Foto: archivo.

Eran las 12 del mediodía, apenas comenzaba mayo. La humedad del ambiente, tras las primeras lluvias, hacía la espera más prolongada en un local de venta de verduras de la calle Petión de Tucupita.

El espacio era pequeño, oscuro y con mucho calor húmedo dentro de él. La gente pasaba por el frente, y tan pronto podían conocer el precio etiquetado de las frutas, y demás vegetales, se marchaban. Tal vez por sus altos costes o simplemente no les interesaba llevar nada.

Norberto Jiménez entró al pequeño puesto y apartó un cupo, donde quedó de séptimo. Un ventilador viejo, oxidado y lleno de telarañas en un rincón, le advirtió que debía prepararse para un prolongado tiempo acalorado.

En arreglos de madera, las cuatro paredes estaban repletas de cebollas, piñas, pimentones, mandarinas y plátanos. Lo único fresco en ese sitio era el olor mixto de todo lo que estaba en venta.

La cola avanzaba lentamente en medio de las caídas de la linea en el punto de venta y “los saldos insuficientes”.

El propietario de la verdulería estaba al mando del aparato del punto de venta, pero de vez en cuando estiraba su cuello para evitar algún intento de robo. Sobre todo seguía de cerca a Norberto, un chico de 21 años de edad y de piel oscura. Tras él, una señora con bastante masa corporal se abanicaba con sus propias manos. La cola no avanzó más, pero sí el calor.

Una mujer de unos 40 años de edad y a quien una chica más joven se había dirigido a ella como, profesora, intentaba pagar un pedazo de patilla y un plátano amarillo.

Ella sacó una tarjeta del Banco de Venezuela para saldar 7.500 Bs, pero cuando finalmente salió impreso el papel de compra desde el aparato de punto de venta, resultó tener un “saldo insuficiente”. Pero ahora había tomado una tarjeta del Banco Bicentenario.

  • Prueba con esta a ver si pasa, dijo la que posiblemente era una docente.

Quien cobraba intentó esta vez con la nueva cuenta, pero la cantidad monetaria volvió a ser insuficiente. La señora solo dejó a un lado lo que intentó adquirir, retorció su boca por unos segundos, agachó la cabeza y se marchó.

Un silencio repentino en el local acompañó la retirada de la fémina.

El dueño de aquel pequeño negocio comenzaba a incomodarse. Estaba sudando, parecía estar  perdiendo la paciencia. Él era gordo, catire, aunque un poco retocado por el sol y su rostro se ocultaba tras un “candado” entre barba y bigote.

Un siguiente usuario compró un plátano con una tarjeta del Banco de Venezuela, más un sobre de onoto con otra del Banco del Tesoro. Allí el propietario, aunque incómodo, malhumorado  y con el entrecejo arrugado, se aferraba a lo poco que podían comprar sus clientes.

Era la una de la tarde, todos querían ir a casa, de eso, todos estaban seguros, pero no de lo que podían tener en sus cuentas bancarias. La mayoría cargaban en sus manos uno, dos, o como mucho tres plátanos, para lo que de pronto sería el almuerzo del día.

Esta vez, una chica con uniforme de la Unefa está intentando “pasar su tarjeta” por un plátano verde. Ella sonríe, sonríe como pocas personas. Intenta apaciguar los ánimos del dueño que ya no podía simular su molestia, su rostro hablaba por sí solo.

  • Cédula (…) tipo de cuenta… clave… Chica, no pasó; saldo insuficiente, dijo el dueño del local.
  • Por favor intenta nuevamente, insistió la joven, quien ya había dejado el plátano sobre la mesa. ¿Esperaba esta vez un milagro? Aguardó por unos segundos y ya obtuvo respuesta:
  • Es que no tienes dinero, ya no lo intentes, dijo en tono de voz relativamente elevado el propietario.

Hubo un nuevo silencio en el local, mientras unas cuatro personas, quienes estaban en cola, regresaron las frutas, verduras, y decidieron salir del local. Norberto Jiménez también.

La solidaridad en tiempos difíciles fue demostrada de esa manera.

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