La Navidad reflejada en un cuento de Manuel Aristimuño

Si me viera obligado a seleccionar los recuerdos más significativos de mi niñez, los días navideños ocuparían, sin duda, los primeros lugares.

Mis padres, igualmente mis abuelos, estaban muy apegados a las tradiciones. A partir del primero de diciembre (sin importar el día) nuestra casa, además de ser pintada en su totalidad, empezaba a transformarse de tal manera, que parecía iluminada por el sol las veinticuatro horas del día. El Nacimiento, el Árbol de Navidad y otras decenas de coloridos adornos, disparaban el consumo de energía eléctrica. Papá, quien por lo regular estallaba en ira cuando observaba un bombillo prendido alumbrando en vano una habitación, un televisor encendido sin televidentes o la puerta de una nevera abierta más allá de diez segundos, justificaba el desmesurado consumo de este mes, argumentando que era una sola vez en el año y, en compensación por ese gasto, recibíamos cosas de valor inestimable como son alegría, paz y amor, representadas, sobre todo, en la cena navideña con toda la familia reunida y el regalo del Niño Jesús. Durante esos días también estrenábamos ropa y zapatos, íbamos con más regularidad al cine y nos reuníamos con los primos que llegaban de ciudades lejanas.

Pero no solo en esa faceta eran conservadores. La educación familiar, donde no podía faltar un elevado ingrediente religioso, con la correspondiente ordenanza de valores, incluyendo la misa dominical, era considerada por nuestros padres mucho más importante que la recibida en la escuela. Si hubiera sido una decisión absoluta de papá y mamá, jamás hubiéramos pisado una escuela o un liceo, menos una universidad. Según ellos, esos eran centros más cercanos a la perdición que a la educación, llenos de jóvenes obligados a estar allí y portadores de todos los vicios existentes; de chicas corrompidas pendientes del sexo y de las drogas. No les faltaba razón, pero mis hermanos y yo logramos resistir las diarias y múltiples tentaciones, aunque debo confesar algo: lo hicimos más por temor a la reprimenda que recibiríamos si nos hubiesen visto bebiendo alcohol o fumando cualquier cosa, que por convicción.

Sin embargo, no fue fácil.

En la escuela, desde un principio, los chicos con mala conducta y peor rendimiento, los acostumbrados desde niños a resolver cualquier contrariedad a través de la violencia, vieron en nosotros a la materia prima perfecta para desahogar sus desmedidos rencores y frustraciones. Mis dos hermanos (ambos me superaban por dos y cuatro años) y yo éramos tranquilos, quizás demasiado reservados; frecuentemente andábamos los tres juntos, pero no era por temor a estar solos, como pensaban muchos, lo hacíamos por mera costumbre y por sentirnos bien de esa manera. Nos tratábamos como buenos amigos. Jamás habíamos discutido o peleado más allá de los conflictos normales e insignificantes entre miembros de una familia. Papá las hubiese evitado a fuerza de correazos. No obstante, en este tipo de comportamiento también había mucho de timidez de nuestra parte: no era una tarea fácil para nosotros hacer amistad con el reto de los compañeros.

Nuestras debilidades eran notorias y quedaron expuestas rápidamente desde el primer contratiempo en la escuela. Acatando las rigurosas órdenes de papá, desistíamos de pelear. Al principio intentábamos convencer a los agresores, pero ante el fracaso de esa gestión, los denunciábamos sin demora ante los maestros o profesores. Los compañeros se burlaban continuamente de nosotros; nos bautizaban con sobrenombres ofensivos (las tres Marías, las lloronas, las hermanitas de la caridad) o nos retaban a pelear por el simple gusto de hacerlo, como para alegrarles el momento. En verdad, nunca dimos motivos para ello. Ante la oportuna intervención de los docentes, el conflicto se solucionaba o, mejor dicho, entraba en una espesa y borrosa calma, mientras duraban las horas de clases. Durante ese tiempo, los violentos nos miraban con desprecio, como si hubiésemos golpeado sin piedad a sus madres o violado reiteradamente a sus hermanas.

El timbre de salida se convirtió en la implacable señal que anunciaba el inicio de nuestra desgracia cotidiana, como las Trompetas del Apocalipsis. Cuando comprobamos que, sin duda, perdíamos el tiempo denunciándolos y que ya a los profesores les era indiferente nuestro sombrío destino, decidimos defendernos como mejor pudiéramos, pasar a la acción; dejar de ser las presas fáciles. No había parte de nuestros cuerpos ajenos a moretones y dolores. Los uniformes presentaban ausencia de botones, rasgaduras o manchones de varios tamaños. No obstante, a pesar de nuestro denodado empeño y de las decenas de estrategias de pelea concebidas en la casa, el resultado se alejaba cada vez más del esperado: si medianamente lográbamos asestar un golpe en un brazo o en un hombro de nuestros rivales, luego de abanicar el aire con decenas de ellos, recibíamos tres o cuatro de mayor contundencia y con una puntería digna de un francotirador.

Sólo nos quedada soportar calladamente nuestra desdicha, tratar de sobreponernos, encomendarnos a Dios y estar dispuestos para el siguiente día. Si llorábamos era peor. Dábamos un espectáculo bochornoso.

La oportuna y feliz llegada de los días navideños logró el milagro de ablandar los corazones (y los puños) de piedra de nuestros agresores. Quizás fue una simple coincidencia o en realidad ya se habían aburrido de darnos tantos golpes y necesitaban con urgencia de carne fresca, de sangre renovada; contendientes más experimentados, menos timoratos, para hacer más interesantes las peleas. Ya luego nos pasaban por un lado ignorándonos por completo o, en el peor de los escenarios, nos miraban como gallos triunfadores observando a sus congéneres degollados y temblorosos de muerte en la arena fragorosa. Debido a ello, mi padre desistió de mudarnos para otra escuela, una mucho más alejada de nuestra casa y donde, con toda seguridad, nos hubieran aguardado los mismos o, tal vez, mayores inconvenientes.

Luego de adaptarnos definitivamente, logramos hacer algunos amigos. Fueron pocos, pero solidarios. Tampoco puedo negar que en varios de estos acercamientos hacia nosotros haya influido mucho la conmiseración.

Dentro de ese grupo de amistades, recuerdo especialmente a Andrés. Estudiamos juntos tercer grado, él provenía de un colegio privado. Teníamos la misma edad (nueve años) aunque no necesariamente (eso lo comprobé después) gustos ni necesidades similares. Sólo la pasión por el fútbol y el ser fanáticos de un mismo equipo nos identificaba. Nunca había llevado un amigo a la casa, desconocía cuál sería la reacción de papá. No obstante, pasó la prueba de fuego a la que yo sabía que sería sometido: algo vio mi padre en él y lo aceptó de inmediato; tampoco se molestaba cuando debíamos llevarlo hasta su casa porque las ocupaciones del padre de Andrés le impedían pasar buscándolo. Era como si a mi amigo lo rodeara una aureola sagrada o mágica. Hasta compartió con nosotros el almuerzo en múltiples ocasiones.

Sin embargo, la amistad no trascendió el tiempo que yo hubiese deseado.

Los padres de Andrés eran comerciantes. La fabulosa quinta donde vivían, junto con los muebles, los adornos y el carro último modelo, además de la manera elegante de vestir, eran señales inequívocas de prosperidad. A pesar de todo, eran gente sencilla, de trato agradable, al menos con nosotros. Varias veces mi amigo contó apasionadamente lo que había visto y hecho en Disney World y otros lugares. Tenía una vastedad de fotografías y videos para confirmarlo. Eran asiduos viajeros para el exterior, sobre todo en las vacaciones de agosto, y eso le abría a mi amigo un universo de conocimientos. Yo, lo confieso sin resentimiento, ni siquiera había puesto un pie en la capital del país y los aviones sólo los había visto en fotos o en películas.

Para la navidad de ese año le había pedido al Niño Jesús unos patines que desde el mes de octubre promocionaban en la televisión. Apenas los vi, no tuve dudas: ese era un regalo hecho a mi medida. Escribí la respectiva carta solicitándolos y, como en años anteriores, esa vez también fui complacido. Recuerdo claramente cuando desperté y a un lado de la cama estaba la caja forrada con papel regalo de color azul; la complementaba un vistoso lazo rojo y una tarjeta con la inscripción: Feliz Navidad, Pablito. Al abrirla y comprobar su contenido, contuve un grito de alegría para no despertar a mis hermanos, quienes dormían en una habitación contigua.

Como todo niño feliz y satisfecho, salí del cuarto sin demora y extraje el par de relucientes patines importados; de inmediato mi nariz fue invadida por el inconfundible olor a nuevo. Me asomé al dormitorio de mis padres: aún descansaban con la absoluta serenidad ocasionada por el licor. Dejé que permanecieran acostados. Como ya los sabía usar, me calcé los patines, abrí sigilosamente la puerta de la casa y comencé a patinar, primero a baja velocidad para luego ir aumentando el ritmo progresivamente, sintiendo en el rostro la frescura de la brisa. La mañana era muy joven: apenas las siete. La calle estaba solitaria; no había amenaza de carros cercanos. Dos vecinos, menores que yo, ante la mirada atenta de sus dichosos padres o abuelos, también jugaban en la acera con sus regalos: una bicicleta y una muñeca imitación de Barbie.

Esa tarde recibí en la casa la esperada visita de Andrés. Llevó sólo uno de los tres regalos que amanecieron junto a su árbol navideño: un reloj de pulsera que al apretarle un botón iluminaba de azul la esfera. Aunque no recuerdo la marca, se trataba de un estupendo y bello regalo. Durante esos años, yo no estaba pendiente del valor material de las cosas pero, sin duda, debía ser costoso. Los otros dos eran una bicicleta de carrera y un televisor para su cuarto.

La cantidad de regalos me desconcertó. ¿Era posible llevarle tantos juguetes a una sola persona? Me lo preguntaba seriamente, porque papá insistía todos los años (como si fuera algo fácil de olvidar) en la obligación de no pedir mas de uno, porque un número mayor sería imposible de ser trasladado por un ser tan pequeño y tan frágil como el Niño Jesús; que debíamos tener consideración, humildad y pensar también en los juguetes de los otros niños. Según él, definitivamente, lo más importante no era la suma de obsequios, sino la alegría y los agradables momentos que ese único regalo nos iba a proporcionar. Andrés destacó la calidad de mis patines, luego de usarlos durante algunos minutos. Confesó haber tenido unos similares hace un par de años.

Cuando no soporté más la incertidumbre y le pregunté a mi amigo cómo había hecho para que el Niño Jesús le trajera tantos regalos a la vez, se quedó observándome fijamente durante unos largos segundos, horrorizado, como si estuviese mirando a una pareja de extraterrestres haciendo el amor, y pregunto:

—- ¿Todavía tú crees en ese cuento del Niño Jesús?

No estaba preparado para responder una pregunta de semejante magnitud. Aquello rebasaba ampliamente mi capacidad de entendimiento. La confusión era absoluta. ¿Cuento del Niño Jesús? Jamás pensé que su existencia pudiera generar dudas; mucho menos ser concebido como una vulgar ficción. Para mí, el Niño Jesús era tan verídico como el día y la noche; como la sed y el hambre. Era más súper héroe que Superman, Batman o el Capitán América juntos.

En vista del silencio y de la contrariedad que seguramente expresaba mi rostro, Andrés volvió a tomar la palabra.

—- Ya yo no creo en eso. Mi papá me contó la verdad el año pasado. ¿Quieres saberla? ¡Quien trae los regalos es Santa Claus!

La desconcertante confesión me dejó inmóvil en la silla, era como si súbitamente me hubiera enterado de la muerte de un familiar muy querido. Me costaba aceptar que aquello estuviese ocurriendo realmente y no fuera una pesadilla. Había visto a Santa Claus en las propagandas de Coca-Cola en la televisión y en determinadas vallas publicitarias; también a hombres disfrazados como él frente a algunos negocios en los centros comerciales y hasta en los semáforos vendiendo o promocionando ciertos productos, pero jamás me lo hubiera imaginado repartiendo juguetes casa por casa. Para mí, el hombre obeso, vestido de una manera insólita para el permanente calor de nuestra región y con amplia barba blanca, carecía de significado espiritual; siempre lo había considerado como una tosca publicidad más de los días navideños.

Apenas Andrés se marchó (lo estaba despidiendo con el pensamiento) fui corriendo hasta donde se encontraba mi padre, contándole de inmediato lo sucedido. Me escuchó con desconcierto; apartó la mirada vidriosa del televisor, le bajó el volumen y guardó silencio durante algunos segundos que parecían horas; tal vez estaba buscando las palabras adecuadas para responderme; luego su reacción alcanzó niveles insospechados, como si se hubiese enterado de la infidelidad de mi madre. Todo indicaba que no era el mejor momento para preguntárselo o mejor lo hubiese consultado primero con un tío o un maestro.

Mi padre consideraba a Santa Claus – y así lo gritó vivamente- como un viejo sádico; como un depravado pederasta disfrazado de anciano bromista y bondadoso que tenía por costumbre sentar a los niños en sus piernas expresamente para masturbarse y complacer sus bajos, cochinos instintos; jamás podría ser comparado con la inocencia y la santidad representada en el  Niño Jesús.

En ese momento no comprendí algunas de sus palabras; sentí como si le hablaba a una persona ausente, a un espectro y no a mí. De repente su cara enrojeció y noté su dificultad para hablar, las palabras se ahogaban en su boca. Permanecí inmóvil observándolo, sentí ganas de gritar, pero algo no lo permitió. Mi madre y mis hermanos, de manera fortuita, llegaron en su auxilio llevándolo de inmediato al hospital. Ver a papá con un enojo de tal magnitud fue algo muy desagradable y me llevó a tomar una decisión. No deseaba hacerlo sentir mal, verlo sufrir por culpa mía. Además, no me había caído en gracia eso de que Santa Claus era quien repartía los regalos. La seguridad en las palabras de Andrés hizo que yo dudara y no quería que él tuviera razón.

A partir de ese acontecimiento, la amistad con Andrés empezó a enfriarse progresivamente hasta quedar congelada para siempre. No hubo necesidad de peleas, discusiones ni reclamos. Era evidente que pertenecíamos a mundos demasiado diferentes, aunque todavía no teníamos la suficiente conciencia para saberlo y aceptarlo. No había odio ni rencor, al menos yo no lo sentía de esa manera.

Nunca dejamos de saludarnos con afecto o de jugar y conversar en la escuela; ocasionalmente compartimos un refresco o un dulce en los recreos. Dejé de invitarlo para la casa y él también hizo lo mismo. Al parecer, ambos deseábamos igual desenlace y sólo faltaba que alguien tomara la iniciativa. No hablamos de nuevo sobre la navidad, el Niño Jesús o Santa Claus. Luego, en la escuela hicimos nuevas amistades. Por primera vez una linda niña morena, algo rellenita, de cabellos y ojos castaños y con una sonrisa permanente, había conquistado casi por completo mi atención y eso, creo, marcó el alejamiento, la ruptura definitiva.

Mi padre nunca más preguntó por él, dándome a entender con ese silencio, que ya no le parecía bien nuestra amistad. Andrés había perdido su aureola sagrada o mágica. A pesar de todo, siempre lo consideré mi primer gran amigo y así quedará escrito en mi historia. Le agradezco muchos momentos de felicidad. Debido a este acontecimiento, no volví a llevar amigos para la casa hasta después de cumplir los dieciséis años.

A los hermanos mayores, les corresponderá enfrentar primero situaciones que luego nos tocará a los menores; esto es una ventaja y de cierta manera permite prepararnos mejor, aprender de sus aciertos y equivocaciones. Cuando cumplí diez años, mis hermanos finalmente me revelaron la verdad sobre el regalo que todos los veinticinco de diciembre aparecía al lado de nuestras camas. Desde hace tiempo lo sabían, pero esperaban un poco más de madurez de mi parte para ponerme al tanto.

Los escuché atentamente y no sin sorpresa. Mi pensamiento retrocedió hasta recordar nuevamente a Andrés y su terrible confidencia, pero mi reacción esta vez no alcanzó la misma proporción de ese día. Entristecí, también lloré lágrimas escondidas. Había llegado el infausto momento de dejar al Niño Jesús en el pasado. Pero también, no puedo negarlo, fue motivo de inmensa satisfacción enterarme de que ese mérito tampoco pertenecía al obeso de Santa Claus. Lo cierto es que a partir de ese año, los días navideños perdieron a uno de los principales motivos de alegría.

Debo hacer una confesión: ya he superado los cuarenta años de edad, sin embargo, mi primera reacción cuando despierto los veinticinco de diciembre, es buscar al lado de la cama, sin que mi esposa lo advierta, un improbable regalo del Niño Jesús.

 

 

 

 

 

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