En el marco de los 100 años de presencia ininterrumpida de la obra Misionera Capuchina en el Delta, será proyectado el documental “Ajotejana, Escuela de Frontera”, en la cinemateca de Tucupita, este miércoles 14 de agosto a las 2:30 de la tarde.

Basado en la obra misionera desarrollada por el P. Julio Lavandero, en la comunidad indígena Ajotejana, relata con profusión de material gráfico, la historia de la creación de la escuela, y las costumbres y tradiciones de los nativos.

El film fue un largo trabajo de más de 6 meses en el que se fueron editando paulatinamente fotos y vídeos, hasta lograr un recuento sustantivo de una experiencia única por su contexto, protagonistas y características.

Con la colaboración imprescindible de Bernardo Colina, director de radio Fe y Alegría Noticias 92.1 FM y, la persistencia del padre capuchino, se forjó un documento de incalculable valor para las futuras generaciones.

A continuación un extracto del libro Ajotejana I (mitos), expresión correlativa en versión escrita del devenir de una comunidad en pleno ejercicio de sus facetas y ámbitos de vida.

Reseña biográfica del P. Julio Lavandero tomada del libro Ajotejana I.

El P. Julio Lavandero, nació en Casar de Periedo (Santander-España) el 14 de agosto de 1930. Ingresó en el noviciado de los capuchinos de Bilbao en 1948, ordenándose de sacerdote en León, en 1956. Unos meses más tarde llegó a Tucupita para trabajar como misionero entre los indígenas guaraunos.

Desde entonces no ha abandonado más que esporádicamente su puesto de vanguardia. Por algunos años fue director y profesor del colegio José Gregorio Hernández de Tucupita. Como maestro llevó a cabo grandes proyectos en Ajotejana.

Desde un principio el P. Lavandero se interesó por la lengua y la cultura de los waraos, dando a conocer, a través de revistas especializadas, varios cuentos de la cultura guarauna.

Con motivo del centenario de la restauración de la orden de hermanos menores capuchinos en Venezuela, la comisión Pro-centenaria ha querido editar, el presente tomo, que contiene una selección de cuentos, mitos y leyendas de la cultura warao. Y tiene la esperanza de poder publicar muy pronto la segunda parte del trabajo, que es más complejo y a la vez más ameno. De esta forma, una vez más, queda comprobado que los misioneros, lejos de depredar la cultura indígena, como algunos insensatos han dado en proclamar, la conocen y la dan a conocer con precisión y afecto. (MDA).

Notas previas del libro.

Ajotejana es una comunidad warao situada en la margen derecha del Caño Cojina, a la altura medio superior de su curso, en la desembocadura de un cañito (Jana) que le da el nombre. A su vez, el caño Cojina nace en la segunda boca de la margen derecha del caño Merejina. Siempre remontando aguas, Merejina tiene su nacimiento en la margen izquierda del río Grande del Orinoco, en el Delta de este río, a unos treinta kilómetros al oeste de la capital departamental Curiapo, territorio Federal Delta Amacuro.

Los habitantes nativos del Delta orinoqueño son los indios waraos, llamados también guaraunos desde los tiempos coloniales. Habitan principalmente en las playas cercanas al mar, de donde han tomado su nombre gentilicio por oposición a otros pueblos de la tierra alta o serrana: warao, habitante de la playa, “playeño”. Fueron conocidos por los primeros descubridores y conquistadores. Posteriormente por misioneros y gobernadores que intentaron atraerlos a tierra firme. Fueron hostigados por los caribes. A pesar de todo y de su natural curiosidad para visitar tierras lejanas, han conservado hasta hoy su lengua y su identidad cultural gracias a la especial constitución de sus islas anegadizas, de abundantes recursos alimenticios, y al apego cordial que por ellas sienten. Poseen un abundante tesoro de relatos míticos con los que interpretan y se ubican en el universo, les fortalece su supervivencia como nación distinta y aglutina en torno a las figuras de los héroes ancestros, cuyo oficio es seguir comunicando energía y vida. El lector tiene en sus manos algunos de ellos: unos son antiquísimos; otros, más modernos. Pero todos gozan de la sacralidad que da el aprecio y la veneración.

Ajotejana, como nombre, ha sido objeto de burla por parte de algún sedicente lingüístico. Pero esa es la forma escrita y hablada que ha entrado en el caudal de palabras indígenas del castellano deltano. Los waraos de Ajotejana la pronuncian alternativamente haciendo mudo el sonido goltal representando por “j”, resultando así Aoteana. Tengo como criterio que cuando se transcribe una lengua indígena, se debe respetar la dicción del informante, sin tratar de corregirla: eso lo considero científico y respetuoso. Pero, cuando se habla o se escribe en castellano, se debe utilizar siempre la forma que en esta lengua se ha establecido. La palabra en cuestión proviene de ajotoiajana “hacia atrás caño”, esto es: caño que corre hacia atrás. Así lo pronuncian sobre todo las ancianas y los niños, con una pronunciación clara y lenta. Sabemos que el conjunto vocálico oia-aia tiende en la fonética warao a reducirse a e, como en amaia: ame. Los textos que presento en este libro documental, explican este fenómeno lingüístico de forma contundente. Es inadmisible que una persona que se considere exponente prestigiosa de la ciencia no lo vea o lo haga objeto de burla.

La comunidad de Ajotejana se agrupó a principios de siglo en torno de una factoría maderera no mecanizada instalada por un tal Pieve, según noticias orales de la propia comunidad, en la que trabajó en su primera juventud Pedro Rafael Lugo. Los obreros indígenas provinieron de varios lugares: Jitijina de Guayo (El Cabito), Janacuabu (Julio Beria e Ilario Beria), Nabacojoida (los hermanos Marietti) y Moraina (Juan Conca) quienes se unieron a los indígenas que ya por allí tenían su residencia (Baroro), formando así los troncos familiares actuales. Al eclipsarse la actividad maderera, pasaron estos indígenas pescadores y saladores bajo el patrocinio de Jesús Infante y posteriormente a cultivar el arroz con el hermano de este último, mi amigo Pedro Rojas. En 1964 murió el cabito, “gobernador” indígena a la sazón y se declaró una epidemia que diezmó la población infantil. Para ese tiempo ya no había criollos en esta comunidad. La aparición de los motores fuera de borda hacía innecesaria su presencia permanente. Pero los indígenas seguían cultivando arroz para ellos bajo el sistema del “debe” o prestamos adelantados en mercancías. Golpeados por estos sucesos y no poniéndose de acuerdo en la sucesión de la “gobernación”, la comunidad se disgrega, alejándose no muy lejos los Marietti y los dos clanes de los Beria, pero, siempre dentro de la misma área influencia.

Entonces, encontrándome en ese tiempo en Curiapo fungiendo de Párroco, 1965, me llegó una comisión de tres indígenas ajotejaneros, cuyos nombres quiero consignar: Manuel Beria, Ismael Reyes y Culioida. Después de una breve información, me proponen pasar bajo mi dirección del régimen de “encomienda” al régimen misional. Es una decisión que tomó la comunidad indígena de Ajotejana el día anterior en una reunión plenaria, según sus palabras estaban ya cansados de ser “indios”, de trabajar para otros para seguir siendo pobres; querían ser como los waraos de la misión de Guayo, que tenían escuela, aserradero y cultivos comerciales que dejaban plata contante y sonante. Al día siguiente me trasladé a esa comunidad y colgué mi chinchorro en el cambullón de Manuel Beria, sobre la cosecha de arroz. Convoqué a los indígenas y les propuse lo siguiente: yo les ayudaría a que tuvieran una escuela para que sus hijos se prepararan y pudieran cultivar arroz y tener otras fuentes de trabajo sin necesidad de intermediarios, ni criollos, ni misioneros. Llegados a un acuerdo sobre su imprescindible colaboración en el proyecto que estaba naciendo a solicitud de ellos mismos, recabe la ayuda del Vicario Apostólico Mons. Argimiro García y el Director de obras públicas arquitecto Antonio Cabral. Hice los planos de la escuela y la levantamos con la colaboración de todos, iniciándose de esta manera la Estación Misional de Ajotejana. En octubre de 1967 se inician las clases con cuarenta alumnos y una maestra bilingüe, exalumna de la Misión de Guayo, Carmen Herrera de Beria.

En 1970 me hice cargo personalmente de la escuela, trasladando mi residencia a la comunidad, trabajando como maestro de aula, como enfermero y promotor “ad honorem” bajo los auspicios del gobernador de origen deltano Dr. Rafael Figuera, quien declaró a esta comunidad centro piloto de Ajotejana. Con su colaboración y aliento personal se hizo un desmonte atrás de la ranchería para edificar casas de tabla. Luego los indígenas prefirieron seguir viviendo inmediatamente al río y el desmonte se ha convertido en un hermoso morichal. Hice los planos. Se levantaron las casas por el sistema de trabajo de autoconstrucción con la ayuda de materiales y de un maestro carpintero pagados por el ejecutivo territorial. Atendí el dispensario que dotó de lo necesario la oficina territorial de los servicios cooperativos de Tucupita, y con la colaboración entusiasta de los alumnos y alumnas mayores se desbrozaron los cañitos que abrevian la ruta hacia Curiapo, como actividades escolares especiales. Se inició la merienda escolar y el comedor escolar que doblaron la inscripción. Más tarde, con la franca colaboración del gobernador Ingeniero Emery Mata Millán, se hizo un edificio escolar con concreto con su cancha deportiva, se rellenó el costo, y los terrenos de los edificios para protegerlos de la contínua erosión, trabajo que hicieron los indígenas a canalete y balde, pagados por el ejecutivo territorial por medio del misionero. Se hizo un puente de ciento sesenta metros para unir todas las casas cercanas a la escuela siguiendo las mismas pautas laborales y salariales. Todos estos trabajos en lo que intervine como un obrero más, me dieron la oportunidad de ir mejorando contínuamente el conocimiento de la lengua y de la idiosincrasia de los indígenas, mucho mejor que los libros. Allí me acompañaron durante algún tiempo los misioneros Hno. Vicente Rodríguez; y el benemérito padre Basilio de Barral, mientras daba los últimos toques a sus diccionarios Warao-Castellano, Castellano-Warao. De esta forma trabajé en esta comunidad de Ajotejana durante unos veinte años.

Por las noches, hasta las nueve más o menos, nos reuníamos los indígenas y los trabajadores en los edificios escolares o en las casas cercanas. Los indígenas, siguiendo su costumbre, comenzaron espontáneamente a distraer las veladas con cantos, chistes, cuentos, relatos de viaje, de trabajo, etc. Ocasión que aproveché para grabar sus intervenciones. Al oírse reproducidos, a su manera fueron preparando sus intervenciones con esmero tanto en el canto como en la declamación y recitación. Pronto me percaté de la importancia que podía tener tal pasatiempo y me tracé un plan que vengo observando hasta el día de hoy, para este género de actividades.

 

 

 

 

 

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