Todas las ilustraciones son de Joine Ramos / Tanetanae.com.

Amaneció y no se oyeron las ollas con las que solían preparar desayuno en el refugio, ni los niños lloraban. No por esos días, en los que el hambre se dejó arrastrar río abajo, hasta inundar la Misión de Araguaimujo; allí donde Francisca Jiménez y sus cinco hijos, solamente escucharon el trinar de los pájaros, pero también el gruñir de sus estómagos vacíos.

Araguaimujo es una comunidad que fue fundada por los misioneros capuchinos españoles, en 1925. Previo al arribo de los religiosos, varias familias ya habían habitado un terreno en el que solo podía verse algunas casas construidas de bahareque. Todas ellas escondidas entre cañas silvestres y distanciadas entre sí. La creciente del río Orinoco ya hacía estragos en ese asentamiento que está justo en un punto intermedio, en el Delta Medio.

Francisca y sus hijos tuvieron que salir de su casa, porque, una noche de julio del año 2018, el cielo pareció vaciarse de agua en las cabeceras del río Orinoco.  Su caudal estuvo pronto en el delta, en los caños… En Araguaimujo.

No había tiempo que perder. El caño ya había rebasado los barrancos de aquel pueblo. Para Francisca, era una inundación anual más, pero no una que seguiría manifestándose en sus ojos, cuando miraba a sus hijos llorar de hambre.

Caminó con el agua que le llagaba a sus pantorrillas, hasta la casa de “Pedro el policía”- río arriba- y solicitó ayuda para llevar lo más rápido posible, un par de camas, bolsos, sus ollas y chinchorros. Él aceptó y puso a disposición la embarcación; una que, después, se quedaría sin motor fuera de borda. Era el único transporte.

Francisca y sus hijos dejaron su casa inundada, oscura, desolada. Apenas podía escucharse el chorro de la corriente de agua que seguía entrando a su hogar, cuando se alejaban.

En un terreno cerca de Araguaimujo, está la Misión. Un espacio donde los sacerdotes capuchinos llevaron  a cabo un relleno con dragas, para evitar inundaciones.  Allí construyeron una escuela, un dispensario médico, la iglesia, y su residencia. Era la única parte no inundada, y hasta allá fue Francisca, su familia y otros vecinos. Todos huían de la inundación.

Atrás dejaron casas devastadas, sembradíos, aves de corral ahogadas y otros enseres que fueron arrastrados por el río.

Algunas familias se instalaron en la escuela, pero otras, en la casa de los sacerdotes; mientras Francisca, en la residencia de las monjas, desde donde convivirían bajo un rosario de problemas, en medio que plegarias que buscaban acabar con el sufrimiento.

Francisca Jiménez tiene 49 años de edad, es docente en la escuela de Araguaimujo. Tiene cinco hijos, solo uno de ellos es mayor de edad,  ese quien ayudaría a ser más llevadero los días en los que, ya no tuvieron fuerzas para levantarse de sus chinchorros, ni de sus camas.

Pronto se agotó la despensa de comida. La de ellos y las que, tras dos meses de espera, llevó la gobernadora Lizeta Hernández, a través de los Clap. Pero la alegría duraría poco, ya el hambre estaba a las puertas del refugio.

Amaneció y no se oyeron las ollas con las que solían preparar desayuno en el refugio, ni los niños lloraban.

  • Mamá, tengo hambre, le dijo a Francisca, la menor de sus hermanos. Ella sintió un tirón en el pecho, y rápido se deshizo de un nudo en su garganta. No podía ser débil, no en ese momento.
  • Tu papá traerá comida, respondió impotente la mamá, queriendo suavizar una falsa esperanza.
  • ¡Sí, y mi papá viene hoy de Tucupita?
  • Sí, debe llegar esta noche, le mintió… Le mintió antes de salir a buscar comida donde sea, y como sea.

Francisca salió rápido del refugio y caminó hacia la parte trasera de la Misión, allá donde todas las madrugadas – bajo una mata de mango y otras de guayaba- las madres intentan tomar las primeras frutas. A veces se disputan por un solo mango o una guayaba. Pero esta vez ya no queda mucho.

Eran las 7 de la mañana. No quedaba nada, no en el suelo. Apenas en la copa de una rama, allá, donde apenas alcanzaba su vista, vio un par de mangos. De pronto, los últimos de la temporada.

Su hijo mayor de edad había ido a pescar, o a intentar hacerlo, porque, en medio de un agua turbia de la temporada, los pescados migran río abajo.

Con sus 49 años de edad  a cuestas, y sus hijos esperándola con hambre, la desesperada Francisca decidió trepar el árbol de mango. No había montado una mata desde sus 22 años de edad, pero esta vez la obligaron.

Se ajustó un “mono” deportivo, tomó una de las primeras ramas. Y aunque sus huesos le dolieron,  solo pensó en sus hijos.

Avanzó por la segunda, tercera rama de mango, y ya estuvo cerca de alcanzar las frutas. Desde el suelo, previamente ya había intentado tumbarlos con una vara, con palos y piedras, pero no tuvo éxito.

¿Habrá sido aquella una buena decisión, esa que ponía en riesgo la vida de Francisca- y en el fondo- la de sus hijos? Ella se había detenido en algún punto de la mata para descansar.

Pero pronto tuvo los mangos en sus manos, los arrancó y los tiró al suelo. Francisca respiró profundo, estaba cansada y temió marearse mientras estuvo arriba, pero logró bajar.

Ella y sus hijos, formaban parte de las 20 personas que aún  permanecían en el refugio de Araguaimujo. El resto ya había partido a Tucupita en canoas, en un viaje que les demoró dos días. Ya no había ni un motor en esa comunidad, pero todos escapaban del hambre en curiara y a canalete.

Los últimos días de Francisca y sus hijos- en el refugio-  transcurrieron en cama. Pocos hablaban, ya no tuvieron fuerzas, solo rogaban a Dios que todo terminara pronto. Y aunque hubiesen querido zarpar en curiara y canalete hasta Tucupita, aún no estuvo disponible una canoa… Aunque ese día llegó.

A las dos de la madrugada del 12 de junio del año 2019, con un bolso tricolor donde llevaban sus pocas ropas, se embarcaron en una curiara donde apenas pudieron ocuparla. Estaba llena de gente. Nadie quería quedarse.

Son las tres de la mañana. Está haciendo frío, todos ya están dentro de la embarcación y arropados con sábanas viejas. El motor de 40 HP enciende y la curiara pronto comienza a dejar atrás el refugio. Apenas ven- allá en el lejano puerto- un mechurrio que pertenece a quienes no lograron embarcarse, deberán aguardar- aislados- por un rescate.

Tal vez algún día Francisca vuelva por sus cosas, pero lo hará cuando ya no haya hambre.

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