La descompensación física e incluso el pánico padecido por los 28 pasajeros del Ángel del Orinoco con destino a Trinidad el pasado 3 de mayo, tuvo su reflejo en los daños padecidos por la embarcación.

El contínuo vaivén de la nave en virtud de la reciedumbre de las olas y el roce ocasional con el patrullero del servicio de guardacostas de la vecina isla, ocasionaron raspaduras, fisuras y rotura de piezas.

Los perjuicios pudieron ser observados mayor claridad cuando arribaron a tierra firme en Tucupita, luego de una travesía que los mantuvo 31 horas sobre el agua.

La situación, inédita en el caso de las navieras que operan en la ruta hacia la nación caribeña, motivó el reclamo diplomático de los propietarios del transporte, quienes aspiran que no vuelva a repetirse.

La intervención del Ángel a unos 10 km de la costa, pudo acarrear males mayores, toda vez que pretendían devolverla al Delta luego de haber consumido casi todo el combustible, por haber permanecido prendidos los motores las 13 horas para evitar los sacudones de la corriente marina.

Una peligrosa actuación que no midió los derechos humanos, ni las más elementales normas de tipo legal que reglamentan ese tipo de actuaciones.

Como detalle a destacar, no se conoce de pronunciamiento alguno de las autoridades venezolanas, formalismo que debió cumplirse.

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