Desde los años 60, los últimos antes de que se produjera el cierre del caño Manamo, no circulaban naves del tipo comercial con destino a la franja oceánica que nos separa del vecino país.

Las de data reciente, sin el calado de un ferry o de un crucero, vienen cumpliendo cabalmente su rol de puentes hacia destinos internacionales al punto de que ya son cinco las empresas que realizan el recorrido.

La actividad se ejecuta sin riesgos, lo que ha hecho que durante los últimos cinco años, periodo de operatividad de las navieras, no se hayan producido accidentes.

Lastimosamente por parte del estado abundan las regulaciones y trabas que hace que muchos tiren la toalla, desestimando y afectando un enorme esfuerzo empresarial.

A mediano plazo es factible que se amplíen las rutas llegando no tan solo a Trinidad sino a otras islas del Caribe, con enorme potencial turístico.

Los deltanos van mostrando su casta de emprendedores, abriendo rutas y caminos para los viajeros y migrantes del país y de naciones vecinas como Colombia y Brasil.

A pulmón de la iniciativa privada se abre un horizonte promisorio para el Delta, motorizando nuestra economía.

El espíritu laborioso y voluntarioso que se nos atribuye va mostrando su faz llevándonos a liderar un promisorio mercado, que pudiera revertir nuestra situación de ruta para la salida de mercancías transformándonos en obligada puerta de entrada a la nación.

La merma en los ingresos petroleros despierta nuestro genio inventor y activa la adormecida creatividad, para muestra el botón de las navieras y su auge en el estado.

Si así llueve que no escampe.

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