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Delimitemos con diáfana y meridiana claridad; allá “ellos”, es decir, los chavistas y aquí nosotros. Me explico: los chavistas (son comunistas) creen a pie juntillas que el Estado debe gobernar y regir la vida económica de la nación. Eso se llama “estatocracia” y “estatolatría”. Nosotros, por el contrario, creemos firmemente en la propiedad privada sobre los medios de producción y reproducción de la vida social. El cacareado “estado docente” forma parte de la burundanga ideológica que viene envuelto en el paquete estatista y estatizador de la izquierda autoritaria neopopulista latinoamericana. La lógica polìtica del tardochavismo trasnochado es una vulgar franquicia de los últimos coletazos de la monarquía hereditaria norkoreana y del socialimperialismo chino.

Es obvio que el chavismo es el fenómeno socio-antropológico más nítido que ha dado la sociedad venezolana en materia de desajustes éticos y morales desde que se instituyó el estado nacional en 1810.

Por estos días corre en red social Twitter un tweet que alude a la incorporación del término “chavista” al diccionario de la Real Academia de la lengua española en su congreso de iberoamericanos de academias de la lengua con su acepción correspondiente y sus respectivos sinónimos. Copio el tweet literalmente de la red: “Chavista: (Lat. Dícese de persona prejuiciosa, ignorante, acomplejada, deshonesta, que destruye todo. Sinónimo: Ladrón, criminal,asesino, delincuente.” De la anterior afirmativo se colige que el término chavista como sinonimia de ignorante es, de hecho, una tautología.

Una diferencia sustantiva entre la axiología mal llamada “bolivariana” o autoproclamada así para enmascarar la moral chavista estriba en que la idea de igualdad y justicia viene dada gracias a la concesión filantrópica que hace el estado dadivoso y benefactor al individuo borrando su condición de ciudadano independiente y autónomo. La nueva clase plutocrática de la nomenclatura chavista, que se define como vanguardia revolucionaria, se erige como “big brother” o hermano mayor de la sociedad regimentada y vigilada que concede cajas o bolsas de carbohidratos esporádicamente a los sectores sociales más vulnerables a cambio de lealtades y canonjías que garanticen la reproductibilidad de la esclavitud revolucionaria. Asì ha sido en la sociedad soviética y postsoviética, es decir, la era de Putin. Así ha sido y continúa siendo en la sociedad del comunismo obsidional chino. Así es en la “colonia penal” de Korea del Norte, de Kim Jon Un; y asì es la Cuba castrista y así pretende imponer el modelo homogeneizado y uniformizado de igualdad por abajo el paradigma igualitarista compulsivo del chavismo. El reino de la “felicidad” socialista es un reino milenarista porque sitúa el progreso indefinido y la edad de oro de la sociedad sin clases prospectivamente como una meta histórica de largo alcance estratégico y ve la posibilidad de la redención de los parias de la tierra entre los pliegues de las próximas edades del devenir humano. Lo que se conoce coloquialmente como chavismo es igualmente presa de estos cartabones ideológicos alienantes. En el fondo, ¿qué otra cosa podría querer decir aquella monserga propagandística que cual letanía delirante decía: “Uh, ah, Chávez no se va”? O, “se queda, se queda, se queda”. Es el viejo, desteñido y mohoso culto a la personalidad que fomentaron las sociedades que idolatraron como dioses con pie de barro al camarada Mao, al padrecito Stalin, al caballo Fidel, y pretendieron crear,infructuosamente, una especie de laicización de la política vernácula elevando a categoría de Santón criollo al caudillo llanero.

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