A Jesús Gabriel Hidalgo “Chugaby”, lo asalta desde hace mucho un sueño, en el se observa caminando por el pasillo central de un inmenso estadio, aclamado por los simpatizantes de una y otra corriente del Psuv, mientras se dirige a paso triunfal al centro del octágono, donde le espera la víctima propiciatoria, un rival de la oposición al que despojará de la melena para llevársela al presidente Maduro.

En su mente, desde siempre, no hay otro objetivo que la gobernación, está sumamente enfocado en conseguirla, consagrando su vida y esfuerzos a esa meta.

Los astrólogos de la política validan esa intención, le dicen que las estrellas auguran el arribo de un joven a la máxima investidura del Ejecutivo; le cuentan, que el camino está despejado y no hay obstáculos que puedan frenar su empuje; que se avecina un relevo generacional; que la tercera vía terminara imponiéndose con Héctor Rodríguez a la cabeza y un cumulo de treintañeros, secundándolo en el país; que la mesa está servida para devorarse el mundo y conquistar el poder.

Primero lo primero, tiene que ganarse a pulso el derecho a la diputación y en eso anda, sin desaprovechar oportunidad alguna, abordando cualquier escenario, dando zarpazos de tigre por donde quiera, metiéndose por un costado si le cierran el acceso principal, templando el clima electoral, ofreciendo declaraciones incendiarias, sacudiendo las bases de la política tradicional, jugándosela en cualquier ámbito, enervando la calma deltana, despertando la marea roja, jugándose no uno, sino todos los quintos de la lotería para elevarse al parlamento.

Un verdadero felino que muestra los dientes, asusta e intimida, y no se da tregua alguna en pos de su designio.

“Chugaby” se mira el espejo, observa el tiempo transcurrido, ve con detalle los cambios que ha experimentado en un tiempo de vértigo y se dice a sí mismo: estoy cerca.

 

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