Uno de los panas serenateros de Gualberto Ibarreto es de Tucupita: Ángel Hernández

Gualberto es sinónimo de pueblo, ha difundido los géneros tradicionales del oriente venezolano como la Jota margariteña, la malagueña, el Galerón, el Polo margariteño y la gaita

Mario Valdez | El Universal

El viernes 15 de enero recibo una llamada de mi apreciado amigo Perucho Aguirre, compositor, cantante de música margariteña con su grupo musical “Collar de Perlas”, para darme el feliz año y el pésame por la muerte de mi hermano Ricardo. Le comento que esa mañana había hablado con Cruz el hijo de Gualberto Ibarreto, y me había dicho que su papá estaba en franca mejoría. Perucho me dice “Mario estoy muy preocupado por la salud de Gualberto, él es mi querido amigo y le he pedido a la Virgen del Valle que lo recupere pronto, necesitamos seguir cantándole a nuestros pueblos”.

La última vez que vi a Gualberto y compartí con él y su hijo el doctor Cruz Ibarreto, fue el 9 de noviembre de 2019, en un concierto privado para un grupo de amigos donde fui invitado junto a mi hermana María Amparo, en el restaurant Puerto de Palos propiedad de la doctora Claudia Díaz, en Lechería, estado Anzoátegui. Esa noche Gualberto, el artista, el cantante, interpretó con el corazón lo mejor de su repertorio con el acompañamiento en el cuatro de Héctor Medina, quien tiene un dominio técnico en el cuatro y una voz portentosa, recia, despunta como una gran promesa y ha llevado nuestra música más allá de las fronteras. Esa noche nuestro homenajeado, también recibió satisfacciones, afectos, todos pasamos por su mesa a saludarlo y a tomarse con él la fotografía de la posteridad. Comenzó interpretando “María Antonia”, “Anhelante”, “Ladrón de tu amor”, “La Carta”, “Presagio”, “La Guácara”, “Mi abuela” y todo su repertorio.

Gualberto tiene 30 años sobrios, le ganó la batalla a la bebida y para reflexionar sobre los borrachos y la pea, la despedida esa noche en Puerto de Palos, fue como lo hace en todos sus conciertos con la canción “A cuerpo cobarde”.

Nació en el pueblito de Nuestra Señora de El Pilar

El pueblito de Nuestra Señora de El Pilar, fue fundado el primero de mayo de 1662, por los capuchinos Aragoneses en la provincia de Cumaná o Nueva Andalucía, capitaneado por el Padre San Francisco de Carabantes. Se encuentra ubicado en el municipio Benítez, frente a las costas del Golfo de Paria del estado Sucre, Venezuela. En esa comarca el 12 de julio de 1947, nació Gualberto José Ibarreto Barrios, (icono y leyenda viviente del folklore nacional, cantante de música popular de la costa oriental caribeña; toca el cuatro, la guitarra, mandolina, piano), sus padres son Pablo Cruz Ibarreto (+ 1999) y Miguelina Barrios (+ 2011), es el tercero de 4 hermanos, Manuel, Luisa, Gualberto y Genaro; casado con Bertha García de Ibarreto, nativa de Río Caribe, es el Amor de su vida, ella lo acompaña a todas partes y él dice “viviré con ella hasta que la muerte nos separe”, es la madre de sus únicos dos hijos Cruz (25), toca cuatro y es abogado, Elenita (16), estudiante. Su abuela, la que lo inspiró y a quien le dedicó la canción “Mi Abuela”, (la que no sabía de matemática, ni de geometría pero una arepita redondita le salía), se llamaba Elena María (+). Cuando Gualberto, tenía dos años de edad, sus padres deciden dejar el campo, la situación económica se ponía difícil para que Cruz (siempre utilizó su segundo nombre), pudiera salir adelante con sus hijos, quería que los muchachos se superaran y fueran a la escuela, por eso dejan la agricultura y deciden irse a trabajar a los campos petroleros en San Tomé, en la Mesa de Guanipa y en El Tigre, Estado Anzoátegui. En esos campos Gualberto vivió su niñez, conoció el juego de papagayo, la Burriquita, las tradiciones que pertenecen al acervo cultural.

Desde niño sintió la música, es autodidacta, su padre le enseñó las primeras tonadas. Su abuela era mandolinista y su abuelo era hacedor de violines, cuatros, mandolinas. A los 5 años ya tocaba cuatro, acompañaba a su abuelo y a su papá a las haciendas de cacao. Le influenció mucho ver cómo los campesinos tocaban violín, mandolina, cuatro, etc. Siempre andaba con gente mayor que él por eso le pusieron “El Pichón” (como me dijo su hijo Cruz, es algo autóctono venezolano, por ejemplo el hijo de un pájaro), y así se quedó.

En 1954 estudia la primaria en la Escuela “San Antonio de Padua”, en El Tigre, participa en las actividades culturales. El año 1960, ingresa a estudiar Bachillerato en el Liceo “Briceño Méndez”, organiza las actividades culturales, la Coral y los conjuntos musicales, fue condecorado con medalla de Oro.

Serenatas a las estudiantes merideñas

A la edad de 21 años llega Gualberto Ibarreto a Mérida, la ciudad de los Caballeros, con un morral lleno de sueños e ilusiones con la idea de convertirse en un gran economista. A los dos días lo invitan a dar serenatas, pero alega que no era cantante sino músico y solo se sabía tres canciones para serenatas, “Esta tarde vi llover”, “Rosario” y otra. Acompañó a los amigos en esa primera noche merideña de farras y canciones en las residencias estudiantiles femeninas. Con ese pequeño repertorio se defendió, resultó un fenómeno y agarró la calle.

Se burlaba diciendo a quién va a enamorar uno a las dos de la madrugada cantándole “La Guacara” o “La arepa de mi abuela”. Leo Do Campo de los amigos de la época, dice “que bailaba bien, le gustaba pulir la hebilla”.

Vivió en las residencias estudiantiles masculinas en la habitación Nro. 314, ubicadas frente a la Facultad de Medicina, allí vivían y eran sus compañeros de farras y serenatas, Leo Do Campo, José Rafael Castellano Bolívar (Sisco Kid), los hermanos Pérez Rossi (Serenata Guayanesa), Ángel Hernández (Tucupita), Pepsicola, Luis Carlos Benedetto, otros. Luego vivió en el Edif. Monzón, en la Avenida 4 con calle 24. Era frecuente verlos en los bares y restaurantes: El Ohm 2000, Alí Babar, El Corral de Mario, Casa Blanca, Kontiki, La Casita de las Rosas, La Viuda, El Farol, (en todos esos Bares se quedaban empeñados los anillos de grado, cadenas y relojes de los Bachilleres). Recuerda Tony Camilli, que su papá Plinio Camilli, tenía el Restaurant El Romano, donde Gualberto se daba su banquete, cuando pedía la cuenta el viejo Camilli le decía “tranquilo Gualberto ya la casa pagó”, su despedida era “Cómo será este negocio conmigo, que la casa paga y se ríe”. El Prof. Eleazar Ontiveros todavía tiene la guitarra que Gualberto antes de irse a triunfar en el mundo dejó en su carro después de una noche de serenata. Las calles de la ciudad son testigos de las bonitas noches de Gualberto y sus panas.

El doctor Carlos Ramírez López desde Nueva York me confirma que Gualberto tuvo una opción en compra venta de un apartamento en la urbanización La Arboleda (La vuelta de Lola) ubicado en la entrada a Mérida, con el constructor Ángelo Impinato, quien no cumplió el contrato, Gualberto lo demandó y le entregaron su apartamento.

Héctor Alonso López, merideño, es amigo de Gualberto y de sus hermanos Manuel y Genaro, dice que “Venezuela está en deuda con Gualberto”, “Gualberto era más querido y admirado que los candidatos presidenciales”.

Del auditórium de la ULA en Mérida al estrellato

El año 1972, Gualberto no solo es el serenatero, sino que combina sus estudios con el folklore, las canciones de protesta, las trovas y ese repertorio donde estaban Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, otros. Me relató Roberto Siso (Cotorro), que en 1972 Gualberto participa por primera vez en público como solista, en un concierto de cuatro en el Aula Magna de la Universidad de Los Andes (ULA), en Solidaridad y Pro Fondos por la Libertad de los Presos Políticos de la Cárcel de Santa Ana (Táchira); participaron Raúl Esteves, el Grupo Pueblo, otros. El escenario estaba a reventar, hacen la presentación de Gualberto (en esa época le decían Guarapita), sale al auditórium, estaba nervioso, era la primera vez que se enfrentaba a un lleno de esa naturaleza, se para con el cuatro en la mano y se queda viendo al público, alguien de los presentes le dice: «Vaya, Guarapita, púyalo», Gualberto volteó y le respondió, “Guarapita será el coño de tu m…”, no dejó reaccionar a los presentes, arrancó a cantar cerca de 14 canciones, María Antonia, A Cuerpo Cobarde, La Guácara, Mi Abuela y galerones. Ese día perdió el miedo escénico, se ganó el público. Ese día salió de la ULA.

En junio de 1973, se presentaron dos noches consecutivas en los auditorios y la Sala de Conciertos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), bajo las nubes de Calder dejó salir lo mejor de su melodía. En octubre de ese mismo año obtuvo el Primer Lugar en el I Festival de la Canción Venezolana, en el Aula Magna de la Universidad de Los Andes (ULA), con la canción Cerecita, del compositor sucrense Luis Mariano Rivera.
La Leyenda del Folklore, dejó sus estudios inconclusos, llegó hasta el noveno semestre en Economía.

“María Antonia y Gualberto y Barreto”

María Antonia lo posicionó y dio status a la música venezolana. Se convierte en una de las canciones más representativas de la música folklórica popular.

Cuando escucho a Gualberto mencionar a María Antonia, cariñosamente se refiere a ella con mucho cariño, como con agradecimiento porque esa loca a la que él inmortalizó con su cuatro, la canción que desde 1975 hasta hoy sigue vibrando y sonando en radio y Tv, es la mejor del folklore vernáculo, al respecto ha dicho: “Ha sido la única mujer que sigue dándome de comer, sin haber tenido que acostarme con ella”.

“María Antonia y Gualberto y Barreto”, salieron de las universidades, las cervecerías, de las rockolas, salió del barrio, llegaron las presentaciones en el poliedro. La radio se preocupó, se dio cuenta de la valía e incluyó en sus espacios la música de Gualberto, comenzó a sonar en la radio y la televisión, recordando esos tiempos ha dicho: “La gente creía que Gualberto Ibarreto eran dos personas”.

Luis mariano Rivera, Simón Díaz y Gualberto Ibarreto

El año 2000 cuando se cumplían 25 años de Gualberto haber grabado “La Guácara” de Luis Mariano Rivera, Simón Díaz sorprendió al maestro Luis Mariano llevándole a su casa en “El Conuco” de Canchunchú Florido, población cercana a Carúpano a Gualberto Ibarreto, sin duda el más destacado de sus intérpretes y a quien él bautizó “La voz de Venezuela”. Gualberto le cantó a su maestro “La Guácara”, los tres grandes de la música cantaron, contaron sus anécdotas y ese encuentro está grabado en la historia del folklore venezolano como un hecho histórico.

Gualberto es patrimonio cultural viviente de Venezuela

El 21 de noviembre de 2011, en un acto especial realizado en la Asamblea Nacional se le rindió homenaje y se le entregó el Título como Patrimonio Cultural Viviente de Venezuela a Gualberto Ibarreto, como un reconocimiento a su trabajo como cultor popular.

Gualberto es sinónimo de pueblo, ha difundido los géneros tradicionales del oriente venezolano como la Jota margariteña, la malagueña, el Galerón, el Polo margariteño y la gaita. Tiene alrededor de quince discos grabados con las composiciones de Luis Mariano Rivera, Simón Díaz, José Sifontes, Vladimir Aguilera, Luis Guillermo González, Enrique Hidalgo, Rubén Manuel Graterol Santander, otros.

Se ha presentado en todos los escenarios nacionales y ha visitado muchos países llevando la voz y levantando la bandera de Venezuela. Ha recibido múltiples condecoraciones y reconocimientos.

Su sombrero de cogollo es de Cerezal

Gualberto cuenta que una vez fue a Carúpano y a El Pilar, su pueblo natal y no creían que él era quien cantaba María Antonia, un paisano le dijo: «anda jode a otro». Los sombreros de cogollo que usa, son de palma tejida, y forma parte de su indumentaria, los hacen en el caserío de Cerezal, es un pueblito que queda antes de llegar a Cariaco, estado Sucre. Recuerda que primero costaba 4 bolívares después le cobraban 8, un día va y le cobran 16 bolívares, él dice “cara Compay y por qué tan caro”, y los lugareños vendedores de sombrero de cogollo, le responden “pregúntale a Gualberto que los puso de moda”.

Hace muchos años Gualberto Ibarreto, se fue de Caracas, y se instaló en la ciudad de Maturín, en busca de paz y tranquilidad, allá vive con sus hijos y su querida Bertha, pronto iré a visitarlo con nuestro amigo Perucho Aguirre, pasaremos una grata tarde.

Gualberto sé que también saldrás victorioso de esta nueva batalla que estás librando por la vida, vas a ganarle al enemigo invisible. Por ahora te diré como dice mi amiga Teresita Rivera, al referirse a ti “Déjala que vaya vaya, déjala que venga venga”.

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