Luis Eduardo Martínez Hidalgo

Me llama un buen amigo, diputado a la Asamblea Nacional. Tras afectuosos saludos pregunta cuál es mi pronóstico en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. “El mío no” respondo “el de prestigiosas encuestadoras, expertos, grandes medios de comunicación y hasta apostadores y gurús, es que Biden gana de calle en el voto popular y pasa largo de los 300 votos en el Colegio Electoral en el cual solo necesita 270 para convertirse en el nuevo inquilino de la Casa Blanca”.

“¿Pero estás seguro, Luis?”, replica. “Seguro el cielo” contesto “y mucho más en unas elecciones, pero todo indica que el candidato demócrata vencerá al republicano a pesar de lo mucho que le está poniendo en la recta final”.

Casi puedo verlo abatido, cuando en baja voz anticipa: “Si Trump pierde será un golpe demoledor para nosotros”. “¿Para nosotros quién?” interrogo, “¿tú eres gringo?, ¿vas a votar el 3 de noviembre?, ¿tienes un puesto en el gobierno estadounidense?” a lo que señala rápidamente: “no vale, claro que no, lo que pasa es que en la oposición los jefes nos casaron con el catire y si pierde muchos se desmoralizarán”.

No quise ensartarme en una discusión sin salida por lo que no recordé que ni a Betancourt, ni a Caldera, ni a Carlos Andrés Pérez –para nombrar solo a pasados presidentes cuyos principios democráticos él y yo compartimos- verdaderos conductores de pueblos, les importaba un pepino lo que pensaban los americanos sobre las políticas que defendían y mucho menos estaban prestos a consultar, deseosos de un visto bueno, estrategias y hasta las más nimias acciones con los procónsules del imperio para hacer realidad el país por el que luchaban. Tampoco señalé que cualquier cursante de los primeros semestres de estudios internacionales bien pudo aconsejarles guardar distancia en las elecciones estadounidenses y no tomar partido en lo que ha sido una contienda tan poco ejemplar así como no le hablé de como verdaderos conocedores del arte diplomático, que son los ingleses, concluyendo como lo más probable es que tendrán que lidiar con Biden tienden puentes hace rato. Mi hija Isabel, que hace pocas semanas se graduó en ciencias políticas en Londres, me contó que es comentario generalizado en los medios británicos que el Foreign Office mueve aceleradamente fichas con su embajadora en Washington liderando el acercamiento con el ex vicepresidente, reuniéndose y sirviendo de anfitriona al liderazgo demócrata incluida Nancy Pelosi.

Ni que mencionarle que un consultor que ambos apreciamos, Jesús Seguía, hace poco declaró: “En este momento hay un desorden estratégico en la Casa Blanca que no ha permitido que el marco para la transición democrática propuesto por Estados Unidos en marzo haya tomado cuerpo, cuando sabemos que es una excelente propuesta: un gobierno de transición paritario entre ambos factores para buscar una solución a la crisis del país” agregando que Trump “quiere una negociación pero bajo la premisa de que el gobierno de Maduro tiene que capitular y tiene que negociar. Eso no es una negociación, no es una negociación seria”.

Lo que Seguías calificó como desorden estratégico “no ocurriría con Biden” –según Vanessa Davies- porque el exvicepresidente cree que las sanciones “tienen como único objetivo obligar al gobierno de Maduro a sentarse a negociar en condiciones adecuadas y bajo un acuerdo ganar-ganar”, vale decir ni rendición ni capitulación que es “realpolitik”.

Kenneth Ramírez, presidente del Consejo Venezolano de Relaciones Internacionales, afirmó que con Biden podría haber una mejor coordinación con la Unión Europea para buscar una salida negociada: “Veo un Oslo plus en ese escenario” a la par de un aumento de la ayuda humanitaria de los Estados Unidos. Las sanciones se levantarían con una negociación previa, “no de gratis”. El Partido Demócrata tiene claro que Venezuela necesita una salida pacífica con eventos electorales creíbles.

Es posible que con Biden “se mantengan algunas sanciones, pero esas sanciones son para sentarse a negociar, por ejemplo, con Nicolás Maduro, en condiciones igualitarias, paritarias, para buscar una salida negociada en el país”, recalcó Seguías.

Lo cierto es que después del 3 de noviembre pareciera será hora de poner pies en tierra para la dirigencia opositora, de dejar de creer que el fortachón del barrio decidirá la pelea y de disponernos a resolver de una vez la tan dramática situación, que sufren los venezolanos, en paz que nadie lo quiere distinto salvo un locaje -casi todo en el extranjero- que toca tambores de guerra pero que nada arriesgará en un hipotético conflicto armado.

¿Cuál dirigencia opositora? pudieran preguntar algunos. Ese es otro cantar que comentaré más adelante.

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