Las rumbas venezolanas ceden, por ahora, en Trinidad y Tobago

Foto: imagen referencial tomada de internet, sin autoría especificada.

«La gente se molesta cuando les dicen la verdad, sobre todo cuando se hace público por Tane tanae, no sé por qué, pero de pana que eso era pura rumba, que nos estaba perjudicando a quienes tenemos otros objetivos aquí», dice Norberto González, un venezolano de 31 años de edad que migró por la crisis hacia Trinidad y Tobago.  Ya arriba a los tres años.

Trabaja en el campo sembrando y cosechando chirel.  Dice que tiene la fortuna de ser trabajador de una buena familia, por lo que le han permitido ir creciendo en su trabajo. Es de confianza, se lo ha ganado, él insiste.

Vio mayor persecución y xenofóbia por parte de los trinitarios cuando las «rumbas» y las peleas callejeras de venezolanos, incrementaban. La estigmatización del «spanish» crecía, sin que los criollos- según él- reflexionaran en torno a esta realidad. Durante los fines de semana llevaban a cabo diferentes festividades acompañadas de licor, marihuana y mucho sexo. Estando en un grupo de WhatsApp de connacionales, podía ver lo que él considera daña la estadía de «los ilegales».

«Es su vida, cada quien puede hacer con ella lo que quiera, pero deben entender que eso perjudica a terceras personas que estamos con otros objetivos aquí. Siempre digo que más a mi favor digo esto porque no estamos en nuestro país, hay otras leyes y debemos respetarlas», explica el joven de Venezuela, contactado por Tane tanae a través de Telegram.

Entonces «las rumbas» públicas tuvieron las primeras consecuencias.  El 23 de octubre de 2020 un grupo de policías arribó a El Socorro, San Juan,  tras haber recibido varias denuncias de vecinos que alertaron de varias peleas de «spanish» en estado de embriaguez, con música «a todo volumen». Esta información fue aportada por un venezolano del mismo sector donde los oficiales llevaron a cabo la redada y que acabó con 22 criollos ilegales arrestados.

Los llamados a «rumba» eran de los mismos venezolanos, incluso a través de las redes sociales. Normalmente estas acababan con peleas entre connacionales y, aunque solían escudarse con el argumento «esta es mi vida», no medían consecuencias de terceros en un país donde la mayoría está bajo condiciones de ilegalidad,  explica, y lamenta a la misma vez, Norberto González.

«Me llamarán pajuo y todo, pero esto debe saberse. No está mal distraerse de vez en cuando, pero no casi todos los días, formando problemas ni metiéndose en rollos de drogas y armas, porque por uno pagamos todos», cuestiona González.

De momento, las «rumbas» han cedido, al menos ya no como antes. Eso ha representado ser un alivio entre quienes han visto las consecuencias de estas iniciativas. Ha supuesto una carga menos para unos venezolanos de por sí vulnerados por las persecuciones y xenofobia de los que aseguran ser víctimas.

 

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