Foto: archivo.

El árbol del moriche es la planta de la vida de los indígenas waraos, asentados mayoritariamente en el Delta del Orinoco, al noreste de Venezuela.

Es la madre de la existencia milenaria de los aborígenes. Ella les provee de comida y espiritualidad. Es la mamá protectora intrincada entre selva, ríos y animales; y aunque esta fue abandonada por sus hijos al estar desgastada y mayor, la coyuntura económica por la que atraviesa Venezuela, ha hecho que ellos regresen a los morichales, a casa de mamá: ella los sigue recibiendo sin rencores.

Entre los meses de verano, febrero- abril, de cada año, una gran cantidad de waraos acudían a los morichales para disfrutar de la fiesta de la yuruma; una festividad en torno a la fertilidad de la tierra. Pero conforme  la occidentalización fue penetrando la cultura warao, y lo que supuso el ingreso monetario por concepto de venta petrolera en el país, motivó el abandono de “mamá moriche”. Los aborígenes se vieron involucrados en el rentismo, así como el resto de la sociedad civil.

Pero ahora todo apunta a que los waraos están retornando a los morichales, una iniciativa que revitaliza su cultura y su espiritualidad.

Los indígenas de Araguaimujo- un caserío ubicado a tres horas por vía fluvial desde Tucupita-  están acudiendo masivamente a los morichales. Se adentran en la selva para así lograrlo, y durante varias semanas logran extraer  la harina del tronco del árbol del moriche. Con este polvo elaboran la yuruma, una comida que, finalmente cocida, se transforma en un pan de fibra, un poco chiclosa.

Pero previamente le han pedido permiso a la naturaleza para  hacer uso de sus tierras y espacios. Son los hijos que regresan a casa de mamá, ella los sigue recibiendo con los brazos abiertos. Aunque lo seguirá haciendo mientras siga con vida.

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