La pira / Foto: archivo.

Un cronista del siglo XVI venezolano,  Juan de Pimentel, en la Relación de Nuestra Señora de Caraballeda y Santiago de León (1578), a propósito de la conquista  del valle de Caracas, cuenta:

«Los colonizadores españoles, no pudiendo combatir a una tribu, la rodearon, no permitiéndoles salir a buscar alimentos, ni de caza, ni de pesca, esperando que murieran de hambre, pero después de un mes, los indígenas seguían lanzándoles flechas».  A los conquistadores no les quedó más remedio que retirarse sin lograr la victoria, hasta que se enteraron de que el secreto de la fuerza y resistencia aborigen radicaba en la “hierba Caracas, un alimento medicinal”. Entonces, mandaron acabar con la hierba milagrosa. Sólo tras la eliminación de la planta, pudieron someter a los indígenas.

Con el tiempo a la “Hierba Caracas”, también llamada Pira o Bledo,  se la llamó vulgarmente “monte” y sustituyeron sus beneficios con el trigo traído de otras latitudes.  No sólo hubo una colonización física y territorial, sino que también colonizaron nuestra valoración de algo tan nuestro como el territorio.  Es una muestra más de la “colonización del pensamiento” que todavía pervive en muchos de nosotros, a pesar de haber dejado de ser colonia política desde hace casi doscientos años.

Esta planta tiene mucho que enseñarnos: Aguanta los veranos más desoladores  y las podas indolentes de las rotativas. Cual ave Fénix,  se levanta de sus cenizas,  renace lozana y frondosa al poco tiempo de ser cortada. ¿Su secreto? Unas raíces bien hundidas,  protegidas del sol y las malas intenciones, además de asegurar un suministro mínimo de humedad que la sostenga en los peores días. Su testimonio sigue hablándonos de cómo salir airosos de los peores ataques , cómo ser resilientes, cómo resistir y seguir ofreciendo lo mejor de nuestras culturas ancestrales:  aferrarnos a nuestras milenarias raíces, proteger ese legado, escarbar en èl, estudiarlo, rumiarlo, saborearlo y alimentarnos de él para continuar haciendo frente a los retos del presente.  Aprender, preservar  y/o  acrecentar el conocimiento  de nuestras  lenguas y mitos  aborígenes es la llave de entrada a esa fuente de supervivencia.

500 años después,  la Pira o hierba Caracas no solamente  logró sobrevivir al malvado exterminio sino que todavía vive, renace y  se renueva tras cada poda inconsciente. Cada vez que una pira se cuela entre el cemento y el asfalto, pareciera la venganza burlona de los espíritus de nuestros antepasados, como diciendo a coro con el  Popol Vuh:

“Arrancaron nuestros frutos, cortaron nuestras ramas, quemaron nuestro tronco, pero no pudieron matar nuestras raíces”

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