Por Emir Balza

Hablar de José “Cherico” Gómez es recordar la época dorada de la música venezolana. Admirar el fulgor de la voz de oro de Venezuela Adilia Castillo y el tenor de Venezuela don Alfredo Sadel, entre otros grandes intérpretes de la tonada nacional, es destacar que estas figuras referenciales le tendieron la mano en alguna ocasión a un cantante tucupitense.

Gómez, quien naciera en el municipio Tucupita hacia 1930, vivió su infancia en calle La paz de nuestra ciudad. Los padres de este ilustre “jotarao” fueron Cosme Gómez y Paulina Romero de Gómez.

Hoy en día, muchas personas desconocen la vida y obra de este orgullo deltano, especialmente los jóvenes, debido a la poca difusión de sus discos por la cultura local. Aproximadamente para el año 1958, el artista graba su primer disco de larga duración “Éxitos de José Gómez”, acompañado nada más y nada menos que por la agrupación de Cándido Herrera.

Graba luego otro disco con música criolla y algunos boleros, todos para la casa “Disco Moda”. Una de sus últimas grabaciones las realizó para la disquera “Kirpa,” llamándola “José Gómez en nuevos éxitos de Gualberto Morales”, el arpista fue el propio, Cándido Herrera, y el cuatrista Abraham Marrero.

“Hay en este disco, ese algo de la playa que recoge los secretos del aire, y el beso de sol, cuando alumbran los caminos indetenibles de la ola. Perla en la profundidad del sentimiento, cielo en la fe de dar a nuestra vida musical una fisonomía ajena de folklores extraños”. (Extracto de J.A. Moreno Fuenmayor sobre el disco “José Gómez en nuevos éxitos de Gualberto Morales”).

No podemos pasar por alto, las actuaciones a pie de las casas que llegó a tener este gran serenatero, acompañado en muchas ocasiones por el guitarrista Pastor Flores (padre), quien fue músico de la banda municipal del estado y dejo una extensa prole de hijos avocados a la cultura y el arte.

Nuestro querido “Cherico” falleció en el año 2002, sin abandonarnos por completo, él continua presente no solo en la obra musical, sino en el paisaje deltaico en cada atardecer del sol frente al caño Manamo, o cuando el imponente río desliza con suavidad la flor de Bora, en la melodía de las aves que cantan sin cesar.

Valga este sencillo homenaje como un homenaje a quien tuvo una voz única e inolvidable para aquellos que lo oyeron y los que seguimos escuchándolo.

 

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