Cada vez más deltanos viven con los verdes que le mandan del extranjero

Las remesas que envían los deltanos con residencia en el extranjero, se han convertido en la tabla de salvación para numerosas familias.

Un verde de 100 se traduce en la actualidad en unos 10.000.000 de bolívares aproximadamente, que bien administrados sirven de sostén un trimestre a una pareja con uno o dos hijos.

Lo que para un deltano avecindado en el norte se traduce en una sexta o séptima parte del sueldo mensual, para uno de sus paisanos residente en Tucupita puede significar seis o siete meses de subsistencia.

La situación amenaza con agravarse toda vez que el dólar se devalúa a diario, y los precios de los artículos de primera necesidad alcanzan niveles desconocidos en el país; estamos en medio de una vorágine inflacionaria que amenaza con succionarnos por completo.

Lo peor es la inmovilidad, mientras que puertas afuera de la casa se va desvaneciendo la solidaridad que nos caracterizaba y puertas adentro realizamos ajustes inauditos, que pasan incluso por suspender hábitos de higiene personal, el gobierno continua sin tomar medidas.

“Mientras mantenga el control político y gane elecciones, poco le importa que mejore la economía”, nos manifestaba un conocido opositor deltano.

Lo que antes era una muestra de apego extraordinario a la tierra que nos vio nacer, una atadura de por vida al cordón umbilical de nuestras madres, un amor desmesurado a la geografía orinoquense, se ha convertido en la necesidad imperiosa de salir para garantizarnos un mejor futuro y proveer de recursos a nuestros seres queridos.

Más de 500 deltanos luchan a diario en otras latitudes, realizando la mayor parte de las veces oficios bastante distantes de su profesión o carrera, con la intención de hacer realidad sus sueños y de apoyar a quienes dejaron atrás.

Eso sin contar los que viajan regularmente a las minas o los que acuden temporalmente a Trinidad, cuyo número supera incluso el de los paisanos en la diáspora.

Al momento de escribir este artículo, centenares de deltamacuñeros sueñan con partir, como dice un eslogan popular de origen ácrata, el último que apague la luz y cierre la puerta.

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