Foto: archivo.

Una figura en forma de mano de persona intentó empuñar su pierna derecha, pero el origen de esta aparición es lo que hasta el día de hoy sigue siendo un enigma. El tamaño y los cinco dedos eran inusuales.

José y Juan, dos hermanos waraos de 5 y 7 años de edad, se dispusieron a jugar al cazador de chigüire, que iban en una canoa en uno de los caños imaginarios que solo la infancia es capaz de construir y vivir. Todo esto pasaba de forma habitual en una pequeña casa originaria en la selva del estado Delta Amacuro.

Esta vivienda estaba destinada a usarse como cocina, una construcción de madera que estaba sin paredes.

Al lado, varios vecinos armaban el “jeko” – vocablo warao que significa fogón -, en una casa igual de descubierta y separada por una mata de mango. Apenas una vegetación sobresalía del fangoso terreno, típico de los caños del Delta del Orinoco.

Se escuchaban los chistes mañaneros y las risas de aquel auditorio improvisado. Ya olía a humo, mientras que varios vecinos tenían los pescados en las pailas. Mariana González, madre de los niños, se disponía a limpiar algunos objetos en aquel lugar descubierto.

El río tenía su nivel más bajo, no había agua debajo de aquella casa que, con la marea alta, quedaba sobre las aguas del caño Nabasanuka, una zona selvática que tuvo su auge en los años 90`s, pero que actualmente está decaída.

Todavía se veía en la orilla del río una canoa con varias redes abordo, el canalete (remo) húmedo por el reciente arribo, y algunos pescados blancos que después resultaron ser varias curbinatas.

Ya Saturnino Morales, padre de cinco hijos, había cortado el temiche para el asado, mientras que las leñas estaban apenas picándose. De pronto una brisa irrumpió en el lugar

Los dos niños seguían jugando, ambos estaban cerca. Uno de ellos estaba sobre una madera de tamaño considerable, con una forma similar a la de una curiarita.

En el piso había un hueco que el fuego había dejado, y muy cerca, una madera separada por algunos centímetros.

De forma repentina, una figura en forma de mano pero totalmente negra, salió de aquel hueco y trato de tomar la pierna del más pequeño. Su hermano mayor apenas tuvo tiempo de ver la aparición y salió corriendo. Aun cuando en medio de su desesperación,  este volvió por su hermanito; lo tomó por un  brazo y lo arrastró.

Los gritos de desesperación alarmaron a vecinos y familiares que acudieron en auxilio. Tras escuchar el relato, revisaron debajo de la casa, pero no consiguieron huella alguna.

Quien vio la forma de mano presentó una fiebre repentina. Su boca empezó a mostrarse deforme, fenómeno que los médicos explican como uno de los síntomas de un Accidente Cerebro Vascular, ACV, sin embargo, estaban en la selva y no había tiempo para estudios de salud.

Acudieron a la casa de Isaac Morales, abuelo de los niños, un reconocido maestro de las creencias religiosas indígenas.

Tocó la maraca durante varias horas sobre el pequeño cuerpo del niño, y sacó mediante rituales, lo que parecía un cabello perfectamente enrolado y con forma de huevo.

El niño tuvo una inmediata sanación misteriosa. Isaac explicó que se trató de un ataque de algún brujo que pudo estar viendo a sus nietos desde algún lugar cercano.

Con el paso del tiempo, el niño, ya hecho adulto, jura y perjura que lo que vio fue una mano negra, y que no fue fruto de su imaginación.

Nota del redactor: los nombres reales de los protagonistas han sido cambiados.

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