Ildemaro Irazabal, el mejor musicalizador del oriente, con Don Eulio

Ildemaro era una centrifuga, una maquina en permanente movimiento y a máxima revolución, cuyos giros iban a parar a un único y exclusivo eje, la otrora Radio Tucupita. Es como si su antes y su después condujesen siempre y en todo momento a ese magnifica y peculiar trinchera, de la cual no pudo desprenderse jamás.

Allí recaló luego de una inconforme e inquieta juventud, por obra y gracia del vínculo familiar que le unía a Don Eulio, convirtiéndola en la razón de su existencia por más de 40 años.

Hasta que sus afanes de severo cobrador -que fue como comenzó-, de mago de la música, de entusiasta inductor de nuevos talentos, de fiel vigía de amaneceres radiofónicos y jubilosos cierres de programación al filo de la medianoche, se detuvieron en tiempo y espacio, por la tan arragaida creencia de que unos son más vivos que otros y de que a la vaca se la puede exprimir hasta el cansancio, sin que pruebe pizca de alimento.

A través de radio Tucupita adquirió oficio, sapiencia, experiencia y profesión, y se hizo conocer no solo en el Delta, también en las capitales del país, donde creyeron a ciegas en su olfato para descubrir potenciales estrellas e inminentes hits musicales.

Para ello colonizó un espacio de pocos metros cuadrados en el cual convivieron lo más avanzado de la tecnología de aquel entonces y su vieja e inseparable máquina de escribir, rodeados para colmo de felicidad, por el tesoro más preciado con que cuenta el hombre para poder vivir animado y feliz: la música.

Cuando tuvimos la dicha de escucharlo hablar, la mente se trasladó a esplendidos paisajes llenos a más no poder de calor, emoción, vida y amor, resultando inevitable dejarse invadir por la sensación de que todo pasado fue mejor.

De su plática nerviosa y febril dedujimos un secreto, una confesión entre líneas que para nada nos sorprendió: Radio Tucupita se debió a un Gran Timonel, el Maestro Sócrates Hernández, lejano y cercano a la vez, figura omnipresente imbuida en el desarrollo y manejo de su emporio radial, y dos motores, dos estupendos propulsores encargados de remontar olas, de navegar mar adentro y alcanzar las fronteras más recónditas de nuestro ser: Ildemaro y Eulio.

Ildemaro se nos fue. Con Eulio, ahora en Deltanisima, la historia continua.

Gracias Maestros.

 

 

 

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