Adrián Rivas fue un conciliador y un político de vieja casta formado en los tiempos en que la actividad pública venia atiborrada de intervenciones memorables en las que proliferaban los giros discursivos, frases magnánimas, aseveraciones lapidarias, señalamientos cerreros, epítetos y floripondios, los años de los Betancourt, Prietos, Villalbas, Barrios, Piñeruas y Lepages.

Sempiterno miembro del CES de Acción Democrática, abandonó el partido tras la escisión protagonizada por Emeri Mata Millán para colarse, en un pacto que daba el esquinazo al partido del pueblo, como senador suplente del Dr. Simplicio Hernández.

Con los años volvió a su casa de siempre para disentir con Larissa y entonces convertirse en un outsider de la política.

Popular como pocos, no hay quien no tenga una anécdota que contar sobre este florido personaje.

Algunos lo llamaban “válvula de escape” pues esgrimió durante cerca de medio siglo la conseja de que siempre había que buscar una salida para lograr el objetivo.

Adrián murió de un infarto fulminante y con él desaparece uno de los actores más representativos de una época que duró cuatro décadas y que veinte años después continúa dando coletazos.

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