Río Orinoco, Delta Amacuro / Foto: archivo.

Los viajes de los waraos eran multifamiliares. Cada movilización implicaba que ya varias personas hubieran acordado ir hasta Tucupita; todo coincidía con los cobros de quincena u otras diligencias personales.

En la década de los 90, los viajes de estos originarios  se asemejaban a los de los autobuses extraurbanos de rutas largas, que viajaban toda la noche para llegar a su destino en las primeras horas de la mañana del otro día, pero las carreteras son una cosa y el río, otra.

Un viaje desde el Bajo Delta hasta Barrancas del Orinoco, en Monagas, o el puerto de Volcán en Delta Amacuro, iniciaba con la revisión de los motores fuera de borda, que en su mayoría eran de 40 caballos de fuerza: limpieza de las bujías, revisión o cambio del aceite,  reparación de algunas piezas, medición de la cantidad de gasolina adecuada, y preparación de la embarcación.

El proceso anterior, duraba tal vez dos horas.  Generalmente iniciaba a las 3:00 de la tarde y se extendía hasta las 5:00 pm; casi siempre se cerraba la jornada con “una probadita del motor o los motores a usar”.

Mientras tanto, los implicados en el viaje hacían sus propios preparativos, unos hacían sus alimentos- que podían ser domplinas (harina asada) harina frita (flota),- ocumo asado, pescado o carne de lapa o venado, y salvo algunas excepciones, gusano de moriche y yuruma, pero dependía del periodo del año.

El viaje

La hora de salida oscilaba entre las 9:00 pm y las 10:00 pm, este viaje duraría entre 10 y 11 horas, y la “tripulación” la conformaba el motorista, un ayudante y el marinero, este último, era el ojo vigilante en la proa.

Las madres intentaban acomodar a sus hijos sobre los equipajes, arropados con “contrafríos” y bajo el hule o plástico, que servía de protección contra el intenso frio nocturno o de la lluvia.

Al iniciar el viaje, se escuchaba el rugir de los motores que parecían cantos inaudibles, las voces de los viajeros eran como murmullos, otros fumaban y soltaban accidentalmente algunos trozos de fuego que se perdían en el horizonte, y al mirar hacia la ruta, el oscuro caño dejaba ver algunas forma indecisas de vegetación.

Al mirar al cielo, las estrellas parecían moverse lentamente, y en ocasiones, algunas luces fugaces se escapaban en aquel firmamento: nunca será igual ver las estrellas desde un lugar fijo que desde una embarcación en movimiento, y con el frío que parece un respiro helado de un gigante. La sensación es indescriptible.

Ni pensar en la inseguridad

Viajar de noche significaba pasar por el río Orinoco  entre las 2:00 y 5:00 pm, un tramo largo y solitario. Era antecedido por curvas y algunas casas distanciadas que daba muestra de una vasta zona de con una población reducida. Eran las queseras de la vía.

No se conocían los ataques de los piratas de ríos, que ganaron connotación por sus brutales arremetidas en varios tramos del río Orinoco, después de la entrada del siglo XXI, es decir, después de la entrada del año 2000.

Barrancas del Orinoco, al sur del estado Monagas, era un punto de escala antes de seguir hacia el puerto de Volcán en Tucupita, capital del estado Delta Amacuro.

Con el paso de los años, el Orinoco sigue cobrando incontables vidas, ataques recurrentes, gente que ha sido arrojada al agua en medio del poderoso caudal. Algunos cadáveres han sido hallados  en Caroní, a un costado de Ciudad Guayana.

El río Orinoco se ha convertido en un tramo peligroso bajo el supuesto control de grupos criminales y el contrabando de armas, minería y combustible.

Ya no se viaja de noche, ya no se ven las estrellas, pero tampoco se siente el frio respiro del gigante, solo reina el temor. Los viajes donde es imprescindible correr para no ser una estadística más de la muerte.

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