Venta de arte en el paseo Manamo de Tucupita | Foto: tanetanae.com

Un chinchorro de fibra de moriche es comprado en las urbes en tan solo 70.000 bolívares, cuando sus equivalentes hamacas, de fabricación industrial, ascienden hasta 600.000 bolívares.

Este mismo fenómeno de desproporción de costo, ocurre con una variedad de arte warao que es aprovechada, incluso, por pequeños comerciantes que expenden productos indígenas.

El desconocimiento de las reglas de cálculo del mundo moderno y capitalista, desemboca en la explotación de la mano de obra originaria.

El mismo arte es expendido en dólares por una conocida fundación de vieja data que le ha sacado provecho al conocimiento tradicional, para exportarlo y ganar jugosas diferencias.

La cesta de los waraos recorre grandes urbes como Valencia, Maracaibo, Caracas y también ha trascendido en el exterior. De forma antagónica, mujeres, niños y adultos, extienden sus manos en las calles de Venezuela.

Lo que en principio puede resultar un importante medio de ingreso y de sustento familiar, y fuente de trabajo turístico con alcance regional, se ha convertido con el paso del tiempo en un medio de sobrevivencia por la desproporción del precio real del producto.

El costo de las cestas no responde a las exigencias reales de la confección, el tiempo, el esfuerzo, y la creatividad; aspectos que en el mercado privado define el costo de un rubro al mayor y detal.

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