Fotografía de Juan Barreto | AFP | 02/04/2020

En el sueño el hombre quema
leños de tilo dulce se tizna
los dedos y escribe sobre la piedra

yo soy el hombre que escribe y sueña
mi lengua tiene el color del humo
y gira con el mundo (…)

(Ernesto Suárez, El relato del cartógrafo, 1997)

La aspiración de las criaturas al infinito se torna
angustiosa bajo el peso de la sombra. Adivinan y
sienten el cerco de un cautiverio.

(J. A. Ramos Sucre, «Santoral», La torre de Timón, 1925)

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Un joven negro percibe la mirada hipnótica de otro hombre de piel oscura. Advertir eso lo estremece y parece despertarle ansiedades recónditas. Ocurre en la salvaje zona de Barlovento, a mediados del siglo XIX. Y en las páginas de dosificada afectividad con que Rómulo Gallegos conduce su novela Pobre negro (1937).

La guerra federal los colocará en bandos políticos y éticos opuestos y sabremos que son hijos de un mismo padre. Estos destinos bien pueden ser un signo del fratricidio entre nosotros y de nuestra incesante división suicida.

Andrés Bello, con el logro reticular de su gramática, evidenció el extremo opuesto: la flexible unión del continente y mucho más. Uno de sus discípulos actuales, Francisco Javier Pérez, también es exponente de tal obsesión y concreción por la vital unicidad. En otro lugar hemos indicado cómo realiza la re-escritura del país: en sus libros surge Julio Calcaño, suprema (y equívoca) autoridad de la palabra en su época; despierta al fascinante Félix E. Bigotte, desmesurado creador de un diccionario para (casi) todas las lenguas, orientalista e indólogo y no menos audaz crítico literario; a la vez que el autor revisa a Julio César Salas, también políglota; y actualiza a Amenodoro Urdaneta.

Con ese mismo espíritu, Francisco Javier Pérez acaba de prologar y editar los más importantes textos críticos de María Rosa Alonso (Residente en Venezuela), venida desde Canarias a Venezuela en 1950, y cuya labor docente y literaria no solo refresca nuestras letras sino que ausculta con agudeza obras y autores valiosos de todos los tiempos. Logra así el autor destacar el noble vínculo entre crítica y realidad a la vez que ampliar la unidad de la escritura aquí realizada con los elementos que la relacionan a España.

Concibo estas notas cuando Venezuela necesita reescribir su propio destino.

No ha querido la exégesis, entre nosotros, asomarse a los notables indicios literarios de las innumerables obras que tienen como centro y atractiva intriga la oposición, la lucha, la división de un mismo pueblo, de unos contra otros. Fondo, claro, que es universal y salta en el ser humano desde sus orígenes.

Hay allí un sentimiento de infinitos matices y causas, cuyo testimonio persistente (y hasta su justificación) podemos designar, a falta de un término más preciso, como Historia (Historia: «cadáver de un murciélago, sabandija negra, sucia y mal agorera», según Ramos Sucre).

De manera sintética queremos observar aquí algunos destellos del fratricidio y de sus ecos, según consta en escrituras que recorren el acontecer venezolano.

Hacia 1930 Tulio Febres Cordero registró un canto guerrero, de remoto origen, entonado, al parecer, por timotes y cuicas de los altos Andes, que concluye así: «Pelead guerreros;/ pelead valientes./ Mostraos fuertes/como los árboles,/como las rocas,/como la nieve de la montaña».

Aunque no podemos datar esta exaltación, hay en ella una confrontación contra los otros (que obviamente pueden ser españoles, pero también indígenas). Tenemos tiempos casi precisos para las escenas de crueldad entre estos, según registran Juan de Castellanos y Walter Raleigh. (Estoy evitando citar cronistas de aquellas y otras épocas; tanto por sus fantasías como por su interés religioso, económico y político al escribir).

Leída hoy, es notable la estrategia (¿inconsciente?) de José de Oviedo y Baños, cuando inicia hacia 1705 la Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela (1725): porque su elegantísimo estilo parece ocultar dos elementos: las agresiones y luchas de los indígenas unos contra otros y, también, aunque Oviedo se considera parte de los «nuestros» (los blancos), una sutil admiración por los líderes indígenas. Es memorable su narración del breve reino del negro Miguel (1553), donde la lucha se realiza entre negros, blancos e indios.

Doy un salto de siglos para hallar en ciertos cuentos y, sobre todo, en Memorias de un venezolano de la decadencia (1927) de José Rafael Pocaterra («La patria andrajosa, enferma, negada, poseída, abandonada en el fondo de una barraca –la tuya, amigo; la nuestra, enemigo, la de todos nosotros– mientras al borde del canjilón holgaba y yantaba una larga insensatez»), para hallar dolorosas escenas de cárceles, torturas, persecuciones, que en Puros hombres (1938) de Antonio Arráiz encarnan personajes atrapados.

En la poesía de Ramos Sucre la práctica del mal asciende a condición de oxímoron: cruda y metafísica. Todo tras un barniz de sociedades y tradiciones remotas, sofisticadamente cultas. Bajo la dictadura del momento, Ramos Sucre escribió en su texto «El mandarín»:

En alguna región sobrevienen desórdenes, intentos de resistencia, porque la miseria había soliviantado a los nativos. Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos. Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un ataúd.

Restableció la paz descabezando a los hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Los soldados cortaron después las manos de las mujeres.

Sonrió dichosamente al mirar los brazos de las mujeres convertidos en bastones.

Las hijas de los rivales salieron a mendigar por los caminos.

Por otra parte, vemos en Guillermo Meneses familias interrumpidas por el poder político. Yo mismo hago un esbozo de la actualidad en mis narraciones «Dilución», «Uno», «Trampas» y Un hombre de aceite.

Así que gran parte de la poesía, el ensayo y la ficción en Venezuela, antes y hoy, desnuda la perversión del poder y su crueldad. Extremo actual de todo eso que desemboca, para citar un leve asomo, en un relato de Silda Cordoliani:

Me empeñaba en entender por qué algunos de los grandes amigos de otras épocas, aquellos con quienes compartí el sueño de «un mundo mejor», ocupaban ahora importantes cargos en la administración pública y apoyaban de viva voz o con asertivo silencio lo que parecían atroces desatinos políticos. ¿Es que mi sueño no fue el mismo de ellos? («Del corazón todavía»).

Y en las obras de Rodrigo Blanco Calderón (The Night), Juan Carlos Méndez Guédez (Los maletines), Ana Teresa Torres (La herencia de la tribu) y en el perturbador ensayo de Juan Carlos Chirinos Venezuela: biografía de un suicidio, donde define con claridad lo que ocurre en estos momentos:

La gente empieza a darse cuenta de que, en el fondo, el malévolo plan estuvo frente a sus narices todo el tiempo y ni siquiera era un plan malévolo, sino algo más simple, más pedestre: el totalitarismo no era un héroe, ni un ser sobrenatural, ni un elegido. Era un simple malandro.

Sentimiento de violación al otro, podemos decir, que no toca límites como en el artículo de Adriana Bertorelli acerca del saqueo a las tumbas en el cementerio de Caracas («Sobre mi cadáver», en Prodavinci).

De noche me despierto, adolorido y furioso, como si viviera el momento en que los buscadores de perlas, en el mar de Cubagua, hace quinientos años, son obligados y torturados a bajar a su fondo para traer bolsitas de perlas, hasta que el agua se tiñe con la sangre de sus pulmones, tal como los retrata Juan de Castellanos en sus versos.

Imagen idéntica a muchas realidades que vivimos hoy en el país.

Y sin embargo, aquí estoy hablando de literatura venezolana. Como en la letra de los cantos negros, que vienen desde hace siglos y en los que el dolor, la esclavitud no pudieron exterminar la gracia, la sonrisa, el ritmo y hasta la picardía. Nuestros negros, que entonaron y aun cantan cosas como estas:

No tengo hermana,
No tengo prima:
Tengo una llaga,
María, que me lastima.

Amor, amor, amor
Que en el amor me duermo.
Está la guerra prendía
Que en el amor me duermo.

Por supuesto, la injusticia y la destrucción ética y casi biológica de la población, han creado hoy esa literatura que la diáspora, la huida de los habitantes, lleva consigo como sello de la fuga y el dolor; también para la salvación del talento.

Dentro de los matices antes sugeridos del fratricidio, anoto uno más, expuesto en septiembre del 2018, por Antonio López Ortega quien escribía en «Islas de ida y vuelta»:

Hoy en día Venezuela se ha convertido en una isla que extraña su territorio y expulsa a sus habitantes. La idea es vaciarla para que su camarilla de delincuentes la reseque y la deje como aquel huracán de 1543 dejó a Cubagua: sin ciudades, sin paisajes, sin habitantes. Un territorio yerto, fantasmal, desconocido. Hemos llegado al punto de querer borrar también la memoria, y allí es donde nuestros novelistas encienden sus alarmas, pues ir contra el borrón y generar nuevas narraciones es nuestro único credo. La desestructuración llega a tal grado que cada venezolano es en sí mismo una isla: solo, ignorado, a la buena de Dios.

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Quizá sea un principio básico de lo humano la acción de separar, separarse de lo que es único. Y la política, hasta en aquello que pasa desapercibido, es la grieta ideal para iniciar o lograr la separación. Dividir lo unitivo, en arte y en otras facetas del conocimiento, estimula la creatividad. En política puede producir debilidades, impotencia, sometimiento. Para oponerse a algo, en política, hay que preguntarse continuamente ¿por qué? Tolerancia. Democracia. Libertad. Autoritarismo, Dictadura. Tiranía. ¿Sabes a cada minuto dentro de cuáles de estas palabras vives? Tales palabras son sonidos y nada contienen a menos que tú, con tu pensamiento y tus actos, las actives. Para lo social necesitamos líderes que nos representen, pero que no sustituyan lo que somos. El líder debe realizar el bien de la colectividad. Y obedecer a los estrictos límites de su poder. Si un gobernante miente una vez no puede seguir gobernando. Cada país debe tener una ley al respecto. Los militares (cualquiera que sea su justificación y si aceptamos su existencia) deben ser convertidos en trabajadores humanistas. La ignominia política puede causar tan grande descontento que parecería, por momentos, habernos hecho perder la capacidad de pensar.

Ante esa incertidumbre personal hay que volver con rapidez a las ideas y buscar aquellas que se asienten sobre el derecho y la libertad. Extraer de la cotidianidad o de las leyes sanas un punto para orientarnos: tarea exigente y urgente que debemos realizar ante la adversidad política. Nunca olvidar que somos individuos y que los otros forman parte de nuestra personalidad. Nos debemos al equilibrio de lo impersonal para favorecer nuestra estabilidad y el bien colectivo. Gobernantes y directivos son obreros de la sociedad. Nada deben ni pueden realizar que carezca del consenso público. Inteligencia, profesionalismo, honestidad y creatividad son rasgos imprescindibles en un directivo político y social. El gobernante tiene prohibido rodearse de empleados que sean sus familiares.

La democracia debe ser atendida siempre como a un hijo. La democracia es flexible, pero su estructura requiere de bases extremadamente sólidas y nítidas. Las leyes deben ser tan claras y elementales que no necesiten de «interpretaciones». Si un gobernante intenta modificar las leyes de la nación, sin la aprobación nítida de la mayoría, se convierte en sospechoso y culpable. Debe ser destituido y castigado. Los partidos políticos son los pulmones de la democracia. Pero sobre ellos se imponen los intereses (justicia, equilibrio, bienestar, progreso) de la nación. Desde el momento en que es elegido y durante su gestión, todo gobernante o funcionario público debe someter los postulados de su partido a las leyes que rigen su cargo, su gremio, en beneficio de la nación. Un partido político no puede representar a la nación entera. Sabiéndolo o no nosotros, algún detalle de nuestra conducta interviene en la vida de otra persona. Así ocurre con la familia, los amigos, la gente amada. Evidente o indirectamente. Los desconocidos –en el presente, en el futuro– también pueden recibir ese influjo. Sobre todo a través de nuestras obras. Y lo sano sería que así pudiéramos mostrarles el bien, la belleza. Un buen político está obligado a cumplir con todo ello. El político indeseado busca dominar, hacernos creer en él. En nuestros tiempos, la palabra democracia (como principio y método de vida social) debe convertirse en el centro del lenguaje, de toda comunicación y acción.

Tarea inmediata e incesante: enseñar democracia. Democracia es estar siempre (aún en los sueños) ante otras personas. Para equilibrar, aceptar, resolver lo relativo a las diferencias. Los gestos, las palabras, el silencio, el ruido que ocasionamos esconden las disidencias y convergencias sociales: son el subsuelo de la democracia. La democracia es nuestro suelo y también el cielo elaborado por todos. Sísifo es el vigilante de la democracia. Sísifo culmina, perfecciona su tarea. Entonces la rehace, idéntica y distinta, en un tiempo diferente. Así vive la democracia.

(Y los pilares que la sostienen, en estos años, se llaman conocimiento –científico, filosófico, estético–; bienestar –íntimo, social, económico–; salud; comunicación inter personal, impresa, electrónica; servicios públicos correctos y funcionales; cuidado de la Naturaleza…).

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Venezuela. No la del siglo XIX que fue la consagración del horror fratricida, sino en los años de aprendizaje hacia la democracia, que caracteriza las cuatro últimas décadas del siglo XX, allí es donde están de manera carnal las claves para establecer el cuerpo definitivo de la unión entre nosotros. Poder del bien, transparencia política: unión de quienes luchan, debilitamiento y transformación o condena de quienes destruyen: es la ruta apropiada. Afirmación de una ética sana, ajena a religiones e ideologías, a negocios ilícitos y guerrillas; practicada como ley bajo principios humanistas.

No en vano nuestra literatura ha insistido en el hecho de la división, de la disgregación. Reconocer el mal es parte del método para diagnosticar sus componentes. La diversidad democrática una vía para la búsqueda del equilibrio. Dividir lo unitivo, en arte y en otras facetas del conocimiento, estimula la creatividad, acabamos de decir. El arte, como lo ha hecho nuestra literatura, al enriquecerse en su dinámica interna y formal, fue, y continúa siendo audaz paralelismo de la sociedad. Debe ser autónomo e independiente ante lo que refleja y sin embargo es imprescindible que pueda recrearlo, porque nunca cesa de interpretar, adelantando con sus crudezas, sombras y heridas el cruce del dolor dentro del individuo, para extraer a éste de la colectividad ciega, iluminarlo, y horadar con él la injusticia, la oscuridad, el desajuste ético.

La literatura, en general, no se constituye como el presente de los sucesos: los presiente o los rememora y entonces el presente revive/pervive allí. En ese aparente alejamiento de los hechos residen su fuerza y su certeza (los otros forman parte de nuestra sensibilidad). Porque tampoco da cuerpo a una corrección moral, aunque esto pueda surgir, la literatura encarna su propia diferencia: expresiva, temática y esto la hace ubicua. Así puede traspasar lo unitario y lo múltiple: Sísifo trabaja dentro de todos, como la libertad.

Necesitaría un vocabulario nuevo para calificar la ignominia, la acentuada esclavitud que se ejerce hoy en Venezuela. Pienso y busco esas palabras y termino por utilizar las mismas que todos empleamos a cada momento. ¿Quién podría creer lo que está ocurriendo en este país? Al parecer solo quienes viven o vivieron en sistemas comunistas o en naciones saqueadas por sus gobernantes. Porque ni los altos organismos mundiales creados para atender y resolver problemas como los de Venezuela parecen entender, desde sus cómodas tertulias, nuestra letal realidad.

Esto nos hace, en la literatura y en lo cotidiano, vivir en un estado de alerta alucinante. Captamos con la creación lo que nos ocurre, tratamos de hacer conscientes a todos lo ocurrido en el país, de cómo pocas personas ejercen un poder imperial mientras el más distinguido profesor, científico o intelectual solo gana, acaso, diez dólares al mes y la población emigra o muere de hambre y de enfermedades, porque fueron destruidos los rudimentos de la civilización: seguridad, agua, transporte, información, cultura.

Para colmo, el negocio de nuestros tesoros mineros y el del petróleo nos han convertido en centro de discusiones y tensiones absurdas entre potencias mundiales, ignorantes de la democracia y del bien colectivo.

Cuándo concluirá este estado de mórbida alucinación.

Mayo, 2019.

(Versión del texto originalmente escrito para la edición especial «Crónica» de Cuadernos hispanoamericanos, Madrid, agosto 2019).

https://prodavinci.com/venezuela/

 

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