Y llegó el primer auto a Tucupita

Foto: tomada de internet, sin autoría especificada. 

Ese día todos se acercaron al malecón Manamo. En el pequeño pueblo todo se sabía en cuestión de minutos. Ya estaban advertidos de que arribaría un auto, el primero de Tucupita.

A lo lejos del caño Manamo se asomó la popa de un vapor, una embarcación de gran calado denominada así porque sus motores funcionaban con carbón y generaba una humareda típica, cual si fuera un «minititanic». Corrían los días de 1940, allí transportaron el carro.

Tras haberse reunido con sus agremiados, el profesor Juan José Jaramillo se sienta en una silla lentamente, parece dolerle uno de sus brazos, pero se dispone a relatar un episodio más de la Tucupita dormida en los «chinchorros» de la historia. Yo tomo mi teléfono celular y me dispongo a grabarlo. 

El puerto de Tucupita era el segundo más importante de Venezuela, después del de Ciudad Bolívar, en el suroriente venezolano.  A él arribaban lanchas, vapores, yates, y todo tipo de embarcaciones; la mayoría con productos que exportaban a las islas del Caribe.

Y llegó el primer auto a Tucupita. El espectáculo y el asombro en torno a este, se vivió desde la misma noche anterior, cuando el pueblo se enteró de lo que se les avecinaba. El carro de la marca Ford fue sacado del vapor encadenado. Un guinche logró hacerlo.

Los hermanos Denjoy, unos empresarios del ramo panadero fueron los responsables del arribo de un auto Ford, que recorrería las escasas calles de tierra de Tucupita. La panadería estaba en la calle Manamo, frente al caño Manamo.

Un encanto rodeaba al primer auto de Tucupita. Era la sensación del momento. Los ojos de los niños brillaban al ver andar aquella máquina que, para poder encenderla, debían hacer girar una manilla situada en su tren delantero. Los encendidos electrónicos aún no se asomaban en Venezuela.

Este auto fue dispuesto como un transporte privado. Quienes requerían el servicio debían saldar 25 céntimos de bolívares. Tucupita apenas contaba con lo que ahora son las calles, Manamo hasta Cementerio, Petión hasta calle Delta. Calle Dalla Costa hasta parque Carabobo, Centurión hasta la Av. Arimendi y 5 de julio.

Los niños no dejaban de correr y ser felices a su manera tras el auto. Cuando el carro se apagaba, eran los pequeños quienes ayudaban a empujarlo.  En verano apenas lograba verse la polvareda, mientras en invierno, el lodo y los huecos eran los reyes de las pistas.

El auto se resguardaba durante al menos dos meses, cuando parte de las contadas calles de Tucupita se inundaban. Al llegar el verano, volvía a salir a las calles de tierra para seguir siendo la primavera ante los ojos- sobre todo- de los niños deltanos.

 

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