Septiembre 10, 2020

Solmari llegó a los 12 años de la mano de su mamá a estudiar 1° año de bachillerato en la Escuela Granja de la “Tierra del Agua”. Su madre se desempeñaba como enfermera auxiliar en un módulo de servicio de salud ambulatoria en una conocida urbanización de la capital deltana.

Realizados los trámites administrativos de rigor en la oficina de la dirección del plantel educativo y en medio de rostros compungidos y copiosas lágrimas, ambas –madre e hija– se abrazaron largo y apretadamente con la promesa de Solmari de “portarse bien” y no dar motivo de “quejas por indisciplina” a las autoridades encargadas de la Escuela Granja. Por su parte, la madre de Solmari le prometió regresar el último viernes de ese mes de octubre, siempre y cuando el Ministerio de Salud depositara el bono vacacional que anualmente le correspondía a la mamá de Solmari por su desempeño como personal paramédico en los servicios de prestación de salud de la administración pública.

Ese primer día de Solmari como estudiante bajo régimen de internado fue absolutamente nuevo y cargado de sorpresas impresionantes; la formación, cinco minutos después de sonar el timbre en el patio central de la escuela para ir al comedor. Filas de varones a la derecha y guardando una considerable distancia de tres metros, filas de hembras en completo silencio atentos todos a las instrucciones que daban los “maestros guías” correspondientes para cada actividad de formación.

En los dormitorios del anexo femenino las camas de las alumnas estaban organizadas y dispuestas en forma de literas y formaban una estricta hilera al estilo de dormitorio militar. Ese primer día de internado, al terminar de cenar todos subieron a la segunda planta del pequeño edificio a cepillarse los dientes y cambiarse la ropa porque la dirección de la escuela tenía previsto un programa cultural de recibimiento de los nuevos estudiantes para el nuevo año escolar; la hoja impresa del programa indicaba la proyección de una película, una obra de teatro, un recital de poesía y al final del acto cultural picarían una torta y repartirían refrescos y bolsitas plásticas con cotillones contentivas de caramelos, dulces y artículos escolares como lápices, borradores, sacapuntas y libretas y cuadernos. En la fiestecita que se hizo en la sala anexa al patio central, Solmari conoció a quien sería su compañera de litera. Ya sabía su nombre porque cuando Solmari fue a guardar sus enseres personales en el locker detalló su nombre en letras legibles escrito con marcador negro punta fina: Marisol, se leía en la hoja del locker al lado del de Solmari. No hizo caso de esa feliz coincidencia, al fin y al cabo se trataba de un simple nombre por lo demás bastante común.

—¡Hola! Mucho gusto, ¿tú debes ser Marisol, verdad?

—Hola, sí, mucho gusto… hasta que por fin nos conocemos; desde esta tarde estaba ansiosa por saber quién era la chica que me tocó en suerte para compartir la litera y el locker. Te imaginaba más alta y blanca, no sé por qué, de todos modos me caes bien y tienes una sonrisa muy bonita.

Al cabo de un rato, en medio de la música y del bullicio que reinaba en la sala de fiestas, ambas chicas habían fraguado una cálida complicidad amistosa y las dos reían con soltura y desparpajo de las adolescentes ocurrencias de los demás chicos asistentes a la fiesta de bienvenida.

—Háblame de ti, le dijo Solmari a Marisol. ¿De dónde eres? ¿Tus padres viven juntos? ¿Por qué te trajeron a estudiar aquí?

Con parsimonia y sin prisa, Marisol contestó cada pregunta de Solmari al tiempo que entre ellas se iba formando un clima psicológico de un dúo distinto y a la vez complementario. Al cabo de un buen rato la música hizo mutis. El director de la Escuela dijo una palabras de bienvenida y los maestros guías procedieron a picar la torta. Solmari y Marisol se ofrecieron a colaborar sirviendo los vasos con refrescos (Frescolita, Chinotto y Coca-Cola) sobre un largo mesón vestido con un mantel de color blanco. Finalizada la fiesta de bienvenida, todos se dirigieron a sus respectivos anexos que fungían como habitaciones. Para ser la primera noche compartiendo litera hablaron bastante y de todo; de la familia de ambas, de sus gustos y sus aspiraciones académicas que apenas se empezaban a perfilar en esta también recién inaugurada pasantía escolar por la Escuela Granja.

La edad –tierna edad de adolescencia fluvial– no era óbice para expresar los sentimientos que anidaban en las mentes y corazones de las dos chicas, fluían en torrentes de cascadas manifiestas en anécdotas personales y familiares y gracias a la prolijidad psicológica de ambas chicas fue naciendo rápidamente una singular familiaridad entre ambas.

Así fueron transcurriendo las semanas y meses y sobrevino la vacación de diciembre, dada la cual Solmari y Marisol debieron marchar a sus respectivos hogares con sus padres. No obstante la distancia geográfica, ambas chicas se seguían comunicando a diario por medio del chat de WhatsApp. Pese a las festividades decembrinas, Solmari no dejaba de leer libros de cuentos en formato digital, pues a pesar de su corta edad había adquirido el hábito de leer en casa de su madre enfermera donde siempre reinó un ambiente de lecturas y escucha de música de diverso género. Ese diciembre Marisol le envió a Solmari por correo electrónico un extraño y apasionante libro sobre los orígenes y revolución de los libros en la antigüedad en los pueblos y civilizaciones del próximo Oriente y de la antigüedad griega y romana.

Entre lecturas de prolijos y enjundiosos capítulos del libro titulado El infinito en un junco, los días de Navidad y Nochebuena y Año Nuevo se esfumaron como pompas de jabón en un abrir y cerrar de ojos y pronto las amigas y compañeras de estudio estaban nuevamente en el ansiado ambiente académico.

Ambas amigas estaban ostensiblemente nerviosas por la llegada de la fecha de inicio del nuevo año escolar, pues deseaban con fervor y urgencia verse para contarse y compartir las experiencias de sus lecturas decembrinas y especialmente hablar acerca de las menudencias y vicisitudes particulares que ambas habían percibido sobre el libro El infinito en…

https://www.elnacional.com/opinion/un-amor-perdido-entre-las-brumas-del-olvido/

 

 

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