Katherine Díaz (26) no estaba dispuesta a repetir la historia. No quería atravesar por el trauma de una nueva separación.

Había cifrado sus esperanzas en que la vida en la vecina isla de Trinidad, le depararía la felicidad que todavía no conseguía.

Con una hija en común, arribó a la nación caribeña apenas una semana atrás para continuar su vida con alguien que cabría definir como su adorado tormento.

Una persona que se desempeñó como vigilante en la UTD Francisco Tamayo y parecía tener las maneras.

Luego de dar a luz por vez primera a los 14 años de edad, y de concebir dos hijos más en torno a los 20 con su anterior pareja, obsequió con una niña a su actual marido, creyendo haber alcanzado el paraíso.

Una dicha a medias

Sus cercanos nunca aprobaron esa relación, especialmente su progenitora, quien ante la imposibilidad material de Katherine de asumir la crianza, se hizo cargo de sus tres primeros hijos.

Mujer atractiva, simpática, alegre, de bonita figura, podía aspirar a mucho, eso creía su madre.

A pesar de garantizarle un techo y la crianza de la hija de ambos, las peleas siempre estuvieron a la orden del día.

“Fue una relación marcada por la violencia”, refirió un antiguo vecino de Deltaven, “peleaban mucho y como es natural ella siempre salía perdiendo”.

Su mamá hizo prodigios para separarla, pero ella siempre volvía, al final como casi siempre sucede con las madres, se cansó y aceptó lo que era un hecho.

Las riñas, las separaciones temporales, las reconciliaciones, nuevamente las peleas, fueron la pauta de esa infortunada unión.

El pasado domingo 5 de mayo, en horas de la madrugada, el vecino de arriba creyó haber escuchado los ruidos producto de la incursión de unos “bandidos”, llevándose una sorpresa mayúscula.

La imagen del inquilino venezolano de la planta baja caminando tranquilamente hacia la calle en franela y short lo tranquilizó, sin embargo, al cruzar miradas vio como este comenzó a correr hasta desvanecerse en la oscuridad.

Una oleada de frío estremeció su cuerpo y decidió ingresar al apartamento ubicado en King Street de Princes Town, encontrando el macabro espectáculo.

Una mujer “bañada” en sangre agonizaba mientras la bebe de apenas un año miraba la escena, sin comprender que ocurría.

La dama fue trasladada lo más rápidamente posible a un hospital cercano, falleciendo a los pocos minutos de ingresar. A pesar de los intentos del personal médico, fue imposible reanimarla.

El sospechoso evidente es su pareja, de quien omitimos el nombre por razones obvias, la policía trinitobaguense no ha emitido dictamen y no se ha determinado fehacientemente su culpabilidad. Además, tiene dolientes en Tucupita que alegan su inocencia.

Presumen que ella pudo tener «otro» y eso pudo haber disparado unos celos fatales. No hay prueba de ello.

Katherine imaginó un futuro esplendoroso, libre de penurias económicas, dando lo mejor a sus hijos, lastimosamente ni siquiera tendrá la dicha de verlos crecer.

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