Foto: archivo.

Las organizaciones no gubernamentales que atienden a los refugiados aborígenes de Delta Amacuro radicados en Pacaraima, Brasil, ya habían alertado sobre el hacinamiento que empezaba a notarse en el albergue en marzo de 2018.

Ocho meses después, en noviembre de 2018, las autoridades brasileñas y representantes de las ONG habrían  decidido poner coto a la recepción de migrantes originarios, dada la alta concentración que hay en el refugio.

Lo que en principio era un albergue de 100 metros cuadrados, limitado a un galpón, fue expandido a zonas abiertas que eran utilizadas para el esparcimiento, la cocina, aseo o para lavar ropas. “Ahora sí, no hay espacio para más”, confirmó un refugiado en Pacaraima.

El recurso limitado, claramente superado por la alta migración, ha obligado a los representantes de las organizaciones a minimizar la ayuda, excluyendo a aquellos que ya pudieron acceder a un trabajo que le garantiza un ingreso estable, aunque han sido pocos los indígenas que  han tomado la iniciativa de trabajar.

Solo un vaso de aceite, la mitad de una mortadela, un kilo de harina de maíz y de trigo, forman parte de los insumos que siguen dando en cantidades controladas y limitadas.

Los momentos de acceso gratuito a la carne, pescado, y refrescos, quedaron atrás. Ya no forman parte de las entregas.

Medios internacionales como la AFP, ya habían reseñado que varios originarios pasaban los días en un chinchorro, con claras muestras de flojera y conformismo, esperando únicamente la ayuda del gobierno o de las organizaciones, una actitud decepcionante para otra cantidad de waraos que se han profesionalizado y mantienen un estilo de vida laboral activa en la debacle económica de Venezuela.

En marzo de 2018, 700 personas estaban registradas como refugiadas, mientras que en noviembre de 2018, el número aumentó hasta 2000 refugiados, según informe extraoficial al que tanetanae.com tuvo acceso.

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