El profesor Manuel Aristimuño es una de las mejores plumas de la narrativa deltana.

Con una obra modesta en extensión y pulcra en contenido, relata y retrata anécdotas de la vida cotidiana con un final siempre cautivante.

En posesión de varios manuscritos inéditos, en forzado e inapropiado reposo, busca editor que los publique, a tenor de que recibirán buena crítica y aprobación de los lectores.

El texto actual proviene de su obra Plenilunio, compilación de cuentos ya agotada, que pretendemos reproducir paulatinamente en reconocimiento de su talento creador, y en procura de proyectar sus pinceladas de artista consumado de las letras e imágenes de la zona tórrida en que vivimos.

Reclusión

Ya no podía continuar buscando reposos con médicos amigos o inventando viajes inaplazables, para ayudar a familiares que sólo existían en mi imaginación.

No obstante, algo era cierto: deseaba hondamente que algún súbito acontecimiento me alejara, al menos durante algunos días, del rutinario e insoportable trabajo como asistente administrativo en un ministerio, pero, sobre todo, de la inquisidora jefa de recursos humanos. Pensé que una nueva falla eléctrica en la represa del Gurí sería suficiente; aunque un duelo nacional por el fallecimiento de un político inútil  era también un excelente motivo, quizá el ideal. Sin embargo, algo tan complicado y sombrío como la declaración de una pandemia, no pasó jamás por mi mente.

Al contrario de mis vecinos y familiares, conservé la suficiente serenidad cuando anunciaron, a través de los medios de comunicación y las redes sociales, que desde el continente asiático un nuevo virus se estaba expandiendo velozmente alrededor del planeta y que, a pesar de las severas medidas de control que se tomaran, no sería posible impedir su entrada y segura propagación en todos los países.

Mi sosiego tenía un fundamento que me parecía irrebatible: si la humanidad, prácticamente desde sus orígenes, había enfrentado y superado situaciones sumamente graves, complejas, como conflagraciones mundiales, pestes diversas, caída de meteoritos, amenazas de hacer estallar el planeta con armas de destrucción masiva y hasta una Guerra fría, no veía razones ahora para estar temiéndole en forma desmedida a algo cuyo nombre ­coronavirus­ hasta me resultaba agradable al oído. En ese momento me parecía como si estuvieran realizando una gran campaña publicitaria, anunciando la aparición de un nuevo producto. Pero, en caso de ser cierto lo del peligro, confiaba plenamente en que los avances de la ciencia y la tecnología facilitarían el descubrimiento de la cura definitiva en poco tiempo.

Tampoco me alteré cuando decretaron la cuarentena. Con tal de permanecer alejado de la oficina, cualquier sacrificio era bienvenido. Además, no tengo mujer ni hijos, pero sí bastante comida y agua embotellada como para sobrevivir, sin preocuparme por ello, durante unos diez o doce días como mínimo. Nada me hacía pensar que la reclusión se extendería más allá de un par de semanas.

No pensaba dejar que las horas y los días de sedentarismo transcurrieran sin obtener algún beneficio personal.  Consideré que era el momento apropiado para dedicarme a releer, sin apuro y subrayando, algunos libros clásicos; algo que había previsto hacer desde hace varios meses.  Procedí a desempolvar a Rayuela, Moby Dick, Lolita y Las mil y una noches. Otros aguardarían su turno en los anaqueles. Pero en algo estaba claro: no todo sería lectura durante el glorioso encierro: también me acompañarían Netflix, la televisión por cable, mi variada colección de música y, por supuesto, algunas botellas de ron.

Me encontraba liberado, feliz, animado, como un muchacho jugando con el regalo navideño que anheló a lo largo del año. Hasta sentía deseos de asomarme al balcón y gritar con todas mis fuerzas ¡viva la cuarentena, carajo.

Sin embargo, era imposible prever que tantas fechas continuas de ocio desatarían en mí un apetito difícil de controlar. La cocina se convirtió en el lugar más visitado; era una especie de santuario. La nevera parecía reclamar mi presencia cuando me ausentaba durante más de sesenta minutos. Debido a ello, las provisiones disminuyeron de manera inquietante y, para terminar de oscurecer el horizonte, el escenario económico del país se complicaba aún más. La dolarización amenazaba con profundizarse. A pesar de que ya habían anunciado la aparición en la ciudad de los primeros contagiados con el COVID­19, lo que a partir de ese instante nos convertía a todos los habitantes en seres sospechosos y potencialmente peligrosos, comencé a temerle más al desabastecimiento general que inexorablemente se produciría como consecuencia directa de otro grave problema: la escasez de gasolina. Aunque no dejaba que el pánico me venciera, tampoco moriría de hambre.

Al sexto día decidí abandonar la cuarentena y sumarme a la locura que ya se había desatado en todo el país. A pesar de las restricciones impuestas por el gobierno, las calles estaban abarrotadas de gente que ocultaba parte del rostro detrás de coloridas mascarillas, se notaba que una buena cantidad de ellas habían sido confeccionadas de manera  rudimentaria, empleando retazos de tela rescatados del olvido; algunos (los más temerosos, seguramente) hasta usaban guantes. Todos nos desplazábamos con rapidez entre uno y otro negocio de venta de alimentos. La mayoría cargábamos grandes y pesadas bolsas. Las miradas y algunos gestos delataban la angustia del momento. Lo cierto, es que parecíamos extras actuando en una película de terror. De inmediato se estacionó en mi mente el recuerdo de las amenas clases de historia en la Universidad: era como si hubiésemos retrocedido en el tiempo, específicamente hasta la época de las agotadoras caminatas que realizaban nuestros antepasados recolectores.

Unos dólares, trabajosamente reunidos durante años y que servirían para un improbable viaje definitivo a España, se convirtieron prontamente en kilos de pollo y de carne; en frutas, verduras, granos y, además, en un litro de alcohol isopropílico comprado a un vendedor ambulante, por un precio tan exagerado, que nada tenía que envidiarle al de otros alcoholes más divertidos. Algo quedaba evidenciado en este tipo de circunstancias: mientras mayores son las necesidades y las desgracias, mayor es el grado de especulación. La palabra solidaridad quedaba abolida. Se había transformado simplemente en un conjunto de vocales y consonantes atractivas para los discursos y las desquiciadas arengas oficialistas.

Lo adquirido parecía suficiente como para enfrentar con éxito un par de semanas más, si es que lograba controlar mis desencadenadas ansias devoradoras. Al llegar al apartamento, traté de seguir al pie de la letra todas las indicaciones que repetían de manera permanente en la televisión y en las redes sociales para prevenir el contagio.

Antes de entrar, me despojé de los zapatos y los introduje en una bolsa plástica, luego destapé el pote de alcohol, procediendo a frotarme las manos con el líquido, posteriormente abrí la puerta. Ya adentro, tuve la precaución de no tocar los muebles o las paredes. En seguida me quité la mascarilla y la introduje en la bolsa junto con los zapatos, los rocié con alcohol y la amarré con fuerza. De nuevo me lavé las manos. Aunque corría el riesgo de que se les alterara por completo el sabor, limpié las frutas y las verduras con agua y jabón. También pasé la carne y el pollo por agua hirviendo. Arrojé por el bajante las bolsas donde había traído los alimentos. La ropa fue directa a la lavadora. ¿Me habré saltado algún paso? Puse fin a la dura jornada con un baño donde abundaron el agua y el jabón.

Me encontraba exhausto. Desde la cama hice un recorrido mental sobre todo lo que había visto y escuchado en la calle: las lentas e interminables filas frente a los comercios; la posibilidad cierta y preocupante de no encontrar lo que se buscaba, porque ya se había agotado (¿o acaparado?) la existencia y no había fecha precisa para la llegada de los proveedores; las conversaciones que iban desde un optimismo exagerado y poco serio, basados sobre todo en los falsos e interesados argumentos e informes escuchados a los políticos, hasta un pesimismo desmedido, apocalíptico; las ínfulas de los porteros, los policías y los guardias, que hacían parecer a Cancerbero como un adorable y frágil poodle.

Por más desagradable e incierta que me pareciera la realidad, no podía escapar de ella. Tampoco estaba en mis manos transformarla. Nada positivo lograba con quejarme y maldecir a los responsables de esta nueva enfermedad. Lo más sensato era adaptarme y sobrevivir de la mejor manera posible.

Luego de algunos minutos, el cansancio y el sueño, estimulado por dos tragos de ron con limón, lograron apagar mis recuerdos.

A partir del día siguiente, ya nada volvió a ser igual para mí. Ahora sí admito, con absoluta franqueza, que mi resistencia ha estado cediendo gradualmente. Los únicos culpables de mi nuevo estado anímico son: WhatsApp, Twitter, los noticieros de televisión y los opinantes profesionales que creen saberlo todo. Ya el confinamiento se ha extendido más allá del tiempo estimado y al parecer piensan prolongarlo durante otras semanas. ¡Pronto deberé salir nuevamente a recorrer los abastos y supermercados! De sólo pensarlo, hace que experimente un aumento desproporcionado en los latidos del corazón, acompañado de sudoración excesiva y respiración fuera de lo normal. ¿Era esto lo que yo deseaba?

Por otra parte, ya se había esfumado por completo el deseo de leer libros de muchas páginas. Sólo pude terminar (y no con poca dificultad) la obra maestra de Cortázar. Ahora me parecen más atractivos los artículos cortos y las biografías; también alguna entrevista. Mi reencuentro con el capitán Ahah, con Humbert Humbert y Sherezade, queda suspendido hasta una fecha imprecisa. Tampoco las películas o las series con tramas complicadas o demasiado violentas logran capturar mi atención más allá de los diez o quince minutos. Únicamente puedo digerir las banales comedias norteamericanas del siglo pasado.

Durante las noches de insomnio, cuando pareciera que las paredes y el techo de la habitación amenazan con aplastarme, me asomo al balcón como esperando la sorpresiva y grata aparición no digamos de un tenor o de una soprano, pero sí, al menos, de un cantante de salsa, de regaettón o de cualquier otro personaje divertido que logre despertar a la ciudad que luce, a esta hora, como enferma, como entregada dócilmente a un futuro cada vez más nebuloso. Sin embargo, los minutos transcurren de manera invariable. La pesadez nocturna sólo es alterada por ocasionales, ruidosas sirenas e intermitentes luces rojas y azules.

Tal vez la solución, a mediano plazo, sea ir restándole tiempo al aislamiento hasta eliminarlo definitivamente, mientras aprendemos a convivir con este nuevo virus, como ya lo hacemos con otros quizá más letales. A pesar del optimismo expresado por numerosos filósofos, psicólogos y científicos, creo que todavía es demasiado prematuro para determinar con alguna exactitud las consecuencias ­positivas y negativas­ de esta traumática experiencia. Será, sin duda, como enfrentarse a un largo y complicado período postoperatorio. Luego, pienso, deben aflorar días luminosos, colmados de esperanza.

¿En realidad será tan inquisidora e intolerable la jefa de recursos humanos?

 

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