Tucupita, un lunes más

Apenas un kilo de arroz, unos trozos de palos de yuca, o pequeños pedazos de carne en manos, forma parte de un desolador panorama público y notorio en Tucupita. Es el espejo de la crisis venezolana.

Un hombre sale  de una charcutería de la calle Bolívar con un pedacito de carne roja. Le ha costado 14 mil Bs. Es tan pequeño, que puede guardarlo en uno de los bolsillos de su descosido y decolorado pantalón. Él es de piel clara, delgado, ¿tendrá unos 47 años? Posiblemente sus preocupaciones hayan sumado a su calvicie. Tiene ojeras, suspira y camina.

Al fondo, en la misma calle Bolívar de Tucupita, un hombre descamisado y en short, se arrodilla mientras chupa el tubo de una bomba, pero todo apunta a que no hay agua. Apaga el equipo, se pasa la mano por la cara y se adentra a casa.

En la calle Tucupita, una mujer cruza rápidamente hacia la estación de autobuses de nombre “miniterminal”, pero no logra entrar en un repleto transporte público. Ella intenta  detener el llanto de su hijo en brazos que ha comenzado a llorar: él, delgado y de pelo rojizo amarillento.

En la plaza Bolívar, varias personas se sientan cansadas y sudorosas. A sus lados, en los asientos de concreto, la mayoría posee comida en pequeñas cantidades: sardinas y yucas, apenas un kilo de arroz o un paquete de harina. Cerca de ellos se oye gritar, ¡popeyo, popeyo!; varios vendedores se esfuerzan, aunque sin aparente éxito. Los  posibles clientes preguntan por el precio del helado, pero se niegan a comprar uno. “Prefiero pagar el pasaje”, dice una señora que posteriormente tuvo problemas para caminar.

Por el centro de Tucupita lo que se busca es comida, pero de las baratas. La mayoría camina con pedazos de yuca, sardinas  o un kilo de algún rubro empaquetado. Algunos abrazan estos productos, cuidando lo que posiblemente sea lo único que se llevarán al estómago ese día.

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