Foto referencial / Cortesía Web

Un grupo de trece personas, entre ellas tres deltanos, el capitán y los dos motoristas de la embarcación contratada para trasportar el personal de la estación fluvial de transferencia Boca Grande II de Ferrominera, vivieron la peor odisea de su vida, el pasado martes 1 de julio, sobre las 5 pm.

La misión, que partió de Tucupita el día anterior, consistía en recoger diez operarios de la estación Boca Grande II, anclada frente a Punta Pescador, en el estrecho Boca de Serpiente, entre Venezuela y Trinidad, para retornarlos luego de cuatro meses y medio en altamar a tierra firme. Lamentablemente antes debieron pasar por una amarga experiencia, que no logran borrar de sus mentes.

A bordo del potente lanchón con tres motores de 250 HP de potencia, a la altura de Los Castillos de Guayana, fueron sorprendidos por un balajú con diez personas a bordo y dos motores de 250 HP, que comenzó a perseguirlos.

El capitán de la embarcación aceleró, sin embargo, varias ráfagas de fusil frenaron su empeño, viéndose obligado a reducir la velocidad. Segundos después eran abordados por piratas de río y obligados a retornar.

“Las aguas de Los Castillos son turbulentas, por desgracia, ese día parecían un plato llano y se les hizo fácil alcanzarnos”, expresó el timonel.

En un trecho del camino fueron obligados a orillarse comenzando un calvario, que se prolongó durante más de seis horas.

Mientras con piquetes le apretaban los dedos y con destornilladores los presionaban en la zona media “puyándoles las costillas”,  revisaban la nave en busca de la supuesta caleta. “Querían dólares”, manifestó una de las víctimas.

Rompiendo cualquier reborde en la superficie interna de fibra de vidrio, se aseguraban de que no hubiera nada. Como argumento disuasor cada uno portaba un fusil y granadas adheridas a sus prendas.

A medianoche, a oscuras, habiendo cargado con las pertenencias de todos y con aquellos implementos de valor que formaran parte del equipamiento, en otra lancha vino un señor robusto que al verles las caras, luego de ser apuntados con la linterna, ordenó dejarlos ir devolviéndoles las pertenencias, algo que no obedecieron. El contraluz y la oscurana no les permitieron identificar al recién llegado, que fungió de jefe.

“Antes de irse, uno de ellos se asomó a la cavidad interna y nos dijo que nos iba a lanzar una granada e hizo el ademan de hacerlo, para luego irse”, señaló uno de los pasajeros. Fue un último acto de crueldad.

La denuncia fue interpuesta ante los órganos pertinentes en la zona sur de Monagas. No se revelaron las identidades ni el nombre del prestador de servicios por temor a posibles represalias.

 

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