El plan económico que acompañó la última reconversión monetaria, cuando se dio el paso del bolívar fuerte al bolívar soberano, parece haber dado sus pasos postreros esta semana.

Con unos sencillos indicadores que saltan a la vista: el precio del cartón de huevos superó el sueldo actual; los profesionales de cualquier área quieren cobrar los trabajos, por pequeños que sean en dólares; regresó la venta de efectivo; los billetes de baja denominación –de 2 y 5- son rechazados nuevamente por transportistas, vendedores, etc.; reaparecieron las colas de todo tipo para la compra de combos; se multiplicó el bachaquerismo; se disipó el control de precios; en fin, todo el abanico de despropósitos que habíamos experimentado anteriormente.

Si evaluamos la situación actual con detenimiento, da la impresión de que el plan económico y sus efectos benéficos jamás existieron.

Reina además, como aspecto colateral, la misma desesperanza de aquel entonces.

La ilusión que se generó en la población los primeros días, tras la aplicación del conjunto de medidas impulsadas por el presidente Maduro, se esfumó dando paso a un pesimismo si cabe mayor.

Impera el escepticismo, y si bien es lógico y razonable que se produzca un nuevo incremento salarial, existe total incertidumbre sobre cuales puedan ser las nuevas medidas que acompañen el ajuste.

Pareciera que se agotó la cartera de soluciones a la mano para hacer frente a la crisis, y no hay cerca ninguna determinación o salida que produzca un efecto positivo duradero en nuestra calidad de vida y en el bienestar de la economía en general.

Mientras tanto, el pueblo espera expectante el pronunciamiento del presidente el lunes, con el anhelo de que esta vez las cosas funcionen y existan razones para sonreír.

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