A un adolescente de 11 años de edad con apariencia de tener 15, inteligente, despierto y creativo, se le ocurrió diseñar un volador con hilo de cobre, con la certeza de que cortaría el aire con mayor facilidad y volaría mucho más alto.

Por desgracia, la aventura terminó pronto, ya que a tres o cuatro metros de elevación, se le cruzó una línea de alta tensión, tumbándolo largo a largo en la acera.

El hecho ocurrió en el sector Jerusalén II de Tucupita, en horas de la tarde del pasado miércoles. Nuestro intrépido protagonista violó la prohibición de volar papagayos impuesta por su madre, y se lanzó con un diseño propio y original a la calle.

El frágil y delgado hilo, hizo honor a su fama de buen conductor de la corriente eléctrica, y tan pronto tocó su par a nivel del poste, lanzó una fuerte descarga que impactó en la humanidad del muchacho.

Tirado en el suelo, con las manos como garrotes, el iris de los ojos ausente, blanca la mirada, hizo temer lo peor.

Por fortuna dos buenos ciudadanos, uno que iba pasando y lanzó su moto al suelo para socorrerlo, y el otro que prestó su camioneta para llevarlo raudo y veloz al hospital Dr. Luis Razetti. Ellos impidieron un daño mayor.

Al señor de la camioneta lo asustaron golpeándola a ambos lados los vecinos, pensando que había atropellado al convaleciente hasta que pudo aclarar que trataba de contribuir con los primeros auxilios.

El arribo al hospital fue igual de espectacular, con la rapidez que demandan estos casos, lo movieron a una cama hospitalaria, hasta que nuestro inventor o inventador, fue atendido y recuperó por completo su motricidad y conciencia.

Si bien recordaba todo cuanto sucedió, se encontraba en un estado nebuloso representativo del aturdimiento.

En Tucupita se afirmaba que había muerto, pero por fortuna la única huella latente de la enorme conmoción fue un pequeño agujero en la planta del pie que delató el conducto por el que brotó la corriente.

Un par de horas después, más relajado y bajo observación médica, con su señora madre cuidándolo y dando gracias a Dios por el milagro ocurrido, recordaba cada detalle del susto más grande de su vida, prometiéndole que nunca más la desobedecería y sería el último papagayo que volaría.

Bien alimentado, fuerte y de complexión robusta, rememoraba con pesar que aprovechó el momento en que la mamá se alistaba para ir al centro de Tucupita en su compañía, a comprarle unas bolitas de cacao para preparar la achocolatada que tanto le gusta, para salir a escondidas a elevar el artefacto que tanto pesar le causó.

En ese momento de introspección, se prometió a si mismo que nunca más inventaría nada que tuviera cobre y volara cerca de los cables, pensando en cambiar su accidentada vocación de ingeniero por una menos riesgosa y más a gusto de su mentora.

Así se hizo la noche profunda y lo invadió el sueño, sin saber que las promesas de los niños no perduran y que atesoró la primera de las historias que contará el resto de su vida.

 

Loading...