Primera lápida funeraria conocida de Tucupita, por Fr. Julio Lavandero (I)

Tuve noticias por medio del comerciante Pedro García, quien tiene su negocio en la calle Dalla Costa de esta ciudad, de que su vecino de enfrente, Vicente Gómez, tiene en su poder y custodia una lápida que debe tenerse en cuenta para fechar la presunta fundación o, para decir mejor, el primer poblamiento estable de este lugar en que vivimos. Nuestra ciudad está situada en la boca del caño Tucupita, la que se abre hacia el gran brazo Manamo. De esta manera se me ofreció la oportunidad de visitar a este conocido ciudadano de la capital deltamacureña para cerciorarme personalmente de la existencia de tan importante documento de mármol.

A Vicente Gómez, lo conozco desde que llegue a Tucupita y él era un niño tremendo, que pasaba todos los días por delante de la casa parroquial, camino de la escuela, tocando el timbre y pidiendo mangos, solo para desaparecer al momento. Así pretendía dejar con un palmo de narices al barbudo Fray Valentín. Este cachazudo y complaciente fraile lo conocía y consentía mejor que yo. Y me explicaba que el travieso muchacho solo lo era en apariencia, hijo de un buen amigo de la casa, Juan Gómez, el de la tipografía de la esquina de la Plaza Bolívar, intersección de l calle Pativilca  con la Dalla Costa. Hoy funciona allí una venta de bicicletas.

Armado con estos recuerdos amables, me encamine, cámara en mano, a la tipografía del ahora honorable Vicente Gómez con el fin de indagar los detalles de la aparición de la lápida que se auguraba como testimonio imprescindible para fechar los inicios de nuestra ciudad. Vicente me recibe en su negocio, apacible y sonriente, con cara de haberme esperado por mucho tiempo. Enseguida me lleva al patio interior donde puedo ver la pesada placa – por su grosor- parada y arrimada a la pared, de color blanco teñido de un marrón suave, signo de haber estado muchos años enterrada. Presenta las siguientes medidas: 91,5 cm de alto, por 68,5 de ancho y 6 cm, de espesor. ¡Como para desafiar a los siglos! Le cuento a Vicente sobre su aparición. Y me cuenta:

-Por los años setenta del siglo pasado (s.XX) mi padre, conocido popularmente como Juanchito Gómez, decidió mudarse a la esquina de la Plaza Bolívar, dada la estrechez de aquel espacio que no permitía la ampliación de los talleres tipográficos. Y compra una casa de mampostería, sita a poca distancia en esta misma calle Dalla Costa, N°30, perteneciente a Juan Boada. Que es donde estamos ahora.

Entrados en posesión de dicha casa, hacia los meses de junio o julio de 1976, nos avocamos a su remodelación con el fin de preparar los espacios para los talleres de tipografía. La casa poseía un patio interior presidido por una gran mata de mango. La desramamos, removemos el tronco y comenzamos a “covar” para sacar las raíces. Profundizando en esta operación, nos encontramos con un objeto duro que nos extrañó. Separando y extrayendo más y más tierra, apareció la lápida que ahora contemplas. Nuestra sorpresa y alegría fue grande al estarse debatiendo aun entonces la fecha que el epitafio letra a letra presenta así con su especial ortografía y construcción gramatical:

YASEN AQUÍ LOS RESTOS DE

VICTOR FRANCISCO RODRIGUEZ

QUE FUE EL MÁS BUEN HIJO

Y MEJOR HERMANO

1842

Retirada la lápida, aprecio lo que parecía el hueco de una tumba arruinada y sin restos de humanos, medio llena de cieno. Atribuimos el hecho a la altura del nivel friático que caracteriza a los flojos terrenos de Tucupita, que como se sabe por testigos aún vivos eran rebalses y lagunas llenas de animales acuáticos, sin que faltaran las babas y caimanes, sobre todo en los tiempos de las crecientes anuales. Entonces no había ni cierres de Guara ni muros de contención. El caño de Tucupita metía agua y cieno al desbordarse por todas partes en los meses de junio, julio y agosto. Esa intensa humedad destruye todo vestigio de restos así inhumanos en tierra medio seca en el verano. Si suponemos, como es lógico, que la inhumación tuvo lugar en 1842 y que la lápida  no ha sido objeto de una manipulación interesada – cosa que se tendría que demostrar con hechos fehacientes-, hasta 1976 en que ella aparece ante nuestros ojos deslumbrados, habrían transcurrido ya 134 años.

Efectivamente, la lápida en sus dimensiones se parece más a un cuadrado que a un rectángulo que es la forma que suelen presentar las lápidas que ahora conocemos. Tampoco nos podemos explicar el grosor, que aumenta notable e innecesariamente el peso de la lápida en cuestión, si lo analizamos con los datos de nuestros enterramientos actuales. Pero si nos trasladamos a la fecha de esta lápida y al lugar de enterramiento, encontraremos una explicación racional.  Este lugar era entonces lagunoso, como ya hemos indicado, conectado con las crecientes y mareas. Eso podría originar fácilmente el afloramiento del cadáver con peligro cierto de contaminación de aquellas pavorosas enfermedades infecciosas de la época: tifus, cólera, sarampión, viruela, etc. Es tradición, según asegura el ya mencionado ciudadano Pedro García, que los enterramientos no se hacían con fosas rectangulares, hechas de bloques y cemento, materiales que se conocían entonces en Tucupita, sino más bien en tambores, porque las paredes de las tumbas abiertas en esos terrenos deleznables, se deslizaban según se iban abriendo. En ellos se introducían los cadáveres, posiblemente en posición fetal, y se terminaba la operación rellenándolos con cal, que, además de peso y evitar peligrosas bolsas de aire, tiene gran poder aséptico y secante. Y para asegurarse más de que no afloraran, se les colocaban encima un gran peso. Con esta explicación, se excluye en buena medida que la lápida pueda ser fruto de una manipulación fraudulenta. Una manipulación que en 1842 no tenía sentido pues nadie estaba discutiendo la fecha de la fundación de una ciudad que aún  no existía.

Continuará…

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