Ilustraciones de Joine Ramos / Tanetanae.com.

Ese domingo llovía fuerte. Habían sido días muy grises,  salía el sol de a ratos, en el mes de junio. Durante la noche no había logrado conciliar el sueño ¿habrá dormido solo una hora?, apenas despertó, ya eran las 5 de  la mañana. Su corazón estaba exaltado. La mezcla de temores que lo abrazaba, obvió su erección matutina. Miró al techo, no recuerda cuántos pensamientos atravesaron su cabeza en cuestión de segundos y se levantó de la cama de un sobresalto. Un olor a café lo descontroló más.

  • ¿Qué hace mamá levantada tan temprano hoy, me habrá descubierto?

Enrique es un joven de 19 años de edad. De piel clara, su estatura es de 1.95, delgado y ojos color café, vive en Villa Manamo de Tucupita, una urbanización cercana al casco central de la localidad. Él, agotado de severas depresiones,  de mirar su salón de clases más vacío y profesores desgastados, de no lograr comprar nada cuanto quería, decidió migrar a Trinidad y Tobago. Estaba dispuesto a ser uno más.

Delta Amacuro es el estado que más ha visto a cientos de sus hijos partir. Hasta febrero de 2019, las empresas navieras legales habían informado que unos seis mil deltanos ya estaban en Trinidad y Tobago. Pero el Delta posee muchos brazos de ríos, que ya no han podido sostener a venezolanos y los ha dejado marcharse. Algunos lo han intentado para, tan pronto bajar de la embarcación, ver pasar su vida tras las rejas.

Enrique había estado preparando un viaje silencioso, nadie sabía que, ya devastado por las duras condiciones monetarias, había decidido intentarlo en Trinidad y Tobago.

La noche previa a su viaje se citó con la novia. La amó como nunca antes, casi hasta el amanecer. Quiso despedirse de ella de esa manera, ¿sería la última vez? Estando sudorosos y abrazados en una cama, él estuvo a punto de contarle todo, pero pensó que impediría su partida.

En la vecina isla, está el tío de Enrique. Este le ofreció hospedaje tras su arribo a Trinidad y Tobago. Todo estaba listo, no había tiempo que perder. Era el comienzo de una nueva vida, eso pensó.

Ese domingo llovía fuerte. Habían sido días muy grises, apenas salía el sol de a ratos, en el mes de junio. Durante la noche no había logrado conciliar el sueño ¿habrá dormido solo una hora?, apenas despertó, ya eran las 5 de  la mañana. Su corazón estaba exaltado. La mezcla de temores que lo abrazaban, obviaron su erección matutina. Miró al techo, no recuerda cuántos pensamientos atravesaron su cabeza en cuestión de segundos y se levantó de la cama de un sobresalto. Un olor a café lo descontroló más.

  • ¿Qué hace mamá levantada tan temprano hoy, me habrá descubierto?

Se alistó rápido, tomó un pequeño bolso negro que cubrió su espalda y se acomodó una gorra en su cabeza, mirándose al espejo. Intentaba relajarse, pero, ¿cómo hacerlo cuando se está a punto de abandonar tu casa para siempre, sin que ni siquiera su mamá lo supiese?

Abrió la puerta de su cuarto con cautela y caminó por un corto pasillo de su casa. Cuando se asomó a la cocina, allá, en el fondo, su mamá de espalda, se tomaba una taza de café y amasaba- después supo que preparaba arepas-.  Cuando la detalló por unos segundos, un nudo amarró su garganta y ya no pudo contener sus lágrimas. Se despidió con un beso a la distancia y salió sin hacer ruido.

20 personas fueron rescatadas por la Guardia Nacional de Venezuela luego de que, agotados, hambrientos y sedientos, desistieran de viajar a Trinidad y Tobago, el pasado 23 de junio. Fueron abandonados en una zona boscosa, donde iban por ellos, para finalmente arribar al vecino país, pero todo quedó en promesa. Viéndose desamparados, decidieron regresar remando a Tucupita. Casi no lo logran.

Enrique ya había sido advertido de tenebrosas experiencias, pero su plan de huir de Venezuela, seguía en marcha.

Un auto lo esperaba en la esquina de una calle, cerca de su casa. Una persona conocida lo llevó hasta un lugar clandestino, desde donde surcarían hasta Trinidad y Tobago.

En el camino conoció caseríos que en su vida no había visto. Tras recorrer calles rotas y carreteras sin asfalto, arribaron a un lugar donde solo podía verse el verdor de las malezas.

  • Vayan y métanse detrás de los montes, luego les avisaremos para que salgan y de una vez se van al río, que allí estará la embarcación en la que se irán, les dijo un señor.

30 personas seguían las indicaciones como un recetario: aguardaban  allí, entre matorrales, bajo la lluvia y el frío. Nadie hablaba con nadie.

Enrique tomó su morral  y sentó sobre él. Las horas pasaron. No sabe cuánto tiempo transcurrió.

  • Ahora sí. Salgan a la carretera y vayan rápido que un carro los llevará hasta el bote, les notificaron. La gente corría como militares bajo las órdenes de sus superiores.

Todos hicieron caso. Eran las 2 de la tarde de ese domingo. Al fin tuvo la noción del tiempo. Hombres y mujeres ya estaban a bordo de la embarcación, pero solo aguardaban por el motorista para emprender el viaje.

El corazón de Enrique se aceleró como nunca antes, ese momento. Atrás dejaba todo lo que tenía.

De pronto, a lo lejos, todos oyeron la voz de una mujer, pero nadie distinguía aún de quién podría tratarse, aunque a Enrique le pareció familiar. La veía venir muy rápido. Era su mamá: estaba vestida como cuando la vio de espalda tomando café y preparando arepas, en la mañana. Siempre la extrañó y ahora la volvía a ver. Una vecina reveló lo que había visto y fue suficiente para que ella siguiera las voces de su corazón.

  • Hijo, no te vayas. Tú no sabes lo que te puede pasar por allá. ¿Te ibas a ir y sin decirnos nada? Piénsalo, no te vayas hijo. Le dijo su mamá, ella lloraba desconsoladamente desde un barranco y miraba a su bebé en el bote.

No paraba de llover. La mamá de Enrique seguía allí, totalmente empapada de cuerpo y alma.

Él se bajó de la embarcación e intentó convencerla dejarlo ir, pero la corazonada maternal terminó convenciendo, en cambio, a Enrique.

Ella lo abrazó fuerte bajo la lluvia y le dijo:

  • “No te vayas, por favor”.

Enrique se enteró posteriormente de múltiples detenciones practicadas contra varias personas del bote donde él iba a viajar. La policía de Trinidad y Tobago apresó a algunos deltanos, entre los bosques, tan pronto desembarcaron en busca de nuevos sueños.

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