presupuesto inmerso en problemas desde un principio; jamás ha logrado cuadrar sus cuentas.

Alexis sabe y lo saben los sindicalistas, que solo hay una salida: o el gobierno ajusta el presupuesto de la institución o habrá deuda para rato.

Este año cerrara con déficit, el 2017 no se sabe. Quizá la cercanía de las elecciones de alcaldes garantice un recurso extraordinario para superar el problema. Alexis lo necesita para triunfar como el agua para respirar y a la masa laboral le urge.

Para colmo y remate, apenas le otorgaron ciento y tantos millones, un décimo de lo que adeuda la institución, con esa cantidad es muy poco lo que se puede cubrir. Al alcalde solo le queda hacer piruetas.

Hace mucho que la alcaldía, desde el punto de vista económico, semeja un potro cerril, no hay quien la domine.

Ella y un centenar más en Venezuela.

 

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