Por Pompilio Monroy Perales.

A orillas de un afluente detenido subsiste una ciudad, decorosa y enhiesta, asediada y festiva, cubierta de florestas. Hoy se encuentra de fiesta cumpleañera, con cara maquillada pasajera, cual novia de ocasión: el traje decorado, las calles aseaditas, perfumados sus barrios, abierto el corazón…  Algunos hijos regresaron para rendirle honor a la tierra nutricia, que les guarda, amorosa, umbilical cordón. Todo es expectativa y esplendor: fuegos artificiales, repiques de campana, misa bien celebrada, desfiles bulliciosos, ofrendas en la plaza a montón, hablador oficial con discurso ritual, otros divertimentos para la población…  Y, como disidencia, este mensaje, donde su autor afirma sin rubor –aunque cause escozor- que, “por dentro anda la procesión”.

¿Cuál es esa ciudad?, ¿Dónde se encuentra? Descrita la floresta, quitemos la careta:

En el extremo Norte: un basurero; en el lindero Sur: los pordioseros; en el costado izquierdo: Manamo estercolero; y en el lado derecho: el muro del degredo. En el centro: las aves de rapiña nativas y foráneas, marrulleras, ahítas de fanatismo y ambición, bien propias de la corrupción.  Esta es nuestra ciudad y sus coordenadas, que quieren ser negadas.

Como memoria tiene mi ciudad, no olvida, por ejemplo, sus pulmones fluviales tapados a traición, por la complicidad de la Corporación para vender más hierro al imperio bribón; sus lugares sagrados profanados; sus niños desnutridos enfermados; ancianos abandonados mendingando comida; no hay desempleados, ni existe delincuencia; aquí nadie ha robado; en los caños no ha vuelto el sarampión; guaraos y jotaraos no son manipulados ni embustiados; el progreso, jamás escamoteado. Todo lo contrario, estamos disfrutando la máxima felicidad posible de esta etapa suavesonga, rumbo a la duronga del socialismo, que gozaremos arreciamente.  Desde esta perspectiva se comprende –cómo no- que “el Delta es Venezuela”, por ahora, sección minúscula de una inmensa colonia penal regida por uno y solo desgobierno mesmo.

En este aniversario, sin embargo, Tucupita, de alcurnia marinera, ya no cree en lisonjas, promesas, ni florestas. Pasiva, paciente, doliente, con su calma bullente, vesubiana, teje y desteje esperando su Odiseo, que emergerá de sus propias entrañas en parto explosivo, doloroso y necesario. Así yo la percibo;  sé que asediada y festiva, más allá de florestas, con su gente decente, mi ciudad se mantiene decorosa y enhiesta.

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