Macareíto grita auxilio: tres kilómetros para sobrevivir (relato)

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Conforme las comunidades se alejan del centro de Tucupita, en el estado Delta Amacuro, los problemas se acercan más. Son localidades abandonadas, como los afectados aseguran estar y como, apartando todo tipo de subjetividad, lo corroboré «en vivo y en directo», como suelen decir algunos deltanos.

Macareíto es una comunidad que está al sur de Tucupita, en la parroquia Juan Millán. Allí,  cada amanecer es un reto para  seguir con vida. Además de los altos precios y sueldos públicos que apenas les alcanza para dos productos alimentarios, deben afrontar otras carencias.

Poder llegar desde el centro de la capital de Delta Amacuro hasta Macareíto, supone una hora de viaje por carretera. La vía no está en las mejores condiciones.

Nuestro auto disminuyó más la velocidad para detallar lo que ya en la entrada a este pueblo nos habían advertido. El calor nos sofocaba. Algunos vecinos que estaban frente a sus casas nos sonrieron. Por momentos saludé, luego me pregunté cómo es que con tantas carencias pueden sonreír; probablemente ese sea uno de sus secretos. Sacan alegría desde lo más profundo de sus almas, como para calmar los sufrimientos.

Primero tomé foto a una fuga y colapso de aguas negras. Me atendió un amable señor de unos 65  años de edad que rastrillaba las hojas secas de una mata de guayaba. Al final nos regaló varias de esas frutas.

Él no quiso identificarse, pero mientras rastrillaba, me ofreció declaraciones. Denunció que pocos minutos ante de que llegáramos, la luz se fue. Es una constante que ocurre hasta tres veces al día. Saben cuando la energía se ve interrumpida, pero no saben cuándo se restituirá. ¿Esta vez serán tres, cuatro horas? Él no lo esperaba pronto.

Me dijo que el año pasado presentaron recurrentes apagones, pero tras organizarse entre vecinos, lograron reclamar ante Corpoelec; entonces ya no sufrieron de tantas interrupciones. No obstante, el monstruo de la oscuridad ha vuelto. Como no todos pueden adquirir carnes rojas ni blancas por sus altos precios, apenas una minoría sala sus productos. La mayoría espera poder encender sus ventiladores o  aires acondicionados. Varios de estos aparatos se han quemado.

El abuelo que me ofreció las declaraciones siempre estuvo calmado. En algún punto del abordaje dijo que esperaba que su reclamo pueda ser leído y escuchado por la gobernadora Lizeta Hernández.

En medio de los apagones, han tenido que salir a las 3 de la madrugada hasta Volcán, un pueblo cercano donde tienen más probabilidades de tomar algún transporte. Van caminando. Usan linternas o algún otro objeto para alumbrar el camino. Avanzan temerosos porque pueden ser víctimas de ataques delictivos y morir.

Los transportistas no quieren entrar hacia Macareíto porque afirman que la vía está en pésimas condiciones. Los afectados aseguran que ellos les exigen pagos más elevados del legalmente establecido. «Esto es tierra de nadie», dijo otro residente de este sector.

Tuvimos dos horas en este pueblo y cuando llegamos, hacía media hora que la luz se había ido. Cuando retornábamos, con unas guayabas que al abuelo nos ofreció, la energía eléctrica no había sido restablecida. Me sorprendí de la cantidad de gente caminando por la carretera nacional. Nos pedían la cola, pero ya llevábamos una familia de Macareíto.

Otros usuarios demoraban bajo el sol esperando con paciencia algún autobús, que de camino no vi.

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