El diputado José Antonio España viene con un cestón en la mano, pausadamente va recogiendo aquello que sembró décadas atrás, son frutos color naranja como la mandarina y amarillos como el mango, también otros de data reciente, multicolores esta vez, como el amor por Venezuela.

Al gran operador político del momento lo subyuga una meta, repetir la diputación.

En su bagaje político hay experiencia de sobra, miles de kilómetros recorridos con un pie en la izquierda primero, y otro en la derecha después, que lo hicieron encallar en una y otra orilla, para terminar recientemente en medio del Manamo, lejos de una y otra margen, donde no se atascará. Hace mucho dejaron de gustarle los extremos.

Tiene además la sapiencia del agricultor, por algo viene de la linda Barinas. Sabe que ha de sembrar para cosechar y eso tiene su tiempo.

A uno de los artífices de la integración de la nueva oposición, desde el sector progobierno en conjunción con la mesa chiquita del bando opositor soft, con un pie en ambos, lo entretienen por este tiempo las matemáticas y el ajedrez. Como combinar lo que fui –recuerdan los colores- con lo que soy, y en qué lugar instalar su plataforma de lanzamiento.

De la combinación de tres elementos: la tarjeta idónea, la posición conveniente y el ámbito geográfico ideal, saldrá proyectado al venidero hemiciclo.

Al hombre de la tres raíces, naranja, amarilla y multicolor, no le faltan ni tarjetas, ni la paciencia, ni las oportunidades, ni los deseos, ni la experiencia, para llegar. En unos meses más, si no alargan el proceso electoral, los frutos habrán madurado y el mandado estará hecho.

 

 

 

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