Un médico ejemplar: a Simplicio Hernández en el Día del Galeno

Judith Suárez

A propósito de celebrarse un año más del natalicio del insigne médico venezolano Dr. José María Vargas, Padre de la Medicina en Venezuela, mi madre me escribe para felicitarme y comenzamos a hablar de un gran médico que nos acaba de dejar, un colega con quien compartí horas de quirófano en extenuantes cirugías, que realizaba como solo un cirujano de su talla solía hacer, con precisión y conocimiento. Nos unía el amor a los libros y pasábamos horas disertando sobre autores y libros, me pareció hermoso las emociones que aún después de haberse ido sigue despertando en las personas y quise plasmar las palabras de mi madre, con su permiso y licencia, las cuales reproduzco a continuación:

“Llegó un día al Delta, desde un lejano Puerto Cabello, hace varias décadas, podría decirse que lo trajo el Río Orinoco, venía a ocupar una plaza en el hospital del pueblo, sin saber que este lugar sería su destino definitivo. Llegó cargado de conocimientos, técnicas, ideas, e ilusiones, relataba que inicialmente no le preocupaba dónde llegaría sino el trabajo que venía a desempeñar. Fue recibido con afecto por la población, ya que por lo alejado y recóndito de su ubicación, en Delta Amacuro hacían falta muchos médicos en la localidad. Él era el nuevo médico, el nuevo cirujano, presto a auxiliar la población en calidad de cirujano general, (posteriormente cirujano urólogo), de esos años contaría luego que junto a otro insigne médico obstetra, cumplían las funciones de Anestesista ante la ausencia del recurso humano, cuando llegó sólo habían técnicos anestesistas.

Desde el comienzo se dedicó a lo que más le apasionaba: ¡ejercer su profesión!, en un lugar donde no habían todas las especialidades, valoraba pacientes pediátricos y adultos por igual, siempre carismático y respetuoso, se fue ganando el cariño y afecto de la población deltana, inspira respeto y admiración, fue muy querido por el personal del centro de salud, un afecto que siempre fue recíproco, llegando incluso a desarrollar amistades de muchos años, era común verlo detenerse en la calle así llevara prisa, a saludar a los amigos e interesarse por su salud y la de su familia. De personalidad sencilla y amigable, destaca su vocación y responsabilidad ante las exigencias y requerimientos de su trabajo, una de sus principales cualidades era la de siempre querer ayudar al prójimo, no menoscaba en tiempo.

Dentro de sus aficiones: la lectura, siempre fue un lector incansable, su amor por los gallos, eran habituales sus rutas dominicales a las galleras de Cocuina, Ceiba Mocha y la Horqueta, donde era ampliamente conocido; sus tertulias políticas con los amigos escritores locales y nacionales era otro de sus pasatiempos. Inmerso en la sociedad deltana, casó y consolidó un hogar, una familia con tres hijos que llegaron luego, los cuales educó con los mismos valores que le fueron legados a él por sus padres y sobre todo les inculcó el amor por la tierra que los vio nacer, que no era la de él, pero que llegó a adoptarlo como un hijo más, estaba escrito que ya no se iría del Delta del Orinoco. Conocía cada rincón de Delta Amacuro, por su condición de médico, trabajó en muchas comunidades, incluso llegó a trabajar ​ad honorem, también este conocimiento de la geografía se debía a otra carrera que desarrolló paralela a la Medicina, la Ganadería.

Fue conocido por sus crías de Búfalos de agua, amaba el campo y las labores propias de la finca, los sábados era frecuente verlo en ropa de trabajo, se quitaba así la imagen impoluta que mantenía de lunes a viernes, y se transformaba en un hombre de campo más. Si tenía alguna cirugía pendiente solía programarla muy temprano, porque ese era el día de ir al campo, a su Vuelta Triste, que de triste sólo el nombre porque era muy feliz allí. Gustaba de montar a caballo, de detenerse a conversar con los lugareños, visitar a alguno que otro enfermo, no era desconocido que nunca se negó a atender un paciente ya fuera de allí u otra comunidad, así fuese ese su día libre de la medicina. También era conocido que solía sacar de su bolsillo y cubrir los gastos de aquellos pacientes que no tenían solvencia económica, su generosidad y bondad eran infinitas. Creo era el único médico que salía feliz de una consulta abarrotada sin remuneración alguna en los bolsillos.

Le encantaban las tradiciones de pueblo, asiduo de las fiestas patronales, era común y popular su particular saludo: “Caballerito… ¿Cómo estas tu chico?” “¿Qué hay de tu vida?” o su “Bella dama, reciba usted mis saludos” en caso de tratarse de una fémina. Hoy lo extrañaremos y más en un día donde se conmemora lo que fue una de sus grandes pasiones: El ejercicio de la Medicina. Dr. Simplicio Hernandez, te recordaremos por tus bondades, talentos y actitudes, por tus servicios médicos prestados, que son tantos como infinitos los glóbulos rojos, serían muchas páginas para un libro, el cual con tantas anécdotas contadas por las personas que tuvieron la oportunidad de conocerte, sería muy pintoresco e interesante. Fuiste un médico ejemplar, nunca faltaste a una cirugía, siempre mostraste respeto y gratitud a tus pacientes y al personal que te acompañaba en las largas jornadas de trabajo, un corazón noble, sencillo y humilde. Hasta luego, Caballerito…” 

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