Sara Mata de Arismendi (+): “todas esas mujeres que dieron la pelea, las llevo en mi corazón”

I

Erase una vez una Tucupita, sometida a la férrea voluntad de caudillas y caudillos.

Personas que al amparo del carácter constitucional de territorio federal, atribuido al Delta Amacuro, ejercían un poder omnímodo, sin filtros ni escalones, que los situaba a las mismas puertas de la presidencia del país.

Dirigentes políticos designados a dedo, que rendían cuentas –casi- única y exclusivamente a quien los designó, valga la redundancia, dedocráticamente, con el único cortapisas del partido de Gobierno en la región.

Realidad indiscutible que hacía de la organización política el contrapeso perfecto del ejercicio del poder, imponiéndose incluso en territorios como el nuestro a la figura del gobernador, ya que este ultimo emergía de las filas del partido.

En nuestro Delta de antaño, parafraseando al “Rey Sol” de Francia, cabria decir “El Estado es el Partido y El Partido soy yo”; el partido y sus miembros en un país presidencialista, mandaban sobre nosotros, así funcionábamos.

Solo se interponía el influjo de Monagas, que desde siempre, por ser cuna de adecos prominentes, tan caudillos como los nuestros, nos consideró su colonia, y por su cercanía. Hoy hemos sido justamente reivindicados por Yelitza Santaella; en algún momento quiso Dios, que el destino se volteara a nuestro favor.

No hablamos por cierto de tiempos pretéritos, cuya data podría ubicarse en los siglos XVII y XVIII, se trata de épocas más recientes, circunscritas a la segunda década del siglo XX.

El Dr. Abraham Gómez los conoció de cerca y de lejos, y tuvo el indudable acierto de entrevistar a la más representativa de esas figuras, la exsecretaria general de Acción Democrática, ya desaparecida físicamente, la imperecedera Sara Mata de Arismendi.

II

Mujeres en la historia contemporánea del Delta | Autor: Abraham Gómez R. | Edición y asesoria: Profa. Irayda Carrasquel |Iremujer Delta Amacuro | Tucupita, julio de 2008

Sara Mata de Arismendi

Históricamente, las mujeres han luchado por el legítimo y natural derecho a la equidad, a la autonomía, a la determinación de sus actos basados en su talento, producto de su formación y capacitación. Ello constituye la principal vía de movilidad social y de acceso a la ciudadanía formal. No caben dudas que ha habido extraordinarios e importantes avances, y se ha comprobado, sobradamente, que la educación recibida por las mujeres ha tenido efectos positivos sobre la reducción de la pobreza, el descenso de la mortalidad materno-infantil y la ampliación del acceso de ellas al mundo laboral y político.

La verdadera razón por la que las mujeres deben involucrarse en política en todos los niveles no es para imitar a los hombres si no para traer a colación una singular perspectiva femenina en los procesos de toma de decisiones. No podemos decir, tampoco, que la mujer ha carecido absolutamente de poder, sino más bien que su situación social expresa poco poder y que el que ostenta se da dentro de limitaciones sociales muy rígidas. Las mujeres están obligadas a defender con más vigor y empeño las iniciativas de la emancipación. Ante lo cual hay que preguntarse si la lucha cuantitativa a favor de una mayor presencia numérica de mujeres es suficiente y satisfactoria.

A propósito de lo antes expuesto. En su hermosa obra “una habitación propia”, apreciamos muy oportuno el pensamiento de Virginia Woolf, con el cual discurre de modo exquisito “….si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar en común….si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, si no que estamos solas y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad…entonces llegara la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrara el cuerpo de que tan a menudo se ha despojado….”

Que grata recordación aún conserva la población deltana y buena parte del país, de la tenaz proyección política y social de la señora Sara Mata Cabral. Quien hizo del respeto a todas las corrientes ideológicas un valor innegociable; no obstante, su definida posición, filosófica, doctrinaria y política. Ella le confirió suficiente fortaleza a la pluralidad de ideas, a la amplitud necesaria en un sistema democrático, por tal motivo mantuvo la unidad inquebrantable en los objetivos trazados y en la cohesión de quienes creyeron en la palabra preferida, que aleccionaba, desde la tribuna. Sin mezquindades se involucró en la consecución de tantas obras trascendentales para su tierra. Tiene esta noble mujer, oriunda de Manamito, una inacabable condición humana, como una impronta para las causas reivindicadoras de las mujeres, pero sin exclusiones de nadie. Jamás se envaneció con las distintas y muy serias responsabilidades políticas o parlamentarias, al contrario, sus desvelos y ocupaciones apuntaban al servicio comunitario.

La señora Sara Mata Cabral de Arismendi, de su puño y letra, nos ha entregado un precioso escrito para que lo difundamos, en carácter testimoniante en este texto, del inmenso amor que conserva por su Delta nativo. Esta breve y sintética narrativa nos desvela una vida plena de búsquedas del bien común, de dulzura y solidaridad, de esfuerzo, tesón y rigor cuando hubo lugar y lo requirieron las circunstancias; y esperanzas indoblegables para asumir concientemente que los cambios por ella impulsada, en su condición de mujer, en aquellos momentos duros, han dado sus frutos.

“Todas esas mujeres que dieron la pelea, las llevo en mi corazón”

Cuando me plantearon hacer un libro de las mujeres que se habían destacado en el Delta, solo pensé en sintetizar algunos aspectos de mi vida.

Nací en Santa María de Manamito, en el año 1942. Fueron mis padres, Don Fabriciano Mata Verde, margariteño, agricultor del cacao, café y estupendo compositor y poeta.

Mi madre, Doña Guillermina Cabral de Mata, de oficios del hogar y para nosotros sus hijos le decíamos “mamina”.

De esa unión nacieron, cinco hembras y tres varones, en este orden: Matilde, Ana (lamentablemente muerta), Sara, Circe, Aníbal, Vestalida, Cesar y Rubén Mata Cabral.

Curse mis dos primeros grados en Manamito teniendo como maestros a Eubencio Tirado y Maximiliano de Fermín. Luego me trasladan a San Rafael, allí continúe hasta el cuarto (4to) grado, bajo el cuidado de Doña Roselia de Ordaz. Tiempo después fui trasladada a Tucupita donde terminé mis estudios de primaria en el grupo escolar Petión, allí estuve al cuidado de Doña Juanita del Sotillo y la señorita Rosita Marcano.

Después ingresé en el colegio Sagrada Familia y empecé el primer año de secundaria, mención normalista y al segundo año fui trasladada a Maturín al colegio Santo Ángel donde continúe mis estudios.

Tiempo después contraje matrimonio con el Lic. Luis Fernando Aranguren, gobernador para la época del entonces territorio federal Delta Amacuro, fue nombrado como Cónsul general de Primera clase de Venezuela en Guyana, me convertí en la Consulesa más joven del cuerpo diplomático en ese país manteniendo una vida social muy activa. Allí nacen mis dos hijos Camilo Ashok y Dariella Indira Aranguren Mata.

También me toca vivir una difícil situación cuando Venezuela reclama el territorio Esequibo y toma la Isla de Anacoco, las reacciones no se hicieron esperar, las turbas queman por primera vez la bandera de Venezuela. Gracias a las buenas relaciones diplomáticas la situación fue más tolerante.

Allí participe en campañas contra el cáncer y de los ancianos en estado de abandono. Mi esposo Luis Fernando Aranguren Cabral gestiona y logra crear una escuela para la enseñanza del español, allí lo apoye participando activamente. Contando con los dos valiosos profesores; el profesor José Olarde y la profesora Yolanda Rangel.  Por tantas presiones mi esposo sufre un derrame cerebral. Estalla una huelga general en el país. Los alimentos se racionan y se cancela el tráfico aéreo. Era necesario trasladarlo a Venezuela y empiezan las gestiones diplomáticas para tal efecto y permiten que el avión aterrice a todo riesgo. El gobierno de Venezuela envió un avión con un equipo médico. Despegamos del aeropuerto de Guyana y tardamos dos horas y media (2:30), para mí fue un siglo. Viendo a mi esposo sumamente grave, aterrizamos en el aeropuerto de la Carlota y fue ingresado en el centro médico de Caracas, donde le salvaron la vida. Agradezco a tantas personas, como médicos, enfermeras y especialmente al extinto presidente Raúl Leoni. Mi esposo pasó dos años en recuperación y luego lo nombran Cónsul general de primera clase de Venezuela en Puerto Rico.

Allí fui activa en el cuerpo diplomático. Tuve una actuación social muy importante. Luego mi esposo Luis Fernando enfermó nuevamente, regresamos a Venezuela; cuando asume la presidencia Rafael Caldera. Allí empieza mi participación directa en la política. Luis Fernando decide vivir en Caracas y yo me quede en Tucupita.

Regrese del exterior con mucho vigor y entusiasmo, me comprometo con el despertar de la mujer deltana. En esa difícil tarea me acompañan un grupo de mujeres valiosísimas de todos los estratos sociales y un grupo muy importante de hombres (jóvenes, obreros, etc.) para entonces el machismo era un poder y empezamos a concientizar a las mujeres y hombres en todos los departamentos: Tucupita, Pedernales, Rómulo Gallegos, Antonio Díaz. Un porcentaje bastante elevado, por el orden de 90% respondió favorablemente y por primera vez las mujeres dan la pelea. Logramos elegir la primera mujer secretaria general de un partido político y la participación de 6 más en el comité ejecutivo nacional. Fui la primera secretaria general en Venezuela de un partido político; todas esas mujeres que dieron la pelea, las llevo en mi corazón. No puedo nombrar una por que son tantas que corro el riesgo de olvidar un nombre valioso y espero antes de partir al más allá tener la oportunidad de hacerles un reconocimiento. Todas viven en mi corazón.

También logramos que los cuatros (4) departamentos o municipios me postularan para encabezar las planchas de diputada al congreso nacional.

En efecto fui postulada por tres periodos consecutivos. Así me convierto en la primera mujer diputada de un estado.

Sintetizando puedo decir que fui el motor, que, junto a todos los partidos políticos representados en el congreso, los gremios y la sociedad civil organizada, que al fin logramos elevar el anterior territorio federal Delta Amacuro a la categoría de estado, con ellos logramos mayor presupuesto y mayor representación en el congreso.

También siento la satisfacción de haber sido parte importante en la creación del instituto universitario Delfín Mendoza junto al gobernador Gómez Rosas, el profesor Abraham Gómez y otros tantos. Son tantos que es muy difícil nombrarlos a todos. Todavía guardo las correspondencias y las actas de las gestiones con el Dr. Celestino Armas, para que nos ayudara a gestionar que las instalaciones de Lagoven pasaran para la planta física de dicha institución.

Merece capítulo aparte, la satisfacción de cuando veo a un grupo de mujeres del equipo de aquella época apoyando al gobierno regional a cargo de la Lic. Yelitza Santaella, una mujer valiosa por donde la busquen y de excelentes cualidades. Ella era de otra organización, pero al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios. Yo me siento orgullosa de tener una gobernadora de las cualidades que tiene ella, como pocas mujeres en el país.

Después de todas estas consideraciones puedo hacer énfasis en la afortunada que fui al casarme por segunda vez con un hombre de excelentes cualidades, honesto, trabajador, fue mi apoyo y mi refugio: Cleto Marcelino Arismendi Alfonzo, un joven sindicalista: quien después de su muerte dejo en mí su fe, el optimismo y siento que todavía me acompaña espiritualmente.

Hoy siento que fue muy duro, pero a la vez gratificante haber cumplido una misión junto a todas las mujeres de nuestros comandos jóvenes, deportistas, estudiantes y gran número de hombres. Quiero decirle a los deltanos que ahora estoy convaleciente de una difícil enfermedad, pero le pido a mi Dios que me permita volver al Delta. Con el espíritu de nuestro eslogan “unidad, amplitud y respeto a todos sin distingo de colores políticos”.

Los amos a todos y estarán para siempre en mi corazón, tantas mujeres y hombres de gran capacidad y honestidad. Toda mi formación se la debo al haber tenido un hogar bien constituido, unos padres ejemplares con principios sólidos y unos sentimientos arraigados al pueblo. Tuve una infancia feliz al lado de mis padres, hermanos, todos los amigos y vecinos que me rodearon.

De mi padre aprendí que hay que ser honesta, sincera y justa. Me dio un secreto: “que hay que escuchar las dos campanas”. No dejarse confundir con los halagos porque siempre están llenos de intereses ocultos.

Quisiera poder expresar todo lo que puedo enseñar de experiencias vividas, otro día será.

Los quiero de corazón. Sara.

 

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